
El otro Delta
San Fernando tiene 920 kilómetros cuadrados de islas. Su geografía es muy similar a la de sus hermanas del Tigre, pero -aunque están tan cerca de la Capital Federal como ellas- por alguna extraña razón allí no ha llegado el turismo
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Nada hay en esta parte del Delta de San Fernando que no sea igual a lo que uno conoce -si se acepta la expresión- del otro Delta, el del Tigre, el de las lanchas colectivas, de los recreos, de los clubes, de las guarderías náuticas, de las hosterías y de las casas lujosas con sus muelles siempre bien pintados.
El escenario natural es idéntico. Las aguas son las mismas; las empujan los mismos vientos húmedos que agitan las copas de los árboles. No hay cielos diferentes sobre un lugar y otro, dividido geográficamente por el Paraná de las Palmas.
Y los silencios. Cuando el Delta del gran turismo duerme, cuando los motores se apagan y el griterío dominguero se ahoga en lo profundo de los canales, es difícil comparar un silencio con otro. Cuando el Delta conocido se despide de la gente, se hermana con el otro. Entonces son iguales, siendo tan opuestos.
Visto desde arriba, incontables canales, riachos, arroyos y ríos dibujan laberintos inexplicables en el final de la sección inferior del río Paraná y su desembocadura; sinuosas rutas de agua amarronada que se bifurcan, se unen para volver a dividirse.
Y es en un rincón de este Delta particular -inalterable y resistente, conocido por pocos y vivido por escasos isleños que se empeñan en sumar generaciones- donde transcurren, en silencio, historias que tienen que ver con el orgullo, el sacrificio y el amor por una tierra desafiante y, a la vez, generosa.
El pueblito de once casas, inaugurado el 7 de mayo de 1996 para brindar mayor arraigo a los nuevos pobladores que trabajan en el desmonte y la forestación, se llama Nueva Esperanza. El lugar, Río Carabelas. Un punto apenas, en el centro de este gigantesco tapiz de 1.750.000 hectáreas de islas bonaerenses, santafecinas y entrerrianas.
Acá, a sólo cien kilómetros del Congreso.
La memoria y la esperanza de don Ricardo
-Estoy en Carabelas desde toda la vida -cuenta Ricardo Castañaga con la fuerza y la desprolijidad propia de quien, con 73 años encima, se obstina en relatar toda su historia en un minuto-. Mi abuelo fue uno de los primeros en asentarse acá. ¡Si hasta había tigres, acá, cuando llegó! Cuando se desató la fiebre amarilla en Buenos Aires, ellos llegaban de España... hace como 130 años. ¡El desespero que se produjo! Mire, no sabían lo que hacer... No tenían salvación. En la isla Martín García, creo, estaba el crematorio de la gente que moría a causa de la epidemia.
Los Castañaga son pioneros en el lugar. Se cree que son una de las primeras familias en llegar.
-Este río, el Carabelas, contaba mi padre, don José Ramón Castañaga, se llenaba de camalotes y no era navegable. ¿Que cómo se las arreglaron para llegar? Qué sé yo... cosas de vascos, ¿vio? Porque acá casi todos somos vascos o descendientes de vascos... No había nada de nada, sólo los tigres. A los años se fueron haciendo las subdivisiones de tierras y pasaron a ser propietarios. Y empezaron con pequeñas quintas. Todos eran quinteros.
Cuenta que la mejor época fue hasta los años 60. Después empezó el declive.
-Nuestro gran objetivo es que nos hagan un camino adecuado para poder sacar la fruta, la verdura, la floricultura y el ganado. Hoy, sacar un semirremolque con hacienda es una complicación. Si tuviésemos los puentes, sería otra la historia. No podemos ponernos a competir una parte del país con otra. Pero si al Delta lo ponés del otro lado del Paraná, tenés todos los accesos para sacar los productos por buenas rutas. Pero el Delta se está muriendo. Nos hacen falta esas conexiones para estar todos iguales. Nos hace falta el Camino Isleño. Ahí va a estar el equilibrio. Hoy no hay equilibrio.
