
El monje de la risa fácil
Líder espiritual de multitudes, sabe bromear sobre sus propios tropiezos y contradicciones. Dalai Lama, sencillez, perseverancia y best sellers
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Quienes lo conocen quedan cautivados por su risa. Los asombra; no esperan que un maestro de la compasión, la meditación y la vida espiritual sea dueño de una risa tan pronta y contagiosa. ¿De qué se ríe el Dalai Lama? Principalmente de sí mismo, de sus tropiezos y humanas contradicciones. Por eso, cuando insiste en definirse como “un simple monje”, a pesar de ser un autor renombrado, conferencista internacional, líder espiritual de multitudes y Premio Nobel de la Paz, no suena a falsa modestia. Tenzyn Gyatzo es, en efecto, un hombre sencillo.
Su vida, por otro lado, no lo ha sido tanto. Nacido en una familia humilde del nordeste del Tíbet en 1935, podría haber llevado la existencia llana de una familia campesina. Pero el destino tenía otros designios: a los 2 años, tras la muerte del 13er Dalai Lama, un comité de expertos lo señaló como la 14a reencarnación del Buda de la Compasión. De ahí en más, su historia tomaría ribetes épicos.
Según cuenta, este desvío del destino no lo tomó del todo por sorpresa. Al parecer, a pesar de su corta edad, el niño le había manifestado a su madre en repetidas ocasiones que no pertenecía a esa familia y que pronto vendrían a buscarlo. La mujer recordaría luego que, el día en que llegó a la casa el comité en busca del tulku (reencarnación de la autoridad religiosa fallecida), el niño se levantó expectante y estuvo toda la mañana de gran ánimo. Cuando el comité llegó reconoció a varios de los hombres y supo decir sus nombres.
Los budistas tibetanos consideran que los Dalai Lama son una emanación de Avalokitesvara, el bodhisattva (seguidor avanzado del Buda) patrono del Tíbet. Creen que, tras su muerte, su conciencia vuelve a encarnar, generalmente en el cuerpo de un infante, y por eso se lo busca entre niños que hayan manifestado cualidades especiales. También se guían por señales cósmicas y visionarias, que los llevan al lugar indicado. La identidad luego se comprueba enseñándole al presunto tulku objetos del Dalai Lama fallecido, entre muchos otros, para ver si es capaz de reconocerlos.
"Desde el punto de vista budista, es posible tener algún tipo de memoria de las vidas pasadas, es algo muy misterioso", cuenta en una entrevista, pero enseguida acota, presto a desmitificar: "Sin embargo, hay una contradicción. Cuando comencé a estudiar en Lhasa, a los 6 o 7 años, resultó que era un poco vago, para nada aficionado al estudio". Y lanza entonces su fresca y poco protocolar carcajada.
Al asumir el cargo honorífico, su nombre mutó de Lhamo Thondup a Jetsun Jamphel Ngawang Lobsang Yeshe Tenzin Gyatzo (Santo Señor, Gloria Gentil, Elocuente, Compasivo y Erudito Defensor de la Fe, Océano de Sabiduría), y fue llevado a vivir al Palacio de Potala, en Lhasa. En este edificio de mil habitaciones sería atendido como un rey y educado en filosofía, medicina y metafísica budista por un ejército de maestros y mentores. El Tíbet era, hasta ese entonces, una monarquía feudal teocrática, de la que el Dalai Lama era el jefe supremo.
A los 6 años fue nombrado oficialmente representante de la fe de su pueblo. A los 15, con el Ejército de Liberación Popular de China vulnerando ya las fronteras del territorio tibetano, las autoridades de Potala decidieron que había llegado el momento de que el joven monje tomara el mando político. Así fue como, el 17 de noviembre de 1950, Tenzin Gyatso asumió responsabilidad sobre el destino de seis millones de personas, todas bajo amenaza de guerra inmediata.
Durante nueve años, el joven funcionario negoció personalmente con Mao Tse Tung y Chou En-lai, procurando recuperar la autonomía de su país a fuerza de argumentos. "Pasé cinco meses en Pekín en 1955 –recuerda–. Establecimos un buen diálogo (con Mao): de mi parte había respeto, y de su parte, cierta confianza. Fue un buen momento. Pero al año todo cambió."
