
Se fue de viaje y desapareció durante 12 años. Su familia se había resignado, pero un ingeniero que conoció en Medellín se intereseó en su historia, lo googleó y logró el reencuentro
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Un hombre emprende un viaje por América latina. Por una serie de malentendidos, malas decisiones o caprichos del destino, el viaje se complica. Un remix del mito de Ulises en el siglo XXI: le roban sus documentos y queda varado en Medellín, Colombia, a cinco mil kilómetros de la ciudad desde donde emprendió su travesía. Pierde contacto con su casa, con su familia, con sus afectos. El hombre se transforma, entonces, en un sin techo. Y los sin techo, especialmente en las grandes ciudades, parecen muertos vivos. La sociedad los ignora, los trata como si fueran objetos, bultos amorfos y peligrosos, elementos cosméticos que afean el paisaje.
El hombre sobrevive haciendo malabares, duerme en lugares inhóspitos, recibe golpizas de paramilitares, se alimenta de sobras. También se hace adicto al paco. Mientras tanto, su familia lo asume desaparecido. Sus madre y su hermana lo buscan durante más de una década con carteles que distribuyen en la región de Cuyo y en el centro y noroeste de la Argentina. Lo buscan, también, a través de personasperdidas.org.ar, la web que forma parte de Red Solidaria. El hombre es uno de los miles de desaparecidos en la era de la hiperconectividad.
Hace unos años, en las páginas de Brando de abril de 2010 leímos "El fugitivo", una crónica experimental de Evan Ratliff, un periodista norteamericano de la revista Wired que abandonó sus rutinas, cambió su identidad y ofreció una recompensa de cinco mil dólares al lector que lograse encontrarlo. El ejercicio, que tenía un aspecto lúdico, invitaba a reflexionar sobre la imposibilidad de volverse anónimo en tiempos de un "Gran Hermano virtual", donde aparentemente vivimos monitoreados las veinticuatro horas. El proyecto de Ratliff venía a ratificar algo que indican las estadísticas. Solo en Estados Unidos unas doscientas mil personas mayores de 18 años intentan, anualmente, huir de la vida que llevan y reinventarse en una nueva identidad, esa "dulce tentación de dejarlo todo" que los Café Tacuba anhelan en Volver a comenzar. Volverse inhallable puede entenderse como una fantasía recurrente, el deseo latente de alguien que aspira a la reinvención permanente, a ser un David Banner en potencia.
Pero en este caso no hubo una voluntad explícita de desaparecer. De a poco y casi sin quererlo, nuestro personaje se volvió un ente transparente, intangible, insolvente. Y, mucho peor, un estorbo urbano, una amenaza a los ojos de la ciudadanía. Pocas veces pensamos en que detrás de cada una de las personas en situación de calle hay una historia, una familia. Lo curioso de nuestro hombre y su increíble periplo es el modo, casi absurdo, en que se resolvió. Lo único que hizo falta para evaporar los años de búsqueda y esos cinco mil kilómetros que separan Medellín de Buenos Aires fue una mirada. Un héroe anónimo que entendió que detrás de ese malabarista pordiosero había una historia. Y en un clic, apenas un clic, lo trajo otra vez a la vida.
Ese hombre, nuestro Ulises, se llama Fabián Gonzalo Levitt. La última vez que Fabián había visto a Brenda, su hermana menor, había sido en el otoño de 2002. Él tenía 28 años y ella 15. Había sido en la casa que sus padres todavía tienen en Ituzaingó Sur, un barrio humilde del oeste del Gran Buenos Aires, antes de que Fabián empezara un viaje sin rumbo demasiado preciso por América latina. Esa había sido, también, la última vez que había visto a sus padres, Ester y Rubén. Esa mañana Fabián había salido con una mochila cargada con algo de ropa, un tambor que él mismo había fabricado, su bolsa de herramientas y una manta para exhibir sus producciones: aros y otras artesanías fabricadas en plata. El periplo duraría, a lo sumo, un par de años. El año anterior se había peleado con Nadia, su pareja y madre de Ámbar, su hija, que en ese momento tenía tres años y vivía (y vive) en Miramar. El objetivo de ese viaje, además de ver un poco de mundo, era regresar con plata suficiente para comprar una casita o un motorhome, reconquistar a Nadia y volver a ser una familia. Pero algo salió mal.