Para llegar a Río Carabelas, donde se levanta Nueva Esperanza, en San Fernando, hay que entrar por otro municipio, el de Campana. Primera curiosidad. Tres balsas habrá que abordar, luego, para acceder al lugar. Más que curiosidad, estas balsas están ahí por iniciativa de la cooperativa de productores. Ellos las compraron, ellos las mantienen y ellos las administran. Es que la probabilidad de que les construyan puentes para cruzar los ríos Paraná de las Palmas, Las Piedras y Carabelas tiene más que ver con una idea lejana que con un sueño cercano.
El río Carabelas -llamado también Los Vascos- divide Campana de San Fernando. Un cartel, puesto sobre la otra orilla, ubica rápidamente a quienes se acercan hasta aquí: Bienvenidos al corazón del Delta, se lee. Y la atención que la Municipalidad de San Fernando debe prestarle al lugar no es poca: el 35 por ciento del total del territorio isleño del Delta paranaense está bajo su administración.
La memoria y el sueño de don Pedro
-El Delta -dice, con los ojos clavados en el río, Pedro Ensunza, un productor de 66 años- es la vida para nosotros. Yo nací acá. ¿Ve aquella casa de ladrillos? Ahí me parió mi mamá. Mi papá vino en el 30 de Europa, de la Vascongada, escapando de la guerra. Llegó con lo puesto... Tenía 22 años, un adolescente, y se vino acá, a un pajonal. Porque otra cosa no era. Acá tenía a un tío viejo, Tomás, que lo esperaba. No había caminos ni nada. Cuando vieron esto, era lo último. ¿Sabe cómo empezaron mis padres? Sembrando coliflor y repollo. Así arrancaron. Hasta que empezaron a salir... y se convirtieron en quinteros. Nosotros somos cuatro hermanos; mi padre nos enseñó a trabajar, y también nos brindó la posibilidad de estudiar. Tuvimos una infancia sana, pura, sin nada de lo que hoy tienen los chicos. Hoy tienen todos los beneficios; tienen lanchas, comida... antes no había nada, sólo un sanguchito. Y volvíamos de la escuela y nos hacían trabajar. Mucho para jugar no había. ¿Ir a Buenos Aires? No, para nada. Eramos más... ¡bol.! Disculpe la expresión, pero me salió del alma.
Hasta 1966, los Ensunza se dedicaron a la fruta. Entonces cambiaron de rubro. Ese mismo año, una helada muy fuerte terminó con los cultivos. Se quedaron con las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas.
-Entonces me dije: con la fruta no la voy más. Y empezamos a trabajar la madera. Hasta ese año, la fruta que iba al puerto era impresionante, y se consumía toda. Después empezó a venir fruta de todas las provincias y ahí se nos vino la noche. Siempre fuimos víctimas, creo. Todo esto es lucha nuestra. Nosotros, muchos de los que vivimos acá, construimos el camino y pusimos la luz. Nos costó once años tener la luz. Once años de reclamos, de reuniones, de asaditos con funcionarios de La Plata... y así pasaron once años. Pero los años también pasan para uno, no sólo para los funcionarios. Las balsas también las pusimos nosotros. "¿Que si cambió mucho el Delta? No sólo el Delta, cambió todo el país. Con un poco de cítricos y un poco de madera, la gente vivía. Y vivía bastante bien. Con siete hectáreas, se vivía bien. Hoy, con 400 hectáreas, apenas se zafa. Había el doble de población. Tanto es así que ahora van a sacar una lancha, de líneas Delta, porque no hay gente, no hay pasajeros. Es feo llorar, pero el mercado está muy flojo. Yo no sé si alcanzaré a verlo, pero, mire, mi sueño es ver al Delta de antes: repleto de frutas, de madera, de lanchas cargando troncos. Pero, si me apura, le digo también: no me saque de acá, porque me muero..."
