
El hombre de la bolsa
Más tarde o más temprano, todos somos "hijos de las crisis". Pero los seres humanos somos tan especiales, peculiares e individualistas que siempre creemos que "esta crisis" es la peor de la historia. Las crisis de las que más se habla, escribe y publica son las económicas, que en realidad son las consecuencias con números de crisis sociales y políticas que se van gestando en el día a día de las fallas humanas, las bajezas del poder y una intrincada red de intereses de todo tipo.
La historia está repleta de crisis, yo diría que la historia en sí es la eterna crisis de cambios que modifican a sociedades y hombres de manera convulsiva, marcando evoluciones e involuciones que agitan permanentemente el mar de nuestra existencia.
Los griegos escribieron sus relatos, poemas, epopeyas, tragedias y comedias, y dejaron testimonio de los problemas, enfrentamientos, traumas, guerras, hambrunas, pestes y maldiciones con que cada una de sus crisis hizo temblar la vida pública y hacer revisar a los filósofos sus conceptos básicos de vida.
Lo mismo hicieron los romanos, habitantes de un gran imperio que dominó el mundo conocido e impuso sus reglas a sangre y fuego. De los reyes a la república, de la república al imperio, y de ahí al caos, la decadencia lenta pero sin pausa, el derrumbe del mundo pagano y el nacimiento del cristianismo. ¿Podemos imaginarnos siquiera nosotros, timoratos del Merval y la puta Bolsa, lo que pueden haber sentido aquellas sociedades ante la perpetua angustia de ver su mundo hecho ruinas?
Las largas Cruzadas, que comprometieron por siglos vidas y bienes, principios y creencias de millones de personas, tanto cristianos como musulmanes, mezcla caótica de religión, fanatismo, choque de culturas y ambición de riquezas, marcaron a fuego a la Edad Media. En esa misma era todos los países europeos se vieron envueltos en luchas tremendas de formación y desaparición de nacionalidades y estados con guerras interminables entre galos, normandos, sajones, vikingos, godos, visigodos, otomanos, árabes y demás grupos con etnias y costumbres diferentes, y muchas veces diametralmente opuestas.
Luego llega la desaparición, nominal al menos, del vasallaje y la esclavitud, para que surja el "hombre libre" del Renacimiento y la Edad Moderna, hombre libre que, en verdad, deja de ser mantenido, mal o bien, por su amo para entrar en el escaso "mercado laboral", siempre marcado por las guerras, que podían durar cien años y que proveían al "hombre libre" el oficio más frecuente: el de soldado. Este junto con el de artesano, el de mendigo y el de clérigo eran los espacios que abría el estrecho abanico laboral desde donde vivir las espantosas crisis, que iban mucho más allá de lo económico.
Y así podríamos seguir hasta llegar a las guerras del siglo XX, los autoritarismos (ya sea nazifascistas o comunistas) y las terribles dictaduras de todo signo que marcaron a fuego la historia del Viejo Mundo, las ex colonias de América, Asia y Africa.
Esto no quiere decir que la historia pasada sea la única explicación y un consuelo al comparar nuestras crisis con aquellas hecatombes.
Es lógico que el hoy sea lo más importante para los que tenemos que transitarlo; pero: a no magnificar, a no entrar en pánicos paralizantes y, sobre todo, a no atarse a prejuicios seudoideológicos que se apresuran a poner rótulos sensacionalistas muy adecuados para vender (ya se sabe que "buena noticia no es noticia"), pero que no siempre pintan la realidad tal cual es. Algunos se preguntan: "¿Qué hago con mi dinero?"; otros se lamentan: "¿Qué pasó con mi dinero?", y otros, la mayoría, gritan: "¡Quiero el dinero que nunca tuve!". El rico especula, el pobre se resigna o trata de "entrar en el mercado" de cualquier forma y la clase media cambia figuritas siguiendo consejos no siempre bienintencionados de operadores de bolsa que se parecen más al temible "hombre de la bolsa" de nuestra infancia. Sí, estamos en crisis. Como siempre, estamos haciendo historia. Que no sea histeria, por favor.
revista@lanacion.com.ar
El autor es actor y escritor
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