
El corazón en la Boca
El periodista, y a la vez escritor de Argentina Primer Mundo, se deja llevar por su reconocida locura boquense y trata lo imposible: racionalizar ese sentimiento futbolero que se convierte en religión por el solo hecho de pisar su templo, la Bombonera
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Viví a 140 metros de la Bombonera. Me asomaba a la esquina y ya estaba mirando el estadio. Era chico, y mi primo, Heriberto Cacho Menutti, jugaba de back derecho en la primera de Boca, aunque el cargo futbolístico con el tiempo fue mutando a zaguero, marcador central, número dos y líbero. Mi prima Orietta se había puesto de novia con Felipe Messone, también wing derecho de la primera, que pateaba apenas un poco menos fuerte que Pepino Borello, que vino después para insomnio de los arqueros de River. Un centre forward rubio, casi colorado, llamado Etcheverry (no sé si con la T), que hacía goles al estilo Palermo y que después se fue a México, me había tomado de mascota. Para mí, entrar en la Bombonera en los entrenamientos del equipo un día de semana y, obviamente, los domingos, tuvo en aquellos años la naturalidad que para un monaguillo tiene el altar o para un caddie acompañar con sumisión y placer al maestro golfista.
Recuerdo que desde mi casa se oía a la hinchada en los diferentes matices de sonido que van desde el rumoreo inicial -cuando entonces el programa incluía la tercera- hasta ese crescendo apoteótico en el momento del gol, que hacía que mi madre cerrara las ventanas del balcón de mi casa del primer piso de la calle Raulet, ahora llamada Emilio Zolezzi, en el número 20. Eran épocas donde la tecnología no había potenciado todavía el estruendo. El otro día, cuando Boca jugó contra San Lorenzo, al regreso de Tokio, vi cómo a un chico el padre le colocaba algodón en los oídos. Sufre mucho en esta cancha, me dijo al ver que lo observaba. Y aunque no explicó por qué lo llevaba a sufrir, yo lo sé. Lo lleva porque es su mandato: si no lo llevara se sentiría peor que un padre rico que le negara al hijo viajar a Disneyworld haciéndolo subir a todos los juegos. Los decibeles un día de partido, aunque nadie los ha medido, deben superar a los del bombardeo de la Tormenta del desierto, en la Guerra del Golfo, o a un festival de rock de conjuntos aficionados que tocan con los bafles y no con los instrumentos.
Dicen que la noche que cantó Pavarotti en la cancha de Boca, se dio cuenta de que la sonoridad de ese estadio era mayor que las de la Scala y el Colón. Me cuesta creer algo que me dijeron: que el tenor bajó el nivel de su voz porque al nivel normal se hubiera oído en la otra orilla del Plata. Pero sé -y es verdad- que hay días de tribunas colmadas, en un clásico, que el clamor de un gol de Boca se ha oído hasta en la cancha de Huracán, en Parque de los Patricios, después de atravesar avenidas llenas de tránsito surcadas por camiones cisterna. Un conocido, dueño de un hábitat con balcón terraza en Puerto Madero, cerca de la calle Viamonte, dice que oye cantar a la hinchada sólo con asomarse. Desinformado, cree que el Riachuelo es un buen conductor del sonido: pretende ignorar que un gol de Boca es un clamor que forma en el aire círculos concéntricos y es capaz de alcanzar más radio de alcance que una radio FM. Nadie de River ha reconocido nunca que en Núñez haya llegado a oír ni siquiera un eco del vocerío de la cancha de Boca. Y alguna vez se lo ha oído, pero nunca en sentido contrario.
Maradona. Rodrigo. La Número 12. La canción de Rodrigo a Diego Maradona, con ese estribillo coreado al unísono por miles de gargantas -Maradóóó... Maradóóó... Maradóóó...- a ritmo de bailanta, nos convence de que Rodrigo debe haber nacido para componer eso y para que sea cantado en esta cancha. Maradona en tanto, cada vez con más cuerpo fuera del palco y casi en posición mortal sobre el vacío, como si quisiera enterrarse en la tierra del campo, canta Maradoóóó... como si él fuera otro y también adorara a ese tótem que lleva su nombre. Ahora, apoyado en un peldaño de cemento en el estadio vacío, escribo parte de esta crónica para tratar de sentir lo mismo que un domingo. ¿Quién no sintió o siente esa sensación de la que habla un aviso publicitario? La frase trata de definir la excitación que hace apurar el paso cuando el hincha se acerca a la cancha. Unicamente cuando éramos púberes, y sentíamos ese cosquilleo del amor en la boca del estómago al robarle un beso a la vecinita o a la compañerita de banco, podemos rescatar una referencia emocional parecida. Y de igual valor espiritual y calórico.
El bautismo a la Número 12 viene desde el fondo del tiempo; a principios de siglo se empezó a comprobar que el equipo de Boca salía a la cancha con un jugador más: era la hinchada. Así nació el jugador extra que gana partidos.