Antes de la conquista, la ribera bonaerense y las islas del Paraná estaban habitadas por tribus nómadas. La caza y la pesca eran las razones de subsistencia. Durante los tres siglos siguientes, aborígenes y españoles ocuparon el sector continental divididos por una frágil zona fronteriza. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, las tribus chañá y mbeguá se replegaron hacia el norte del Delta -de dominio guaraní-, hasta su desaparición.
A la zona ocupada por las poblaciones de San Fernando y Las Conchas -hoy, Tigre- se la consideró, históricamente, como de alto valor estratégico. Sirvió de puerto alternativo para el transporte de mercancías hacia Buenos Aires, así como punto clave para la vigilancia y represión del contrabando en tiempos coloniales y lugar de desembarco de tropas durante las luchas por la independencia.
La nostalgia de los Gómez
La casa de los Gómez -Jorge, de 76 y su esposa Nélida, de 72- tiene, casi, los años de ellos: 70. Los Gómez viven en la isla desde que se casaron, hace de esto 55 años.
-La compró mi padre, Perfecto Gómez, cuando vino de Uruguay, con apenas 17 añitos. Era mozo. Un buen día se hartó y se vino al Delta a probar suerte. Entonces la conoció a mamá, que se llamaba María Silvera. En 1929 arrendaban un campo cerquita de acá. Un día de gran tormenta, la piedra se lo llevó todo: árboles, frutas, gallinas, todo. Entonces, un 28 de diciembre de 1929, mi padre le dijo a mi madre: nos volvemos a Uruguay.
"El 2 de febrero de 1930 bajó a Montevideo con cinco hijos. ¡Mire qué coraje! El mayor tenía 7 años, y cuatro meses el menor. Con los pesos que había podido ahorrar, se compró un camión Sterling y trabajó acarreando pedregullo para la construcción del estadio Centenario, porque se venía el primer mundial de fútbol. "Yo fui siempre verdulero; verdulero de canasta, carretilla y caballo. Pero quería venirme pa´ Buenos Aires. Yo me crié en la calle, prácticamente, y a los 17 me vine. Y me quedé. A la señora la conocí porque vivía enfrente de la casa de mi tío. "Uno, que se golpeó mucho de chico, aprendió a disfrutar de la abundancia de acá; pero igual no hay que tirarse a croto porque hay que plantar para tener. Nosotros, por suerte, no compramos nada, ni verdura, ni gallinas, ni nada. Comemos de lo que sembramos y criamos. Es así."
-En esta casa hace 36 años que estamos -interrumpe Nélida, zamarreándolo al esposo, que no para de hablar-. Dejame a mí, viejo... Mire, yo le voy a contar: cuando vinimos, había 56 familias en la isla. Eran casi todos españoles. En una época, acá vivíamos hasta 40.000 personas; hoy, arañando, llegamos a 5000. La gente antes estaba muy bien. Todo era muy lindo. Había baile y todo eso.
No se aguanta, el marido. Y arremete: -Al poco tiempo, me compré una chatita y empecé a trabajar el mimbre. Ahí nos cambió la vida. Llegué a vender cien mil kilos de mimbre, me daban 10 centavos por arroba, era una plata bárbara. Se vivía... muy bien. Hasta el 1982 se trabajó muy bien; después se vino todo para atrás. Hoy hay que quedarse quieto y, con suerte, comer. Trabajaba prácticamente de noche a noche, a 35 pesos por mes que me pagaba un vasco, el dueño de la plantación, un tal Armendáriz. Todo a guadaña, no había motores, nada.
A la mano derecha de don Gómez le falta un dedo.
-Me lo arranqué de un escopetazo. Era una tarde como ahora, y andaban unos pájaros que me comían la verdura. Agarro la escopeta, tiro y me explota en la mano. Se reventó el caño. Ni me enteré. Sólo al ratito me di cuenta de que perdí el dedo y empecé a gritar como un chancho.
