
Todavía no arrancó el Mundial y ya se duplicó la venta de televisores LCD. ¿Cuáles son las estrategias de las dos grandes casas de electrodomésticos?
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Por Esteban Rafele.
El Mundial 2010 no empezó pero ya duplicó la venta de televisores LCD. Algo similar ocurre cada cuatro años –Alemania 2006 fue la era del Plasma-, aunque en los meses previos a Sudáfrica se rompieron todos los récords. La industria estima que este año se venderán unos 800 mil aparatos o más, contra los 400 mil vendidos en 2009. Por primera vez en la historia, la pantalla de cristal líquido desplazará en ventas a la clásica televisión de tubo.
La fiebre mundialista fue ayudada también por los planes de cincuenta cuotas fijas sin interés que los bancos más importantes y las tiendas de electrodomésticos y supermercados lanzaron hace un mes. En diciembre de 2009 -periodo fuerte de ventas por la Navidad-, los argentinos compraron 47 mil LCD. En marzo último, esa cifra subió a 55 mil. A partir del financiamiento a cuatro años, las compras de estos televisores se dispararon a casi 80 mil mensuales.
Este es el Mundial que juegan tiendas como Garbarino y Frávega, entre otras. Si los televisores parecen venderse solos, Garbarino apeló al humor de Alfredo Casero para, bandera argentina en mano, arrastrar a los hinchas a cambiar sus cámaras digitales, celulares y notebooks viejas y rotas. La publicidad, de Blowup, puede convertirse en un clásico de los mundiales si la calle empieza a lamentarse porque "el celular no celulea".
En tiempos del Bicentenario, Frávega buscó identificarse con la historia en una publicidad que muestra al país pararse en cada partido de la Selección en los últimos cien años, siempre cerca de una tienda de la casa de electrodomésticos. La pieza, de Moloand Co, demandó dos millones de pesos y entrecruza relatos de José María Muñoz, Víctor Hugo Morales ("¿¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste!?") y Sebastián Vignolo. Pero se les escapó un detalle. La hinchada del ’86 mira Argentina – Inglaterra por tele en un bar, sifón de soda a mano para cortar el aperitivo, en medio de la noche desierta. Recuerdo haber visto ese partido mítico, inolvidable, en el comedor de mi casa. Con casi seis años, grité como loco el segundo gol de Diego, con un apacible sol de mediodía de junio entrando por la ventana.
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