
El dandy que vio resfriado a Sinatra
Durante el otoño de 1965, sin advertirlo, o fingiendo no hacerlo, Frank Sinatra era seguido a todos lados por un periodista al que el editor de la revista Esquire le había encargado una nota. Pero Sinatra, que estaba por cumplir 50 años, no estaba de humor para atender a nadie. Recibía por entonces críticas por su relación con Mia Farrow, mucho más joven que él, se sentía abrumado por un acuerdo con la CBS que le implicaría cantar dieciocho canciones en televisión y su voz, su legendaria voz, no pasaba por su mejor momento: Frank Sinatra estaba resfriado.
Pero el cronista, tan atildadamente clásico en su vestir como Sinatra, no necesitaría dialogar con él para escribir uno de los perfiles más agudos y precisos que se han escritos sobre una persona. Por entonces, Gay Talese no era un nombre significativo en el mundo de las letras, pero su historia sobre Sinatra, para la cual entrevistó a unas cien personas del entorno del cantante, llenó más de doscientas notas mentales –nunca usó una grabadora ni libreta de apuntes–, y pasó al Esquire gastos por cinco mil dólares, se convertiría en un clásico del periodismo, de esos que son lectura obligatoria en las universidades.
El artículo se tituló precisamente Frank Sinatra está resfriado y convirtió a Talese en uno de los cronistas más reputados de lo que se dio en llamar Nuevo Periodismo, o básicamente la incorporación al duro género de los hechos comprobados de las herramientas propias de la literatura. Como Truman Capote, Tom Wolfe o Hunter S. Thompson, Talese brilló en esa sutil, pero a la vez infranqueable, frontera entre la realidad y la ficción.
Siendo ya un escritor afamado, en 1980 recibió una carta desde Denver, Colorado. El propietario de un motel, Gerald Foos, tenía algo que podía interesarle. Durante años, le confesó, había espiado, con la complicidad de su mujer, Donna, a los huéspedes en su intimidad. Viajantes solitarios, parejas o familias. Escenas sexuales y hasta un estrangulamiento. Talese no lo dudó un instante y tomó el primer vuelo para Denver. Él mismo utilizó el escondite de Foos, en el desván del motel, para observar. Más de treinta años tardó Talese en publicar la historia, en espera de que cualquier delito que Foos pudiera haber cometido, hubiera prescripto. The New Yorker publicó un adelanto, Steven Spielberg se apresuró a comprar los derechos para llevarla al cine y Talese, con más de 80 años, volvió a ser el gran y desprejuiciado cronista de la condición humana.
Pero poco después de la salida del libro, las dudas comenzaron a emerger. El Washington Post puso en duda que el crimen que Foos decía haber visto hubiera existido. Otro periodista descubrió luego que el motel permaneció cerrado durante buena parte de los años ochenta, cuando transcurren muchos de los episodios narrados. Talese, contra las cuerdas, pareció confesar. “Lo hice lo mejor que pude, pero quizá no fue suficiente”. Aunque a los pocos días volvió a sostener la veracidad de todo lo escrito. Pese a las contradicciones, pocos se atrevieron a levantar su dedo acusador contra Talese. Real, exagerada o simplemente inventada, su historia del motel del voyeur era muy buena y su pluma, tan elegante y descarnada como siempre.
El libro acaba de llegar a la Argentina y hoy La Nación revista publica sus primeras páginas a modo de anticipo. En tiempos de conceptos tan polémicos como “posverdad” o “hechos alternativos”, la última travesura de Gay Talese merece el beneficio de la duda y que nos asomemos, como voyeurs, al universo de sus fantasías. Reales o imaginarias.