-Nosotros trabajamos la esterilla -cuentan Oscar y Rogelio, dos de los tres hijos de los Gómez-. Tenemos un buen cliente en Uruguay. Vendemos 500 kilos todos los años y 1500 de falsa esterilla. Vivimos con eso, y con la verdura.
-Yo no tengo jubilación -aclara don Jorge, que no puede con su lengua-. Tengo el Pami. Tengo donde quedarme en San Fernando, si quiero, pero me encuentro mejor acá. A mí, de la isla no me sacan ni a escopetazos.
Le han pasado tantas cosas a don Gómez en la isla que, dice entre rezongos, podría escribir un libro. Recuerda, por ejemplo, cuando un incendio le devoró cien mil plantas de mimbre, lo que era toda su plantación.
-¿Qué hice? Nada, hombre... ¡volví a plantar! Trabajar la esterilla es muy delicado, no cualquiera lo hace. Tiene que ser fina, si no no la vende. Se vende de a diez kilos, en paquetes o atados. Se selecciona el mimbre, que no tiene que estar manchado ni tiene que ser muy ramudo. Antes, con 3000 kilos de mimbre uno se compraba una casa. Hoy, se necesitan entre 20.000 y 30.000 kilos para comprar la misma casa. En 1943, con 3000 kilos, que era el producto de una cosecha, te construías una casa. Esa Argentina existió, yo la viví. -Sí -apunta, muy seria, Néli-da-, es como él le cuenta: esa Argentina uno la vivió.
La presencia de los primeros españoles en el Delta se remonta a la expedición de Sebastián Caboto, en 1527, cuando llegó a la confluencia de los ríos Carcarañá y Paraná. Por esos tiempos, una buena parte del Delta de San Fernando se encontraba todavía en formación.
La situación del Delta no iba a modificarse sino hasta muchos años después de la Revolución de Mayo. A mediados del siglo XIX, una considerable cantidad de pobladores empezó a establecerse en la región.
Pero el impulso más fuerte para su desarrollo se dio con la sanción de la ley de islas, en 1888. En esa época comenzó la venta de tierras. A los primeros colonos se sumó un grupo de inmigrantes, que iban conformando colonias características de cada colectividad a lo largo de ríos y arroyos: los vascos, en los ríos Carabelas y Paycarabí; los italianos en el canal Alem y en el arroyo Felicaria; los ucranios, en el arroyo Grande. La fruticultura, la agricultura, la explotación forestal, las plantaciones de mimbres y hortalizas y la cría de ovejas y aves arrancaban con fuerza, y con fuerza iba a mantenerse hasta los años 40.
El deseo del abuelo Juan
Hay una práctica -muy estimulada, por cierto, en la escuela 26 de Nueva Esperanza- que tiene que ver con la forma de comunicación entre los alumnos y sus familias. Cada semana, un chico lleva a su casa un cuaderno -el cuaderno viajero, lo llaman- para que alguien escriba lo que siente en ese momento. Al día siguiente, se leerá en clase.
Cuando le tocó el turno a la familia Burghi, fue el abuelo fue el que escribió lo que sigue: Mensaje a mi nieto (De Juan Burghi) Nieto, mi nieto, escucha:/ sé un ser útil y bueno./ Toma, nomás, lo que tu mano pueda contener sin esfuerzo;/ quien posee muchas cosas, es un esclavo... quien tiene pocas cosas, es su dueño./ Sé sencillo, cordial, afectuoso,/ que siempre hay alguien que demanda afecto./ Tal vez no alcances gran sabiduría./ Acaso no poseas gran talento./ No importa: hay un talento, el que más vale, y es el del corazón./ Nieto mío: procura ser útil y ser bueno./ Hoy te lo pide el padre de tu padre, por dos veces tu padre, que es tu abuelo.
La vida en las islas, tras el esplendor que se apagó en la década de los 40, se fue tornando cada vez más complicada debido a las desventajas comparativas en la producción regional. La población del delta bonaerense, que superó los 20.000 habitantes, se revirtió en una creciente emigración a tierra firme, empujada por la terrible inundación de 1959 -casi parecida a la reciente, según los isleños- y a las grandes heladas de 1967.
