
El retrato de Dorian Gray
¿Cómo nos ven? La foto que da la vuelta al mundo es la de un eterno niño bonito con las comisuras caídas, como si hiciera pucheros frente a la nueva sopa que le están sirviendo
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Las tres veces que pasé por Italia, en tres momentos distintos, pude comprobar que la Argentina despertaba tres tipos de reacciones correspondientes a otras tantas caras de lo nuestro. Allá por mi infancia, cinco años después de la guerra, nuestro país suscitaba suspiros que evocaban un sueño: "¡Ah, la Argentina, si pudiera irme, tengo un pariente allá!" En los años sesenta, los italianos ya no suspiraban por nosotros, pero tampoco se ponían lúgubres a la sola mención de nuestro lugar de origen: "¿La Argentina? ¿Scusi, dónde queda?" Pero a fines de los setenta, esa feliz indiferencia se había transformado en una expresión de condolencias que lo decía todo. Cuando llegué a Francia, por esa misma época, el fenómeno tendió a acentuarse debido a la buena conciencia del país de los derechos humanos: una confesaba que era argentina y los franceses bajaban la voz como en un hospital, compungidos, hasta molestos, sin saber qué actitud adoptar ante tamaña desgracia.
Tres décadas habían bastado para tornar increíble el recuerdo de aquel joven italiano que en 1950, en el puerto de Génova, miraba el mar. "¿Argentinas? -había preguntado con los ojos iluminados-. Yo no soy genovés, me vine a ver si encuentro un barco que me lleve a su tierra. Pasaje no tengo, plata tampoco, así que miro el mar y espero." Lo que mi madre, piadosamente, había evitado decirle al soñador fue que del otro lado del charco también había hombres solos en actitud de espera. Que Scalabrini Ortiz no habría podido escribir su inimitable frase "el porteño tiene una muchedumbre en el alma" de no haber existido esa suma de soledades y de esperas, es decir, de inmigrantes. Y de sus descendientes.
Pero mi intención no es ahora recaer en el tango, sino formular de nuevo, por un motivo que de momento callo, la célebre pregunta argentina: "¿Cómo nos ven?" Además de muchedumbre interna, el argentino tiene angustia especular. No me refiero a que especule, cosa que por supuesto hace, sino a que pugne por reflejarse en el espejo de sus papás europeos. Necesita que lo miren, igual que un nene. Hace una gracia y se da vuelta a observar si lo han visto. De allí su necesidad de hallar respuesta a la mentada pregunta. Cómo nos ven o bajo qué rostro, a través de quién. Hasta ahora el argentino ha solido asombrarse ante el descubrimiento de que sus padres lejanos apenas saben de su existencia gracias al inevitable Maradona o, Madonna mediante, a Evita o, en el mejor de los casos, a Borges. Le ha halagado enterarse de que el tango, sí, recaemos en él, de que el tango es bailado por un número creciente de hombres y mujeres que están solos y esperan en el mundo entero. Y sobre todo lo ha deprimido darse cuenta de que su país se volvió de verdad conocido a causa de una dictadura militar que difundió por todas partes una palabra muy nuestra, desaparecidos, a la que, nadie sabe por qué, le han podado una a: en muchos países de Europa y en los Estados Unidos, se identifica a la Argentina con los desparecidos.
Pues bien, en el terreno de los espejos hay una excelente noticia que corresponde celebrar. Si la comento con tres semanas de retraso es porque esta revista se prepara con tres de adelanto. Imposible, sin embargo, dejar esa noticia en el disco rígido. Después de habernos vuelto tristemente célebres como republiqueta bananera con sus torturadores sueltos, nuestro país ha ingresado por fin en el circuito de ese nuevo orden mundial, esta vez festejable y llamado blanco, que es el poder de los jueces. Comenzó en Italia con mani pulite, derribó en Alemania al canciller Khol, hace tambalear en Francia al propio Chirac, y ha arribado con buen viento a nuestras playas. Hoy, en el extranjero, nos ven reflejados en alguien cuyo encierro o entierro simboliza el del infantilismo argentino, arrogante, irresponsable, cruel. La foto que da la vuelta al mundo es la de un eterno niño bonito con las comisuras caídas, como si hiciera pucheros frente a la nueva sopa que le están sirviendo. ¿Que cómo nos ven? Del mejor modo posible, el más adulto y honorable: animándonos a mostrar nuestro retrato de Dorian Gray. Acaso haya llegado el momento de preguntarnos cómo nos vemos a nosotros mismos, y de, antes de meterlo a que se pudra en la sombra, reconocer nuestros rasgos en la cara de Astiz.






