El dictador que murió sin saber que no gobernaba y la canción que inició una inusual revolución: “Vimos una multitud en las calles”
António de Oliveira Salazar lideró la dictadura más longeva de Europa y tuvo un paradójico final
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Lisboa, 1969. La escena pudo haber sido así: en su dormitorio, António de Oliveira Salazar apenas logra levantar la cabeza de la almohada. El cuerpo ya no le responde como antes, pero su voz mantiene un tono firme, el de quien se ha pasado años dando órdenes.
-¿Qué dicen los informes de Angola?
Un asistente se acerca y comienza a leer, con naturalidad, como si nada hubiera cambiado. Otro ayudante escucha en silencio. Luego, el dictador pregunta por presupuestos y decretos. Por momentos, el dormitorio parece el despacho de São Bento.
En la mesa de luz está el diario del día. Nada en sus páginas sugiere que desde hace más de un año otro hombre ocupa su lugar.
Salazar no lo sabía, pero ya no gobernaba Portugal.

Un poder silencioso y administrativo
En agosto de 1968, con 79 años, António de Oliveira Salazar estaba en su casa de verano en el fuerte de Santo António da Barra en Estoril, Cascais, cuando ocurrió el incidente. Mientras lo atendía su podólogo, la silla en la que estaba sentado cedió y, según la versión más difundida, el dictador cayó al suelo y se golpeó fuertemente la cabeza. Otras versiones dicen que Salazar simplemente perdió el equilibrio. Pero sea cual fuere la causa, nadie imaginó entonces que aquella caída marcaría el principio del final.
Cuando llegó al poder, en 1932, no parecía un hombre destinado a gobernar durante décadas. Era profesor de economía, austero, reservado, más técnico que carismático, asumió primero como ministro de Finanzas y luego como jefe de Gobierno. En 1933 impulsó una nueva Constitución y dio forma al Estado Novo, un régimen que prometía orden tras años de inestabilidad.
Portugal venía de una Primera República marcada por gobiernos breves y crisis constantes. El golpe militar de 1926 abrió paso a la Dictadura Nacional, que Salazar terminaría de consolidar. El nuevo sistema ofrecía disciplina, equilibrio fiscal y defensa de la tradición.
Pero ese orden tenía un precio.

La oposición fue perseguida. La prensa y la cultura, censuradas. La policía política (PVDE primero, PIDE después) vigiló, interrogó y encarceló disidentes. Existían elecciones, pero no competencia real. En la Segunda Guerra Mundial, Portugal se mantuvo neutral y luego se integró en el bloque occidental, pero conservó un sistema político cerrado.
Salazar gobernó sin mítines multitudinarios ni grandes gestos. Su poder era silencioso y administrativo. El historiador Filipe Ribeiro de Meneses, en Salazar: A Political Biography, sostiene que Salazar no fue un líder carismático ni movilizador de masas, sino un administrador del poder. Su autoridad se apoyaba en la Iglesia, en sectores conservadores y en una estructura estatal cuidadosamente organizada.

El mayor desgaste de su gobierno empezó en 1961, con las guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu. Mientras otros países de Europa iniciaban la descolonización, Portugal se aferró a su imperio. El conflicto se volvió largo, costoso y rechazado. A fines de los años sesenta, el régimen mostraba señales de agotamiento.
Pero Salazar no llegó a ver su desenlace.
La caída y una información que nadie quiso dar
Volviendo al accidente de 1968, al principio, pareció una simple anécdota. El propio Salazar le restó importancia a la caída y se negó a que llamaran a un médico. Pero ese mismo día comenzó a sufrir fuertes dolores de cabeza. Y, en los siguientes los síntomas empeoraron: veía borroso y tenía dificultades para moverse. Algo no estaba bien.

Durante semanas, el país no supo nada. El régimen que él mismo había construido era experto en controlar la información. Recién el 7 de septiembre, la televisión oficial anunció que el presidente del Consejo había sido operado de un hematoma intracraneal. No se detalló cuándo había ocurrido el accidente ni su gravedad real. El comunicado hablaba de una evolución favorable.
Pero la realidad era muy distinta. Las complicaciones neurológicas se sucedieron y su capacidad para gobernar quedó seriamente afectada. El 27 de septiembre de 1968, el presidente Américo Tomás decidió sustituirlo por Marcelo Caetano, un abogado que formaba parte del Estado Novo. La transición fue discreta, casi imperceptible.
Salazar era el jefe de Gobierno, pero el presidente tenía la potestad de reemplazarlo. En los papeles mandaba Américo Tomás, pero en la práctica, durante 36 años, había mandado Salazar.
A él no se lo dijeron.

Según contaron después testigos, nadie quiso enfrentarlo con la noticia. Decirle que ya no gobernaba podía precipitar un colapso mayor, o una escena incómoda en el corazón del régimen. Por eso, optaron por otra solución: mantener la ficción. Los ministros seguían visitándolo. Le llevaban informes. Escuchaban sus comentarios. Ante él, el poder parecía intacto.
Durante treinta y seis años nadie le había discutido el mando. Tal vez por eso, cuando ya no pudo gobernar, resultó más sencillo sostener “el teatro” que romper la costumbre de obedecerlo.
En 1969, la revista TIME describió esa situación insólita: un jefe de Gobierno relevado que continuaba recibiendo papeles como si todavía estuviera al mando. Un teatro político sostenido por lealtad, miedo o simple cálculo.
Con el tiempo, la salud de Salazar se deterioró hasta que falleció el 27 de julio de 1970, en Lisboa. Murió sin saber que ya no gobernaba.
La revolución de los claveles
Cuatro años después de su muerte, la madrugada del 25 de abril de 1974, Lisboa despertó con una señal por la radio.
A las 22.55 del día anterior había sonado E Depois do Adeus. Era la primera alerta. A las 00.20, ya entrado el nuevo día, otra canción confirmó que el movimiento estaba en marcha: Grândola, Vila Morena, de José Afonso, emitida por Rádio Renascença.
Era la contraseña.
Un grupo de oficiales jóvenes, cansados de las guerras coloniales en África, había decidido poner fin al régimen. No fue una insurrección desordenada ni una jornada violenta. Fue un golpe militar cuidadosamente coordinado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Luego de que sonara la canción, las tropas ocuparon puntos estratégicos de la ciudad. Pero lo inesperado ocurrió luego: el pueblo salió a la calle y lejos de resistirse o enfrentarse expresaban alivio.
“En el camino empezamos a ver una multitud en las calles. Personas de todas las edades, festejando, se subieron a los vehículos, nos abrazaron, nos dieron las gracias...Todavía hoy me emociono cuando pienso en eso”, recordó el coronel Carlos Maia Loureiro, en una entrevista con la BBC.
En ese recorrido, apareció la flor que le daría nombre a la jornada. Una florista comenzó a repartir claveles rojos y los soldados los colocaron en los cañones de sus fusiles. La imagen recorrió el mundo.

Marcelo Caetano se refugió en el cuartel del Carmo. Horas después se rindió. El régimen que había durado más de cuatro décadas se derrumbó en un solo día y sin violencia.
Portugal iniciaba una transición democrática.
Después de aquel día, la canción Grândola, Vila Morena -que habla de fraternidad e igualdad- se transformó en un símbolo de la democracia portuguesa. “O povo é quem mais ordena”, dice uno de sus versos: el pueblo es quien más ordena. Con el tiempo, Grândola dejó de ser solo una contraseña y se convirtió en el himno no oficial del 25 de abril, una melodía que aún hoy se canta cada vez que Portugal recuerda el día en que despertó sin disparos y con claveles.
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