Según el último censo, las islas de San Fernando tienen 3669 habitantes, aunque la población real asciende aproximadamente a 5500 personas, teniendo en cuenta que gran parte de los trabajadores de la zona no reside permanentemente en la región.
El orgullo de Miguel
Miguel Gaddi, de 37 años, es el director de la escuela 26 de Nueva Esperanza. Miguel tiene gestos, lenguaje, paciencia y orgullo de maestro rural.
La escuela 26, levantada sobre un terreno de casi dos hectáreas donado por la familia Ensunza, es la más alejada del partido de San Fernando. Está a 70 kilómetros de la cabecera. Una lancha transporta cada día a la mayoría de los 113 alumnos de primero a noveno año, y a la mayoría de los 16 chiquitos de jardín.
-Son todos chicos de islas. Vienen de Campana, de Tigre, de San Fernando... La diferencia con otras escuelas es que vos tenés una respuesta de los padres mayor que en planta urbana. Muchos padres han tomado a la escuela como depósito de pibes; muchos van a la escuela para comer... los chicos están muy solos. Acá, por suerte, no es así.
Se entusiasma el maestro, y sigue: -En conducta... hay una gran diferencia. El alumno de isla... mirá, no sé si es el contacto con la naturaleza, si es que hay menos contaminación o menos tevé... No lo sé, pero hay una gran diferencia en conducta. Nunca vas a ver peleas entre ellos ni que insulten al profesor. Yo creo que si llevo a estos chicos a otra escuela, ni se mueven del aula. Acá no hay violencia en las casas. Y la violencia, vos sabés, también se aprende. Los chicos comparten con los maestros siempre, en la lancha, en el aula, en el comedor. Hay mucho contacto. Los chicos integran las patrullas ecológicas, cuidan los parques, no hay suciedad.
No se sienten distintos, los hacen sentir distintos, explica el maestro.
-Ah, esos chicos son del Delta, murmuran algunos, y los miran de reojo, pero ellos no se sienten diferentes. Es al revés, los demás se sienten diferentes. Hay cosas que yo veo que afortunadamente todavía se mantienen aquí. Por ejemplo, las familias respetan tanto a la maestra como al colegio. No desautorizan al maestro delante de los chicos. Ese es un gran error de muchos padres: desautorizar delante de los chicos. Vos ves todos los días, en las escuelas de ciudad, cómo los padres van a agredir a los maestros, incluso se dan casos de agresiones físicas y hasta amenazas de muerte. Hay lugares del Gran Buenos Aires que son muy complicados para los maestros. Los chicos de islas jamás te van a faltar el respeto; eso te lo aseguro. En otros lugares hay padres que miden por lo que la escuela regala (zapatillas, útiles) más que por lo que allí se enseña. A mí me enorgullece decir que el fracaso de mis alumnos en el ingreso al polimodal fue sólo de un dos por ciento.
Los 920 kilómetros cuadrados de jurisdicción en las islas convierten a San Fernando en uno de los pulmones verdes más grandes de la región, a la vez que en una zona clave para su desarrollo económico. Su industria está basada, principalmente, en la explotación de maderas blandas, como el álamo y el sauce; y es, con 25.000 hectáreas forestadas, el primer productor provincial. Buena parte de la producción es utilizada para la fabricación de papel, cajones y muebles. Un informe del Centro Industrial Maderero indica que este partido tiene radicadas 115 fábricas de muebles y 32 aserraderos.
A las explotaciones de madera, mimbres, juncos y frutales, algunos productores le han sumado la producción ganadera, todavía no muy desarrollada, no tanto por el temor de que suban las aguas, sino por la expectativa de que soplen otros vientos.
La pasión de Ana y Santiago
Un penetrante aroma a pan recién horneado acompaña los últimos tramos de un camino vecinal que da en la tranquera de la casa de la abuela Ana y de su esposo, el abuelo Santiago, Santiaguito, como lo llaman todos.