Yo estuve con mi amigo Adolfo Castelo aquella tarde aciaga de 1984, cuando Boca parecía anticiparse a los estragos de la economía global y no había casi nadie en la cancha. Se jugaba con un equipo suplente, contra Atlanta, y Boca tenía que cambiar de camiseta. Estábamos tan en la lona que el utilero no pudo encontrar once de igual diseño. En el libro Cien preguntas y respuestas sobre Boca, de autor , impresor y distribuidor inmerecidamente anónimos (o acaso es la estrategia para eludir a los agentes recaudadores), se lee: Entonces se recurrió a once remeras blancas comunes a las que se les pintaron los números con marcador. El momento más patético llegó cuando comenzó a caer una tenue llovizna que hizo desteñir la tinta de las cifras. Aunque no lo crean y pese a haber perdido, de todos los bebes que nacieron ese día infausto, la mitad más uno ya era de Boca en la sala de parto. Esa frase Somos la mitad más uno fue acuñada fundadamente por Alberto J. Armando. Aunque estos días la tendencia parece haber aumentado las proporciones a la mitad más diez o veinte. Ya hay algunos figurones que no son de Boca, ni van al fútbol, que sobreactúan el hinchismo: porque como dice Oscar Gómez Castañón, que es de River: "Hoy ser de Boca da chapa". Pero con una salvedad: el hincha auténtico se da cuenta del hincha apócrifo. La catación es un atributo que discrimina por lazos de sangre y detecta al intruso. Ni hablar del enemigo.
El corazón en la Boca. Digo todo esto porque me he vuelto loco y quiero gozar de mi locura. Tanto tiempo tratando de racionalizar el sentimiento futbolístico para no desairar a gente culta, como Juan José Sebreli, y hete aquí que como siempre pasa con las pasiones, entran por la ventana del corazón; entran por el único resquicio que queda del blindaje social y civilizado, y ¡zas! te hacen cometer el peor de los pecados: dejarte la duda de si hay que adorar antes a Dios o a Boca, o viceversa. No diré que he resuelto ese dilema porque en estos momentos mentiría.
De modo que ya hace casi medio siglo me explicaron que la Bombonera se llamaba así porque se asemejaba a una caja de bombones, de las de antes, las que se regalaban las visitas de clase media. Entonces se hablaba de un arquitecto yugoslavo que había diseñado el estadio superponiendo las tribunas en bandejas, lo que le dio esa distinción de circo romano; porque allí, el jugador en la cancha siente sobre sí el peso de la gente como las fieras en la jaula sienten la adrenalina de los espectadores. Una vez sobre el pasto hay jugadores que se agrandan y otros que se enanizan: sobre todo los de los equipos contrarios. Le pasó al brasileño Delem, de River, que se redujo trémulamente ante Tarzán Roma, que le atajó el penal que, al final, definió el campeonato de 1962. Los muy fanáticos -no es mi caso- creen que el aullido de goce de esa tarde en la Bombonera sólo podría ser comparado con el de la jungla en época de celo y con todos los animales haciendo el amor al unísono.
Aun cuando el estadio de River es realmente millonario y estéticamente más bello, la Bombonera lo supera en intensidad amatoria. Es como una buena mujer comparada a otra mala, en la cama. El estadio de River o cualquier otro comparado al de Boca en los rubros temperatura ambiente, fiebre corporal, libido concentrada y aproximación humana a sus ancestros primitivos es un estadio grande solamente. Tal vez el Maracaná podría comparársele. Pero la Bombonera le lleva la ventaja del hincha boquense.
Arquetipo humano que siendo individuo no duda en convertirse en masa desinteresadamente.
Ernesto Sabato, que suele proclamar que era un buen back derecho cuando estudiaba en La Plata (algo que ya nadie puede probar), se dio cuenta como gran escritor qué grande es el ser de Boca. Es el ser del fútbol. En su novela Sobre Héroes y tumbas, su personaje J. D´Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, sentado a la mesa del bar de Pinzón y Brown, con el joven Martín y, ante la derrota de Boca, protestó: "Este domingo ha sido trágico. Perdimo´ con eso´ cretino´, ganó San Lorenzo, ganaron lo´ millonario´ y hasta Tigre ganó, ¿me queré´ decir dónde vamo´ a parar?" Ese calificativo -trágico-, Sabato no lo puso al azar: cae perfecto. Cuando Boca pierde (nadie es perfecto) el barrio adquiere un aire fantasmal, de tragedia.
Cuando era chico los jugadores amigos de mi primo -Pescia, Sosa, algún otro- hacían un alto triste en la casa de mis tíos a tomar mate. Yo lo vi llorar al Leoncito: era tan de Boca que acababa hartándose él mismo de hablar siempre de Boca. Pero no conseguía interesarse en ningún otro tema.
