
El fantasma de la libertad
Una serie de miradas diferentes sobre Dios fueron recogidas en un libro por el autor de esta nota. Aquí, su propia visión sobre lo que ocurrió con la religión desde el siglo XIX hasta nuestros días
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Esta expresión de Dostoievski se encarna en Kirilov –un personaje de su novela Los demonios– encerrado en el dilema de su conciencia, que afirma: "Si no hay Dios, yo soy Dios". Y como magnífica manifestación de tan poderosa autonomía, Kirilov se suicida en virtud de una consecuencia lógica de la aplicación de su libertad. Este texto de Dostoievski, que ha sido una de las fuentes inspiradoras de Nietzsche en su último período, contiene claves para entrever cuál es la situación del ser humano en una época en la que "todo está permitido". Desde el Iluminismo dieciochesco, pasando por las influencias del historicismo materialista hasta el reinado total de los medios de información tecnologizados que crean la opinión pública, la desacralización de la existencia ha crecido hasta tal punto que la creencia en el progreso se ha constituido en la perspectiva desde la que todos los procesos de transformación de las sociedades se han interpretado como una ininterrumpida liberación. Sin embargo, esta supuesta emancipación manifiesta, en realidad, la soberanía de un tipo de mentalidad que se ha hecho carne en el hombre actual. Y como ciertamente nos convertimos en lo que pensamos, pero nos olvidamos de dónde han surgido estos pensamientos que creemos nuestros, hay que volver a las ideas de Nietzsche porque él fue el primer crítico genealógico de las creencias de la civilización occidental. Pero resulta necesario preguntarse qué se ha hecho con su pensamiento en tanto Nietzsche fue sin duda el filósofo más leído del siglo XX –tanto en las cátedras como entre el público en general– y existe una "moda Nietzsche" que ha banalizado aspectos fundamentales de su obra para olvidarse por completo de otros.
El texto que narra "la muerte de Dios" presenta el tono tremendo de un asesinato ("nosotros lo hemos matado") en una escena en la que un loco frenético busca a Dios con una lámpara en el mercado y se encuentra con la indolencia de unos seres que "precisamente no creían en Dios", y entonces grita: "[…] lo más sagrado y poderoso que hasta ahora poseía el mundo sangra bajo nuestros cuchillos".
Todo el clima del escrito anticipa el mercado (Markt) en el que Zaratustra iniciará su prédica en el encuentro con el que Nietzsche llama "el último hombre, lo más despreciable". Así denomina a un conjunto de seres pequeños, mezquinos, cansados incluso para morir, que afirman: "Hemos inventado la felicidad". Se vanaglorian de la propia domesticación, de la ilusión del confort como mejor calidad de vida, de la prosperidad anunciada por la Revolución Industrial: "Han abandonado las comarcas donde era duro vivir". La frase que sintetiza la sensibilidad de Nietzsche respecto de este nuevo modo de vida es contundente: "Todo se ha vuelto más pequeño [...] y esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la virtud". Porque "la muerte de Dios" anunciada por Nietzsche no puede separarse del hombre que lo ha matado, del tipo de ser humano que habita en esta época. La última parte de Así habló Zaratustra enfatiza el hecho de que fue "el más feo de los hombres" el que mató a Dios; el hombre reactivo, decadente y resentido, que no está abierto a las fuerzas creativas, impera hoy en lugar de Dios. Nietzsche no puede más que sonreír pensando en "todo cuanto tendrá que desmoronarse a partir de ahora, luego de que se haya sepultado esta creencia, porque se había construido sobre ella [...] por ejemplo, toda nuestra moral europea". Y en este punto, Nietzsche augura una serie de "rupturas, destrucción, aniquilamiento", que valora positivamente como "una nueva aurora". Ahora, un siglo después de la muerte de Nietzsche, ¿tenemos noticias de "una nueva aurora"?
Por cierto, muchas de estas palabras han sido poderosas y significativas en su momento, pero han devenido clichés en virtud de su trivial reiteración. Porque el grito de Nietzsche en el siglo XIX tuvo un profundo sentido en el marco de la cultura contemporánea, en la que los términos habituales expresaban una religiosidad vacía y una moralidad hipócrita que se postulaban como parámetro universal de toda civilización frente a la barbarie (una actitud que por cierto continúa hoy patéticamente). Y en este punto, el ataque de Nietzsche continuó y a la vez criticó lo iniciado por la Ilustración en la misma perspectiva que en la antigüedad clásica fue testimoniada por los sofistas. No hay que olvidar que a la sentencia de Protágoras: "El hombre es la medida de todas las cosas", el divino Platón respondió: "El Dios es ciertamente para nosotros la medida de todas las cosas". Pues en el siglo V a.C. aparecen las creencias en el progreso y en la autonomía humana, como también los primeros en ser llamados ateos. En cambio, hoy ser ateo es una característica de "la moral del rebaño", aunque muchos prefieren llamarse "agnósticos", no siempre con precisión semántica, sino para expresar un tibio titubeo que es la moneda más común. Ya en Demonios de Dostoievski, Kirilov dice de un personaje central: "Cuando Stravoguin cree, no cree que cree; y cuando no cree, no cree que no cree". Falta la disposición visceral del creer, la fe que mueve montañas es reemplazada por una mente confusa que no cree ni en sí misma. Por eso resulta interesante recordar que en el uso más temprano la palabra ateo (átheos en griego) significa desprovisto de dios, es decir, carente del poder que concede la divinidad. Alude no al hecho de que uno no cree en Dios, sino que, por así decirlo, los dioses no creen en uno.
Que esta pérdida de sentido –y de vigor– se interprete como una liberación es una gran ironía, algo que provoca la risa de los dioses, aquellos que según Séneca se complacen al ver las grandes acciones de los hombres. Porque el filósofo latino formuló una visión distinta de la de Kirilov: "Nacemos con la sagrada obligación de soportar las cosas propias de los mortales y no dejarnos perturbar por lo que no está en nuestro poder evitar. Hemos nacido en un reino: obedecer a Dios es libertad".
El autor es filósofo. Este texto integra el libro La religión en la época de la muerte de Dios (Ed. Marea), en el que Pinkler compiló textos de Tomás Abraham, Francisco G. Bazán, Silvio Maresca, Dina Picotti, Esteban Gerardo, Perla Sneh, Daniel Goldman, José Pablo Martín, Hilario Wynarczyc, Abdul K. Paz, José M. Bocelli, M. Sakanashi, Inés Shaw, Ramiro Anzit Guerrero y Marcos Ghio.