En 2004, después de que le robaran todas sus pertenencias (documentos incluidos), quedó varado en Medellín, y allí, reinventado como malabarista callejero y (sobre)viviendo en la marginalidad absoluta, se pasó los últimos diez años. Fabián atravesó los estratos más bajos de la sordidez: durmió en los aguantaderos del centro de la ciudad, denominados "ollas" o casas de vicio, donde venden drogas y donde se refugian los adictos para consumir fuera de la órbita policial. En palabras del ex alcalde de la ciudad, Luis Pérez Gutiérrez: "Las ‘ollas’ son los ‘banqueros ilegales’ que financian la violencia urbana. El microtráfico se ha apoderado de las ciudades y, de la mano del microtráfico, engordan los bandidos urbanos". Así que Fabián tuvo que lidiar, también, con los que manejan ese microtráfico, con la policía y con las Convivir, unas cooperativas de vigilancia y seguridad privada, filo paramilitares.
En todo ese tiempo, Fabián no se comunicó con su familia. Ni una sola vez. Quizás pueda parecer un poco extraño en los parámetros que entendemos como "normalidad", pero toda esta historia es un poco absurda y definitivamente extraordinaria.

El otro personaje clave de este relato también se llama Fabián. Se apellida Vargas y es un paisa de 43 años, ingeniero en sistemas, que desde su moto registró a su tocayo Levitt apenas empezó a malabarear en los semáforos porque se vestía como nadie se vestía en ese momento en Medellín. El chaleco, la ropa de colores, la barba, los dreadlocks. Pero, más allá de la indumentaria, lo registró por la alegría que ponía en cada una de esas pequeñas performances y por el modo en que agradecía, siempre, cada una de las monedas que dejaban sus espectadores motorizados. Vargas fue, de algún modo, un testigo anónimo y silencioso de la supervivencia artística de ese argentino perdido en Medellín, de su descenso a los infiernos del paco (allí le dicen "bazuco") y de su resurrección.
Al verlo recuperado decidió involucrarse. "Las últimas veces que lo había cruzado estaba muy desmejorado. Pero hace un tiempo me lo encontré y ya no haciendo malabares: estaba limpiando autos. Estaba mejor vestido, mucho más prolijo y saludable", me cuenta Vargas en un local de Café Valdez en el coqueto barrio de El Poblado, en Medellín. "Se veía con la sonrisa y la actitud que había tenido siempre. Asumí que había hecho un trabajo de recuperación y me alegró tanto que me decidí a saludarlo, conocerlo, saber un poco más de su vida".
Así que una mañana cualquiera, de hace unos cinco meses, lo invitó a desayunar a un bar. Allí, cuando Levitt le contó su historia, Vargas le propuso intentar contactarlo con su familia. Levitt aceptó y Vargas, entonces, empezó por la opción que le quedaba más a mano: googlearlo. Después de tipear su nombre y hacer un clic, descubrió que a Levitt lo buscaba su familia desde hacía más de una década. Fue por medio de la página de Red Solidaria, esa entidad fundada por Juan Carr en Buenos Aires en 1995, que Vargas le pudo avisar a Brenda que su hermano estaba viviendo en Medellín. "Le brindé un montón de datos muy personales que Fabián me había contado, pero ella no caía. Y, aunque le mandé una foto actual, tampoco terminaba de caer".
Fue así como un par de días más tarde, Vargas llevó a su tocayo argentino al mismo bar donde habían desayunado aquella vez para que los hermanos, en videoconferencia, volviesen a verse por primera vez después de más de doce años. La charla, según cuenta Vargas, fue muy emotiva. "Fabián tiene muy buena memoria, así que charlaron de cosas de su infancia y de su adolescencia. Y, aunque Fabián estaba ansioso por saber cómo estaban sus padres y su hija, también hablaron de temas más generales, como la situación del país y cosas por el estilo. Ella le contó de su trabajo, de su vida durante los últimos doce años. Fue un momento muy emocionante. Fue como si hubieran decidido desatrasar muchas cosas, pero sin ningún tipo de reproches. El plan tácito de ambos era el mismo: mirar hacia delante".