En el inmenso jardín, adelante de esa casa de madera y ladrillos, los alambres de la ropa están ahora repletos de bolsitas de plástico -que los abuelos usan para envolver pan dulce- secándose al sol. La última inundación les pegó feo.
Una perrada desenfrenada -seis, siete u ocho, vaya uno a saber cuántos- anuncia la presencia de extraños.
Ana Schweiger, cabello blanco como la mejor harina, ojos celestes y radiantes como el mejor cielo, sale al cruce, secándose las manos en el delantal. Enseguida, y al tranquito, Santiago Berga -cabello blanco como la mejor harina, ojos celestes y radiantes como el mejor cielo- extiende su mano acompañando el saludo con una sonrisa. Ella ya cumplió 70; él se acerca a los 76.
-Llevamos cincuenta años de casados, cincuenta años de panaderos y cincuenta años de vivir en esta casa -habrá de resumir, con orgullo, Santiaguito. Ella, que está sentada, lo mira y le acerca la mano. El, que está de pie a su lado, le toma la mano y le besa la frente.
Entre mate y mate, Ana apunta más al presente que al pasado.
-¡Qué le voy a contar cosas de antes... ya se las puede ir imaginando! A mí lo que me preocupa son estos días que estamos viviendo... Vea, m´hijo... ¿sabe cuánta gente hay que no tiene ni para un kilo de pan? ¿Y yo le voy a negar el pan a la gente? Mientras podamos...
-Ajá, sí, sí... está bravo el asunto -susurra Santiago-. Diga que acá la gente es muy buena... Al final, siempre cancelan las deudas. Por ahí, pasan dos o tres meses, o cuatro, pero, al final, saldan sus deudas. ¿Cómo voy a negarles el pan? Venga, m´hijo, que le muestro... ¿Ve este horno? Lo construyó mi padre, que también se llamaba Santiago, en 1920. Y funciona tan bien como hace ochenta años. El levantó la panadería aquí, y le puso de nombre El Porvenir; después yo le puse el Nuevo Porvenir.
Los caseritos, los felipes y los miñones se apilan sobre una larga mesa de madera, que tiene, casi, los años del horno. Igual que las palas, y los colgantes, y la balanza.
-Los canastos no son tan antiguos... deben tener treinta años, no sé... pero son más nuevos.
El Nuevo Porvenir es la única panadería de la zona.
-Me viene a comprar gente de Arroyo Rico, del Canal 4, del Paraná de las Palmas... Ahora está todo más difícil. Le diría que hoy estamos horneando cuatro días a la semana; más o menos, ochenta bolsas de harina de cincuenta kilos cada una por mes. Pero hace treinta años, la panadería trabajaba día y noche... doscientas bolsas de setenta kilos cada una por mes. ¿Vio la diferencia?
El desarrollo de la región, el bienestar de la gente y el éxito en la comercialización de su producción difícilmente puedan sostenerse si no se concreta la obra más deseada por los habitantes del Delta productivo: el Camino Isleño; una ruta estratégica que, partiendo del río Luján, se extenderá entre los arroyos Caraguatá y el río Carapachay hasta llegar al Paraná de las Palmas. Una necesidad que ya suma cuarenta años de postergaciones.
El Camino Isleño será la unión definitiva del Delta con el continente; será una ruta hacia el primer puerto sobre el Paraná de las Palmas, que acortará significativamente el tiempo de viaje hasta el puerto de Tigre con productos del Delta; será el complemento del transporte fluvial con una red de caminos por tierra; será el acceso más rápido a la salud y la educación.
Ese camino, repiten los isleños como una letanía, será nuestro futuro. Otro proyecto, quizá más doméstico, pero no por eso menos significativo, tiene que ver con los ochenta kilómetros de caminos que se espera construir en territorio isleño de San Fernando. Son caminos vecinales que han de cumplir una doble función: comunicar por tierra a los productores y vecinos y generar endicamientos que permitan manejar el agua y mejorar la producción por previsibilidad de los ciclos siembra-cultivo.
