
El secreto de la inmortalidad: vivir para alguien, vivir para algo
A comienzos de julio de 2013, al cumplir 80 años, el neurólogo y escritor inglés Oliver Sacks escribió un bello texto (tan luminoso como era su escritura, de la cual dan cuenta Despertares, Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, por nombrar sólo algunas obras), en el que transmitía su estado de ánimo en esa etapa de su vida. "Me alegro de estar vivo –decía allí–, no pienso en la vejez como en una etapa cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados. Tengo ganas de tener 80 años." Sacks murió el 30 de agosto pasado. Cuando escribió aquel texto, una de las columnas que siguió produciendo hasta el final de sus días y que recogían importantes medios de todo el mundo, ya le habían descubierto un raro tumor intraocular, olvidaba los nombres, le dolían diferentes huesos y confesaba que iniciaba cada día con esta frase: "¡Me alegro de no estar muerto!" Una y otra vez repitió desde entonces que no aspiraba a una existencia post mórtem y que tampoco quería volver a tener 40 o 60 años. Poco antes del final escribió: "Cuando una persona muere es imposible reemplazarla. El destino genético y neural de cada ser humano es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte".
Mientras tanta gente se arruina la propia existencia de miles de formas (algunas muy absurdas, otras muy necias, todas inútiles) en el intento de escaparles al tiempo y a la muerte, Sacks vivía de verdad su vida, disfrutaba del sentido que le había encontrado y no aspiraba a un bonus track artificial. Más allá de sus deseos, él, como tantos en la historia, accedió a la inmortalidad. La finitud es característica ineludible en cada individuo de nuestra especie. Las vidas humanas son limitadas, pero la humanidad trasciende. Cada generación agrega al mundo (de manera colectiva e individual) elementos que perdurarán. Algunos de ellos mejoran la vida de las generaciones que les siguen, otras empeoran definitivamente el planeta y el entorno social. Lo cierto es que las nuevas camadas que llegan a la vida, compuestas por individuos únicos, se sientan a una mesa que ha sido preparada y servida por generaciones anteriores. Olvidarlo, no dar gracias por ello, no cuidar lo recibido y no preparar con amor y conciencia la mesa la que se sentarán los próximos comensales es un acto de soberbia y de ignorancia.
¿Cómo ser inmortales cuando la muerte es inevitable? A través de nuestras acciones, de lo que creamos, de nuestras conductas hacia los otros, del tiempo y la atención que les dedicamos. El gran médico y pensador austríaco Viktor Frankl, que dedicó su vida a ayudar a otros a explorar el sentido de las suyas, proponía una sencilla y profunda consigna: vivir para alguien, vivir para algo. ¿Quién puede decir que eso no está a su alcance?
Hay quienes son inmortales y vastamente conocidos. Sobran nombres y no alcanza la memoria. Mozart, Cervantes, Einstein, Gutenberg, Gandhi, Teresa de Calcuta. Cada quien puede agregar nombres a la lista, el cupo es infinito. Éstos son ejemplos de inmortales indiscutidos e indiscutibles, que mejoraron el mundo. También los hay de los otros. Pero quedémonos de este lado, junto a Sacks. Una gran filósofa, como fue Hanna Arendt, escribió en La condición humana, que aquello que perdura más allá de una vida finita y temporal suele ser algo que habitualmente se consideraría inútil o no productivo, como el arte. O los actos de amor. Son intangibles. Legados inmortales, dice ella, nacidos de seres mortales. De gente como nosotros. Habilitados a vivir para algo y vivir para alguien.