El objetivo principal de esa charla era generar, cuanto antes, el regreso de Fabián a Buenos Aires. No era una tarea sencilla. Recién cuando esta historia tuvo su rebote en los medios, Red Solidaria mediante, la Cancillería argentina en combinación con las autoridades colombianas aceleraron la logística de la operación reencuentro.
El 3 de octubre de 2014, después de hacer escala en lima, Fabián Levitt se abrazó en Ezeiza con sus padres y con Brenda, su hermana, que es licenciada en Criminalística y que llegó desde Córdoba capital –donde vive desde hace unos años– para recibirlo. Su único equipaje era la camiseta del Atlético Nacional, el equipo que en Medellín le fue robando espacio en el corazón al cuadro de su infancia, el Club Atlético Independiente de Avellaneda. Desde entonces, vive en la casa paterna de Ituzaingó. Duerme en el mismo cuarto de su adolescencia, al que sus padres mantuvieron intacto, con posters del piloto José María Traverso (Fabián, fierrero, es fana de Chevrolet) y una ventana llena de calcos noventosas: de los diez años de la Rock & Pop, de la primera visita de los Rolling Stones a la Argentina, de Cablevisión y de la Semana de la Dulzura.
Anteriores al viaje le quedan pocas cosas: una colección de revistas de automovilismo, una foto del Dodge V8 naranja que preparó durante dos años y luego vendió para emprender su travesía, su carnet infantil de Independiente, una brújula y su cinturón de boy scout. Antes de mudarse al oeste, Fabián y su familia vivían en Almagro, frente a la plazoleta de Guardia Vieja y Lambaré, y él se pasaba los fines de semana en el grupo de boy scouts de la iglesia Nuestra Señora de la Consolación, en Scalabrini Ortiz y Córdoba. Siguió siendo scout en el oeste hasta los 17 años. Largó el colegio en tercero, pero antes de dedicarse a las artesanías trabajó en una fábrica de gelatinas y en un taller de rectificación de motores. Pero cada vez que podía se escapaba a San Juan o a Córdoba, con la montaña entre ceja y ceja.

Empezó a hacer experiencias con San Pedro, un hongo alucinógeno que consumía en rituales de luna llena y que se tatuó en la espalda. Aprendió a hacer trenzas bahianas y en el eje entre San Marcos Sierras –la emblemática capital cordobesa del hippismo–, el microclima de Merlo en San Luis y la feria de la ciudad de La Rioja, Fabián construyó un circuito. Y fue en Merlo donde una pareja de amigos, Fabián y Cira, le enseñaron a confeccionar artesanías en plata.
Ese era el background que tenía Fabián cuando decidió subir a Salta con algunos conocidos para salir, en grupo, a la aventura. Había un español, una chica de Costa Rica, dos colombianos y Mariano, otro argentino que andaba siempre descalzo y que se transformó en su gran compinche durante toda la travesía. Empezaron por Bolivia y fueron subiendo hasta Perú. Pasaron por el Cuzco y llegaron al Machu Picchu. "Como no teníamos plata, caminamos unos veinte kilómetros por las vías del tren. Fue increíble", recuerda. Fue en Perú donde Fabián empezó a incursionar en los malabares, un poco por diversión, pero fundamentalmente para tener una herramienta más para recaudar algo de dinero. "La plata que ganábamos la invertíamos en los pasajes. Mariano siempre andaba en patas y a la gente le daba confianza verlo así. Siempre caíamos bien. La gente se copaba: nos invitaban a comer, y también hemos dormido en casas gracias a los malabares. En ese momento fueron muy importantes, pero en Medellín me terminaron salvando la vida", explica Fabián.