En efecto, la tensión se fue agravando, y en 1959, tras el cruento aplastamiento de una rebelión tibetana, el Dalai Lama se vio obligado a huir a la India con una comitiva de veinte personas. Les tardó quince días cruzar de a pie la cordillera del Himalaya, caminando de noche para evitar a los guardias chinos. En los meses posteriores, lo siguieron unos 80.000 refugiados tibetanos. El líder religioso armó un gobierno en el exilio en Dharamsala, una pequeña localidad a una hora de auto de Nueva Delhi que se ganó el mote de Pequeña Lhasa.
Estudiosos como Robert Thurman, profesor de Estudios Indo-Tibetanos en la Universidad de Columbia, dicen que desde ese bastión Tenzin Gyatso fue capaz de preservar la cultura de su país y sostener alta la moral de sus compatriotas, mientras el cerco de la ocupación china se cerraba y adquiría ribetes cada vez más violentos. "Es el primer tibetano en convertirse en líder mundial, sin siquiera tener una plataforma política, sólo a base de su fuerza moral", dijo el académico en una nota al diario The New York Times.
Un hombre, un símbolo
En 1989 el Dalái Lama fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz, por ser un emblema de la resistencia pacífica a la opresión en el mundo entero. Por esta misma cualidad fue inspiración de películas como Siete años en el Tíbet, Kundun y numerosos documentales y programas televisivos.
El 17 de octubre de 2007, el Parlamento estadounidense le otorgó la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos, bajo protesta del gobierno de China. Otros episodios –la visita del Tenzin Gyatso a Taiwan en 2009, y su reunión con Barack Obama en la Casa Blanca en 2010– provocaron picos de descontento por parte de las autoridades de Pekín. Pero lo cierto es que la postura del Dalai Lama se fue modificando con los años. Hoy ya no pide el retiro de las tropas chinas; aboga por lo que ha denominado la vía intermedia: la autonomía del Tíbet para manejar sus asuntos internos, sin dejar de integrar el país comunista.
En 2011 renunció formalmente a todos sus cargos políticos. Disolvió así los últimos vestigios de la teocracia tibetana, y dio lugar a una elección democrática del gobierno en el exilio, separando por primera vez en la historia de su país la institución religiosa del Estado.
El exilio del Dalai Lama ha sido de los más productivos de la historia: visitó 67 países, recibió 150 distinciones, premios y doctorados honorarios, y escribió más de 110 libros, muchos en coautoría. Todos estos años ha sido un adalid incansable de la resistencia pacífica, aun ante instancias de agresión extrema. También ha participado en diálogos con los máximos representantes de diferentes religiones, y ha orquestado eventos para promover el entendimiento entre religiones. Es, además, el primer Premio Nobel en ser reconocido por su militancia ecologista.
En un giro inusitado para una autoridad religiosa, a partir de la década del 80 ha encabezado un fructífero diálogo con científicos de distintas disciplinas, particularmente la psicología, la neurobiología, la física cuántica y la cosmología. Para gestionar esta colaboración creó –junto al neurocientífico Francisco Varela y el emprendedor R. Adam Engle– una ONG llamada The Mind & Life Institute, que busca comprender la mente humana y procura el bienestar a través de prácticas contemplativas, combinando la sabiduría de antiguas tradiciones con los últimos hallazgos de la ciencia. Estas indagaciones son las que produjeron esas curiosas imágenes de monjes budistas con las cabezas repletas de electrodos que dieron vuelta al mundo. Pero más allá de su valor mediático, las investigaciones de Mind Life confirmaron científicamente los efectos de la meditación en el cerebro y su impacto positivo en la salud mental, física y emocional.
También resultaron en la introducción de la ciencia moderna en la currícula –milenaria– de las instituciones monásticas tibetanas en el exilio. "Si el análisis científico demuestra de manera concluyente que ciertos postulados budistas son falsos, debemos aceptar estos hallazgos de la ciencia y abandonar esos postulados", ha dicho el máximo líder del budismo tibetano, sin titubear. Y explica: "El gran beneficio de la ciencia es que puede contribuir enormemente al alivio del sufrimiento en el plano físico, pero es sólo a través del cultivo de las cualidades del corazón y la transformación de nuestras actitudes que podemos comenzar a explorar y superar nuestro sufrimiento mental… Necesitamos de ambos, ya que el alivio del sufrimiento debe ocurrir a nivel físico y psicológico."