Siempre me pregunté si esa presión por ganar no tendría que ver con el origen inmigratorio italiano y con la idea de que siempre había que triunfar. La mayor parte de aquellos inmigrantes del barrio acabó mudándose después a otros barrios más prósperos. Ahora han sido reemplazados por inmigrantes de países limítrofes, igualmente pobres como eran aquellos, pero infortunadamente puestos a tratar de subirse al palo enjabonado global sin demasiadas posibilidades.
Tengo en un estante de mi biblioteca un frasquito con el césped de la cancha de Boca, cortado un rato antes de que empezaran a demolerse las antiguas tribunas de Del Valle Iberlucea, para transformarlas bellamente en palcos VIP. Es realmente fantástico ver esos palcos donde algunos toman champagne con caviar, enfrentados a tribunas de habitantes más toscos de alimentación balanceada entre el choripán y el jugo de bidón sin etiqueta ni registro de propiedad intelectual. Acaso la mayor paradoja de tantos hinchas paquetes sea la de Ante Garmaz. Podría haber sido de River, de Estudiantes, de cualquier otro equipo menos brutal y definido, pero no: es de Boca. Solía pasar por los vestuarios antes del partido. Ya no: distrae a los atletas con sus elogios corporales.
Un pariente mío, de La Boca, que dormía los días de partido con una funda de la almohada de color azul y amarillo ante el rezongo de mi tía que elegía con cuidado los elementos de cama en tonos pasteles, caminó las tres cuadras de su casa al estadio. Esa tarde se llevó, como tantos, un pedazo de ladrillo de la parte demolida y que para él era como si le hubieran amputado algún miembro vital.
Cuando el diseñador Raúl Shakespear me invitó a participar con un texto en su libro de fotos del barrio de La Boca yo estaba impresionado por aquel gesto de mi pariente. Y escribí: Como si fuera el Muro de Berlín/ aquí la gente se llevaba trozos/ de cascotes, porciones del estadio/ demolidas para reconstruir/ el flanco del este./ Personas razonables o alucinadas/ recogían tiernamente bolsitas/ de polvo todavía húmedo/ con el copioso/ riego de jaurías incontinentes/ que ignoraban el toilette.
Coreografía. Aquí y allá, en las tribunas, aparecen carteles identificatorios de las regiones a que pertenecen las barras de hinchas: Ingeniero Budge, bajos de Morón, González Catán, La Salada, Camino Negro, Villa Echenagucía, Pontevedra, Ciudad Evita. Los de los palcos asumen esa ambientación regional, aun cuando ellos provengan de residencias en barrios cerrados o en torres inteligentes.
Cada vez más el color azul y amarillo ha pasado a ser una contraseña tribal, ya no sólo en el gorrito y en la camiseta, sino en otros elementos del vestuario como el cinturón, el pantalón, las zapatillas. Y no sé -no lo he investigado por pudor- si el calzoncillo no ha llegado a integrarse al composée del hincha supremo. Un mediodía me senté a comer frente a la cancha en el restaurante Carlitos, que junto con Il Materello son los más auténticos porque son de La Boca de antes y de ahora y no te sirven la pasta como una goma, sino dura, que cruje levemente al pasar por los dientes. En la mesa de al lado había un hombre vestido sorprendentemente de hincha fanático: todo lo que lucía era azul y amarillo y creo que hasta cuando sacó una billetera para pagar era de Boca. Sorprendía porque su expresión cultural no calzaba con la exaltada escenografía personal. Me pareció cara conocida aunque llevaba anteojos negros. Carlitos me lo dijo: era Alfonso De Grazia. Justo él: el que acaba de morirse en su ley gritando ante el televisor los goles de Palermo la mañana del partido de Tokio. El azul, para la interpretación simbólica, es el más profundo de los colores; el amarillo es el más ardiente, intenso y expansivo. Nada más extraño que haya sido la bandera de un barco sueco la inspiración de la de Boca. ¿Qué tenían que ver un sueco con un italiano? Los símbolos me hacen entender: los colores azul y amarillo quedan mejor en La Boca que en Suecia. Sin ofender, claro, a su reinado.
Rómulo Macció pintó una parte central del mural del estadio en la calle Del Valle Iberlucea. En una de las escenas se ve una inundación que arrasta los peculiares elementos orgánicos que los seres humanos higiénicos depositan en el inodoro, pero que las corrientes expulsan hacia fuera. A los boquenses no los ofende que los llamen bosteros: es su marca de origen de un barrio que nació con caballos de rabiosa incontinencia digestiva.
Los otros dos murales los hizo Pérez Celis. En una de las estrellas hay escrita una frase mía de las dos allí grabadas. "¿No las firmás?", me invitaba generoso el artista. "¿Para qué? -le contesté-. Siempre me gustó la idea de ser un poeta anónimo." Cuando mis nietos sean grandes van a llevar a sus amigos a mostrarles los murales y para presumir, les van a decir que las dos frases son del abuelo. Van a creer que son mitómanos.
Así, yo que nací en La Boca, he vuelto al barrio tallado en el estadio: en la Bombonera, que no sé si será eterna como el agua y el aire. Pero es tan esencial como los dos elementos.