Como Mariano no tenía documentos, el viaje adquirió una dinámica diagonal, esquivando en zigzag controles fronterizos, transitando por sitios insólitos, en un estado de fuga constante. Con su tambor Fabián tocaba canciones de Totó la Momposina. La pasaron bien, realmente bien, hasta que llegaron a Esmeraldas, al noroeste de Ecuador. Ahí la pasaron mal. Se pusieron a hacer malabares en un semáforo y a los diez minutos estaban en un calabozo. Por suerte para ellos, el calabozo daba a la calle y podían hacer malabares para los transeúntes.
Con las monedas que les tiraban de la calle compraban comida, mientras reservaban algunas para llamar al Consulado argentino y pedir auxilio. Fue en esa comisaría donde les robaron todas sus pertenencias. Cuando los liberaron, se colaron en una balsa para cruzar a Colombia y lograron llegar hasta Cali. Mariano se enganchó con el bazuco y se quedó allá. Fabián siguió solo hasta Medellín: "Mariano era un tipazo. No sé qué habrá sido de su vida. Yo me imagino que seguirá en Colombia, pero hace como diez años que le perdí el rastro".
En Medellín, Fabián empezó a trabajar en los semáforos, y le iba medianamente bien. Comía todos los días pero no tenía dónde dormir. Y cayó, entonces, en las casas de vicio. Como era un "buen cliente", le permitían quedarse ahí, en ese tugurio cerca de la plaza Minorista."La dinámica es más o menos así: salís de la casa, hacés un billete pequeño y entrás a comprar una dosis. Consumís y volvés a salir. Así, todo el tiempo", explica. Fue entonces, en algún momento de 2004, cuando el Fabián Levitt original, el hippie de clase media, se transformó en un sin techo. "En las casas de vicio no podés dejar nada. Todo lo que tenés lo tenés que llevar encima. Yo a veces andaba con una mochila, pero a veces te cansás de tener la mochila. Y andás vestido. Allá, en la calle, es lo normal. Está lleno de gente así. Y vos sos uno más", explica.
Fabián se refugiaba en la casa de vicio porque si hay algo que no es recomendable en Medellín es dormirte en la calle. Los miembros de Convivir se dedican a "limpiar" las calles de indigentes. Y, si tenés la mala fortuna de quedarte dormido en un umbral o en la puerta de un negocio, te puede pasar lo que le pasó a Fabián las tres veces que, agotado, se abandonó al sueño en el lugar equivocado: le dieron tres palizas memorables que incluyeron puñaladas y una bala que tiene alojada detrás de las costillas. "Yo sé que suena raro, pero creo que las tres palizas me las dio la misma persona", dice.
"Lo que más me impresionó apenas llegó fue que se acercara a los tachos de basura, como buscando comida", me cuenta Ester, su madre, bibliotecaria en tránsito hacia la jubilación. "Estuvo hablando dos días sin parar. Tenía demasiado para contar. Yo me moría de sueño, pero no podía dejar de escucharlo. Y no puedo creer por todo lo que pasó. Me parece increíble que haya caído en la droga, porque realmente tenía una buena base", dice.
Ester no se preocupó durante el primer año posterior al inicio del viaje. Cuando Fabián se iba a las ferias de Córdoba o La Rioja, solía llamar cada tres o seis meses. No tenía celular ni casilla de mail, entonces su única vía de comunicación era el teléfono. Y como en ese momento su hermana se colgaba horas y horas hablando por teléfono y luego la cuenta era astronómica, Ester decidió dar de baja la línea. Así que, en principio, no les pareció extraño que no llamara. Pero, pasado un tiempo, se pusieron en alerta. Tanto tiempo sin noticias no era normal. Entonces viajaron a buscarlo, recorrieron San Luis y La Rioja, y empezaron a pegar ellas mismas volantes impresos con algunas de las pocas fotos que tenían de Fabián, en terminales de ómnibus, bares, baños y estaciones de servicio.