Los dos proyectos, el Camino Isleño y el Camino Vecinal Isleño, serán ejecutados, fondos mediante, por la provincia de Buenos Aires.
El desafío de Sandra, Micaela y José Luis
La última inundación sobrepasó las defensas que rodean la casa de los Cosentino. La marca que el agua dejó en las paredes, y que aún se aprecia, alcanzó los treinta centímetros. Pero no sólo barro y suciedad arrastró la crecida: en el parque y el galpón, a poco de bajar las aguas, dos víboras yararás aparecieron, desafiantes, ante los ojos de José Luis, esposo de Sandra, padre de Micaela, de 2 años, tan dueña de esas tierras como las víboras.
-Desde que nació Micaela, ése fue nuestro mayor desvelo: cómo hacer para que nuestros hijos se adapten a la naturaleza sin que la naturaleza los agreda. Lo de las yararás es preocupante, porque víboras hay y habrá siempre. Lo mismo ocurre con el río; nosotros tenemos el río a cinco metros... y no podemos encerrar a la nena en un corralito. Lo mejor, además de no sacarle los ojos de encima, es enseñarle de a poco, señalarle los peligros, mostrarle cada metro de tierra y decirle por qué esto es peligroso o no. Es un trabajo de todos los días, pero es la única forma de alejarla del peligro, quitarle miedos e incorporarla al lugar.
Sandra y José Luis Cosentino llevan cuatro años de casados. Podría decirse que son los nuevos inmigrantes, empujados más por la necesidad de un cambio de vida que por satisfacer el deseo del crecimiento económico.
-Mi padre, mi hermana María Alejandra y yo compramos estas tierras y aquí estamos desde 1993. Mi padre y yo nos ocupamos de la producción forestal, y mi hermana, de los números. En mi caso, influyeron otras causas, más personales, muy fuertes para este vuelco en mi vida, pero... preferiría no mencionarlas ahora porque han sido muy traumáticas. Mi familia, que siempre estuvo dedicada a la construcción, dejó muchas cosas para llevar adelante este emprendimiento.
José Luis cuenta que las primeras 120 hectáreas de álamos y eucaliptos las trabajó con un conocimiento de lo que era la forestación cercano a la nada.
-La experiencia la fui haciendo sobre la marcha, asesorándome, preguntándoles a otros productores. Pasar de la construcción a la forestación no fue sencillo, pero aquí estoy... Es que yo siempre me dije: si pude trasplantar una familia de las comodidades de la ciudad a estas islas, cómo no voy a poder salir adelante con este emprendimiento. Claro, al principio todo me costaba el doble, pero una vez que le tomás la mano, querés seguir, y seguir y seguir. Tuve que acostumbrarme a dominar la ansiedad. El monte tiene sus tiempos, todo se mide en años. Pero el asunto es no quedarse; ahora, justamente, estoy planificando trabajar con la ganadería. Y me va a ir bien. Seguro.
Micaela no se arrima a la orilla del río, por más que la tentación tenga la fuerza de una sudestada. Pero tampoco se separa de su padre, cada vez que recorre las plantaciones aplastada bajo una nube de mosquitos.
Sandra, a diferencia de su esposo, a lo que más le cuesta acostumbrarse es a la soledad.
-No es fácil abrir la ventana y no ver a nadie del otro lado. Te quiero decir: es maravilloso ver agua, cielo y verde por todos lados, pero cuesta bastante, también, no ver una cara conocida, no tener a alguien con quien hablar. Nosotros tenemos otra casa en la ciudad, y hay semanas en que nos repartimos entre un lugar y otro. Cuando estoy en Buenos Aires, quisiera estar acá; cuando paso mucho tiempo acá, añoro Buenos Aires. Supongo que con el tiempo llegará el equilibrio.





