
El ruido de la moda: entre lo utilitario y lo teatral, dos modos que tienen como objetivo hacer negocio
Es simple: hay básicamente dos modos de moda. El utilitario y el teatral. Como todo emprendimiento comercial, ambos apuntan a hacer negocio. En la moda utilitaria, todos los participantes activos tienen alta conciencia de que el imperativo es la ganancia; en la moda espectáculo puede y suele suceder que se pretenda que lo primordial es la divina fantasía, lo que, por cierto, no impide que sus practicantes hagan todo para acumular millones. En términos concretos, la moda utilitaria se reconoce ante todo en el rol de industria de múltiples ramas, mientras que la teatral se reivindica in primis como disciplina decorativa.
La utilitaria ofrece soluciones prácticas a las exigencias de una clientela que si bien en su indumentaria privilegia la funcionalidad, no por ello está dispuesta a sacrificar la pinta; se trata de un público nacido, crecido, entretenido y educado en nuestra sociedad de la imagen.
La doctrina imperante aquí es el realismo: guiados por un sólido pragmatismo, esta gente no produce un solo artículo sin saber previamente quién lo comprará, incluye siempre el negro en la opción de color de cada una de sus prendas y sus pantalones tienen invariablemente dos piernas.
La moda teatral, en cambio, apuesta al desborde, al toujours plus, al barroco como elemento motor de su proyecto: apoyada en el vuelo irrestricto de la imaginación –no exento de riesgos de colisión violenta– y en audacias fructíferas, pero también en alardes que suelen resultar en prendas improbables, capta de todos modos la atención, la admiración y por fin el afecto fiel de grupos escogidos de seguidores afines a sus aspiraciones estéticas. Comparten también la vocación del darse a ver, del ponerse en escena: las prendas se presentan como relato y quien las lleva se asume como personaje.
La teatralidad se despliega en un abanico brillante de especulaciones visuales, que van de irónicas variaciones sobre el tema del forever young (Saint Laurent, Gucci en su reciente nueva encarnación) al descaro vistoso del glamour en su forma presente, a saber la de un kitsch de luxe sin barreras al que suscribe toda una legión de marcas y figuras de lo más notorias, y que por ser tantas resultaría tedioso citar, a pesar del resplandor que avivan. Valgan como modelo de la especie los opulentos espejismos seductores de Zuhair Murad y las divas pop que eligen sus destellos orientales para envolver sus curvas: entre muchas otras, J. Lo, Rita, Taylor y Katy.
Hay grandes astutos –el Karl Lagerfeld de Chanel es la encarnación suprema– que combinan ambos géneros, el medido y el excesivo, con una soltura pasmosa. A cargo de Valentino, Maria Grazia Churi y Piero Piccioli poseen una destreza similar.
Ahora bien, aquí viene la revelación: estas distinciones no tienen otro valor que el de revelar el hueco inmenso sobre el que está construida la moda que conocemos.
Lo interesante, lo revolucionario, sería salir de la burbuja en la que esa moda nos atrapa y hacer del acto de ir vestidos una performance creativa.
No es una utopía. El modelo a seguir para lograrlo existe. Lo pensó y realizó Issey Miyake (en la imagen, colecciones 2015, diseñadas por Yoshiyuki Miyamae), diseñador sin par, pionero de la experimentación textil y artista, forjador de nuevos modos de producción y colaboración. Con sus equipos del Miyake Design Studio explora, investiga y desarrolla formas, objetos y materiales proyectados hacia el futuro. Conocer y estudiar su obra da la chance de grandes placeres y abre caminos inesperados, lejos del mundanal ruido de la moda.
El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas





