
El dilema de Ulises
Para afrontar las pruebas en el camino estánla emoción y la razón
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"Llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres. Quien acerca su nave y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa." Esto le predijo la bruja Circe a Ulises cuando éste regresaba a Ítaca tras la guerra de Troya, según relata Homero en la Odisea. También le indicó que resistiera amarrado al mástil. Él no la desoyó: "Átenme con dolorosas ligaduras, indicó a sus hombres, para que permanezca firme junto al mástil; y si les suplico o les doy órdenes de que me desaten, apriétenme todavía con más cuerdas". Efectivamente, pasaron por la isla de las Sirenas y el héroe oyó el canto. Sólo él, porque los marineros se habían tapado los oídos con cera, según indicó la bruja. "Mi corazón deseó escucharlas, continúa Ulises, y ordené a mis compañeros que me soltaran, pero ellos siguieron remando, y luego me ataron con más cuerdas, apretándome más. Cuando por fin ya no se oía la voz de las Sirenas ni su canto, se quitaron la cera mis fieles compañeros y me soltaron las amarras."
El noruego Jon Elster, filósofo y teórico de las ciencias sociales, estudió este célebre pasaje del relato fundacional (lo hizo en su trabajo Ulises desatado: Estudios sobre racionalidad, precompromiso y restricciones) para concluir que el mítico personaje homérico se había visto enfrentado a la necesidad de gestionar racionalmente su irracionalidad. Quien logra hacer esto resuelve uno de los dilemas que nos persiguen a sol y a sombra. ¿Razón o emoción? ¿Cerebro o corazón? ¿Pensamientos o sentimientos? Hay quienes se ufanan de ser puramente emocionales y hay quienes se vanaglorian de su inflexible racionalidad. Sin embargo, así como nacemos con dos ojos, dos orejas, dos riñones, dos pulmones, dos manos y dos piernas, y la eliminación de uno de ellos equivale a una mutilación, también la emoción y la razón son parte de nuestro diseño de fábrica y la supresión de una (que afortunadamente no es posible) o su represión (que sí lo es, lamentablemente para quienes lo logran) nos privaría de recursos esenciales para navegar en las circunstancias de la vida.
Como bien advirtió el psicólogo del comportamiento Daniel Kahneman (que ganó el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre las conductas humanas que desbaratan las predicciones teóricas de los economistas), somos básicamente seres emocionales que razonan. La primera información que recibimos del mundo que habitamos y nos rodea (esto incluye a las personas con quienes nos vinculamos) nos llega a través de la emoción. Si nos quedamos allí nuestras reacciones serán impulsivas, primitivas y, por muy profundamente conmovidos que estemos, nos resultará difícil entender, reflexionar, sacar conclusiones transformadoras. Todo empieza a cobrar sentido y significado cuando interviene la razón (atributo humano por excelencia) y procesa el material provisto por la emoción. Esto necesita hábito, actitud, salir de la creencia de que la emoción lo es todo. Claro que pasar veloz y superficialmente por encima de ella para evitar el desorden que propone conlleva el riesgo de perder datos esenciales acerca de nosotros mismos y de lo que vivimos.
Ulises no estaba al tanto de estas cuestiones (¿o sí?), pero resolvió el conflicto sin renunciar a ninguna faceta de su ser. Afrontó el maremoto emocional (se permitió escuchar el canto de las Sirenas y registrar su innegable aunque engañosa belleza) sin perder el rumbo de su viaje: Ítaca; su tierra, Penélope, su mujer, y Telémaco, su hijo. Claro que allí lo esperarían nuevos dilemas y tragedias. El camino del héroe es largo (a todos nos espera) y lleno de pruebas. Para afrontarlas están la emoción y la razón.
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