Y hacia 2006, cuando Red Solidaria inauguró la web de personas perdidas, comenzaron la búsqueda por internet. "Una vez viajamos a San Luis porque había un pibe igualito a Fabián, pero no era él. Nunca perdimos la esperanza, pero con el paso del tiempo se nos hacía cada vez más improbable que apareciera", recuerda su madre.
A cinco mil kilómetros y un clic. a eso estaba fabián de encontrarse con su familia. Pero envuelto en su realidad, aislado (virtualmente secuestrado por los patrones de las casas de vicio que le marcaban territorios por dónde circular y le impedían cualquier intento de comunicarse con su familia para poder volver a Buenos Aires), asumió su situación como el devenir lógico de su periplo."Estaba resignado a eso que me estaba tocando, pero lo asumí normal. El problema es que cuando lo asumís, ya estás tranquilo. Y de tan tranquilo que estás, te hacés adicto", dice Fabián.
Estamos en su cuarto. Fabián me cuenta que en estos doce años casi no vio televisión: por ejemplo, se acaba de enterar de la muerte de Michael Jackson y de que el Rojo se fue a la B. Me muestra su dedo anular izquierdo. Está quebrado, hinchado, casi colgando, después de que él mismo se sacara un anillo que le pusieron en la casa de vicio, en una especie de ceremonia de iniciación. Pronto tendrá que operarse. Tiene el pelo corto, prolijo, anteojos nuevos y una panza saludable. Ahora pesa 79 kilos, pero en su peor momento llegó a pesar 48. "Piel y huesos, literal. No sabía que el bazuco te enflaquecía de esa forma", dice. "Sobreviví porque nunca dejé de comer. Un restaurante servía, a medianoche, una sopa con las sobras del día. Con eso, me alcanzaba".
Comiendo se salvó y comiendo fue que se curó. Él solo. "Tomé conciencia de lo mal que estaba cuando no me reconocí. Ni física ni humanamente. Ya no era yo. Por suerte me di cuenta a tiempo", dice. Así que en una especie de clic mágico, cambió el bazuco por la comida. Cada vez que le venían ganas de consumir, comía. Así empezó a engordar. A sentirse un poco mejor. Y dio un paso fundamental: comenzó a asistir regularmente a un Centro Día, un espacio que la alcaldía de la ciudad le otorga a la gente en situación de calle. "Vieron que me quería recuperar y me dejaron guardado cinco meses. Fue un empleado de ahí, Cosme, el que me dio esperanzas de volver a contactarme con mi familia".
Y fue así, con Fabián recuperado, como ocurrió esa especie de milagro. Fabián Vargas lo invitó a desayunar y se sorprendió con varias cosas: tenían el mismo nombre, la misma edad y habían tenido una hija al mismo tiempo. "Empieza uno a creer que hay hilos y caminos que mueven cosas en la vida de las personas", dice Vargas. Y en apenas un par de clics resignificó la vida de su tocayo, y la de su familia.
Fabián levitt empieza, ahora, su vida número dos. se compró unas chapas para identificar a los perros y unos sahumerios con la idea de salir a vender. No está convencido de volver a las ferias, pero tampoco descarta la idea. Casi no sale a la calle, pero está entusiasmado con ir a ver al Natty Combo, un grupo de reggae que toca el sábado, gratis, en Morón. Por ahora, duerme la siesta todas las tardes. Y todavía tiene una cuenta pendiente. Encontrarse con Ámbar, su hija, que acaba de cumplir 15. El día del cumpleaños de su padre, cuando aún no lo habían encontrado, Ámbar escribió en su muro de Facebook: "¡Feliz cumple, papito! Te extraño un montón, tengo ganas de verte. Espero que sepas que te quiero y que te espero, que la pases lindo en tu día y ojalá que te acuerdes de mí".
Asustada por lo premonitorio de ese mensaje y shockeada por la noticia de su aparición, Ámbar todavía no se animó a verlo cara a cara. Pero hablaron por teléfono. Fabián sonríe: "Me hizo un montón de preguntas. Y me puse contento porque nos gustan las mismas cosas: el guiso de lentejas y el arroz con pollo que prepara mi vieja".





