
El macho posmo
Por José Luis Alvarez-Fermosel
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Ahí va el macho posmo, con su pelo cortado al rape o su melena hasta la cintura; su perdigón de plata incrustado en la nariz; sus anteojitos negros tan chicos que apenas le cubren la mirada vacua; su jubón oscuro, brillante por el uso, que se parece a los de los mujiks de las novelas de Tolstoi; sus jeans, que se tienen parados cuando se los quita; sus zapatillas enormes –el macho posmo suele calzar un 45– o sus borcegos con cordones; su walkman; su mochila tan pegada a la espalda que parece un dermatoesqueleto; su riñonera, que le va golpeando sus partes al compás de su andar cansino.
El macho posmo gasta barba de cuatro días, que se afeita de pronto para dejarse una mosquita bajo el labio inferior, o unas tiritas de pelo que enmarcan su rostro de un tono verde pálido, carente de expresión. Tiene los brazos delgados y cilíndricos, como largos mostacholes que le penden a los costados del cuerpo sin muscular.
El macho posmo usa celular, palm y Motorola, pero no se comunica; deja mensajes. Su tótem es la Internet, de la que extrae información que no usa. Se pasa las horas muertas chateando.
Come comida chatarra. Cuando estaba de moda la gastronomía mexicana, hizo un gran consumo de nachos, burritos, fajitas. Nunca se sienta a comer porque no sabe manejar los cubiertos. Picotea por la calle paragüitas de chocolate. Le encantan las bananas. No bebe alcohol. Toma la lechona. Va a un... espacio y sorbe... ¡una lágrima!: una copa flauta llena de leche tibia con unas gotas de café, o leche manchada, todavía con menos café. Si sufre una pena de amor –cosa rara–, se manda al escuálido pecho un trago de agua mineral finamente gasificada con unas gotas de limón. Y dice acto seguido: "¡Ahhhhhh...!"
No trabaja. Sueña con ser marisquero artesanal, fangoterapeuta, hacer bricolaje, ikebana o tocar el bombardino. También ha considerado la posibilidad de aprender esperanto. Pero la ilusión de su vida es ser chef étnico.
Vive con papá y mamá. Alguno se ha ido a vivir con varios congéneres a un departamento en régimen tribal, o a la casa de una amiga, pero no pasa nada, lo que no quiere decir que sea gay, es que hacer el amor es tan difícil, tan complicado, tan pegajoso... Al macho posmo lo pone muy nervioso. Por eso no tiene pareja, ni siquiera novia, aunque sí muchas amigas.
Alguna de éstas se casa. El macho posmo la visita y, si su amiga tiene un niño recién nacido, él le cambia los pañales con mano maestra. Entiende una barbaridad de caca de niño: "Esta parece que está un poco durita" o "No me gusta el color demasiado amarillento de esta otra..."
A pesar de la vida que lleva, alguna vez sufre un pequeño accidente: por ejemplo, se pilla un dedo con la puerta de un armario y se le pone la uña negra. Hay que llevarlo al hospital, por supuesto. La primera vez que se encuentra con sus amigos después del... accidente, se lo cuenta con pelos y señales. Todos gritan a coro, estremecidos de horror: "¡Qué odisea!"
Colecciona ositos de peluche a los que pone nombres tales como Sinesio, Hermenegildo, Lautaro, Hermógenes, Federico... Tiene en la mesita de luz una foto suya –en la que ha salido con un poco de cara de besugo, entre paréntesis–. Al pie ha escrito de su puño y letra: "Yo". El calor lo aplana y el frío lo apichona. Cada dos por tres se toma un año sabático y se va con su amigo del alma a Machu Picchu, a la Isla de Pascua o a un lugar que no haya sido hollado por la planta del hombre.
Hace pipí sentado. Le pide a mamá que lo peine todas las mañanas.
El macho posmo es blandengue, asustadizo, esquemático, comodón, irresoluto, no toma partido, no se juega, no se responsabiliza, no se compromete, se cuelga.
Dice que se busca a sí mismo pero que no acaba de encontrarse. Es una criatura. ¡Sólo tiene 39 años!