Tanto como se ha ocupado del sufrimiento humano en sus libros, igual cantidad de veces ha postulado al cultivo de la compasión como vía regia para superarlo. Si quieres hacer felices a los demás, practica la compasión. Si quieres ser feliz tú mismo, practica la compasión, es uno de sus lemas más citados. Pero lejos de plantearlo como un mero deber religioso, en libros como Los siete pasos hacia el amor enseña un método práctico y exhaustivo para expandir el círculo de la compasión desde unos pocos seres queridos a la humanidad entera y todos los seres vivos.
También ha abogado por una ética independiente de la religión, por considerarla la única solución universalmente válida para nuestros días. En El arte de vivir en el nuevo milenio, lo explica sin tapujos: "(…) habida cuenta de nuestra diversidad, no hay una sola religión que pueda satisfacer a la humanidad entera, y también podemos llegar a la conclusión de que los seres humanos pueden vivir francamente bien sin recurrir a la fe religiosa".
No obstante, sí considera a la ética una virtud indispensable, tal como ilustra con la siguiente comparación: "La diferencia entre la ética y la religión es como la diferencia entre el agua y el té. La ética sin contenido religioso es agua, un requerimiento básico para la salud y la supervivencia. La ética basada en la religión es té, una infusión aromática de agua, hojas de té, especias, azúcar, y, en el Tíbet, una pizca de sal. Pero, sin importar cómo se prepare el té, el ingrediente principal es siempre agua. Podemos vivir sin té, no podemos vivir sin agua".
Retrato íntimo
¿Y cómo es, en la intimidad, este activista incansable del amor y la tolerancia? En las incontables entrevistas que le realizan en cada viaje, siempre surge, en algún momento, la misma pregunta: "¿Su santidad, se enoja usted alguna vez?" Entonces responde, como lo hizo hace poco ante un periodista mexicano, con su habitual franqueza: "¡Todo el tiempo! Quienes trabajan en mi oficina podrían decírselo. Pero no me dura mucho, unos minutos nomás". Luego se pone serio: "Pero no si se trata de un problema importante. Entonces, intento mirar la cuestión desde todos los ángulos, sin enojo ni irritación. Cuando uno examina algo, la mente debe estar calma y equilibrada, sin demasiados apegos".
Quizás ayude a mantener su propósito una rutina fiel a la vida monástica. Tenzin Gyatso se acuesta cada día a las 20.30, se levanta a las 3.30 para meditar y rezar por dos horas; camina por los jardines de su residencia (o en una cinta fija si hay mal tiempo), y desayuna avena y tostadas a las 5.30. Las mañanas son para estudiar antiguos textos tibetanos y para escribir; las tardes, para las audiencias y las entrevistas. A las 17 toma el té, luego realiza las meditaciones y rezos de la tarde, y a las 19 se retira sin cenar.
En sus libros, no obstante, enseña a lograr la paz mental y ecuanimidad de un monje budista, sin importar el estilo de vida que uno lleve. Sus consejos apelan al sentido común y a una sabiduría que trasciende las tradiciones y nacionalidades. En El arte de la felicidad, por ejemplo, hace hincapié en la importancia de trazar vínculos amorosos con nuestro entorno, y de entrenar la mente para inclinarla hacia emociones positivas. Los consejos son a veces tan sencillos y eficaces: "Creo que muchas veces las personas tienden a esperar que la otra persona responda primero de manera positiva, en vez de tomar la iniciativa de crear esa posibilidad ellos mismos. Creo que esta es una actitud equivocada. Genera problemas y puede actuar como una barrera que promueve la sensación de aislamiento de los demás".
Para Tenzin Gyatso está claro, esa red amorosa es el trasfondo necesario de toda vida feliz. Y en su visión, el cúmulo de vidas felices no puede más que redundar en un planeta más justo y armonioso. "Esto es difícil de promover a nivel de los gobiernos –dice–. El cambio tendrá que venir de los individuos, luego de las familias, y por fin de la comunidad. Si miramos el mundo con un foco pequeño, vemos la violencia y nos desanimamos, pero si miramos con una visión más grande, vemos la paz."
A los 78 años, el monje de la risa fácil y la humildad a flor de piel requiere de cada vez menos palabras para expresar su credo. "Sé bondadoso siempre que sea posible. Siempre es posible", dice.
- Colección Para conocer las ideas y el trabajo de Dalai Lama a favor de los derechos humanos y la convivencia armónica entre las religiones, LA NACIÓN presenta una colección de quince entregas semanales y opcionales, que comenzará el 7 de diciembre con El arte de la felicidad. Costará $ 34,90 cada ejemplar.
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