
EL SOBERBIO UN LUGAR EN EL MUNDO
En Misiones, pegado al río Uruguay, un pequeño pueblo de agricultores -cuna de inmigrantes brasileños, alemanes y ucranianos- aspira aromas de menta, limón y citronela, añora recuperar el esplendor del pasado y le pone el pecho a la crisis de su economía regional
1 minuto de lectura'
Infestado de mosquitos insaciables y atestado de humildes parroquianos, el lúgubre bodegón ve correr la cerveza con la fuerza de un río de montaña, al ritmo de melodías que escapan, piadosamente, de acordeones y guitarras tan gastadas como las manos de sus dueños, dos jornaleros brasileños que canturrean canciones gaúchas para alegrar el alma, según se nos aclara entre insondables brindis y desconfiadas miradas que ni por asomo se disimulan.
El pasaporte a la conversación se gestiona mediante el convite de un cigarrillo o de una cerveza; ambas estrategias alejarán el recelo como el crucifijo ahuyenta los vampiros y acercará -como un imán- una nube de manos extendidas y palmadas en los hombros. Otra vuelta de cerveza lo convierte a uno en visitante ilustre: "Venga, forastero, aquél le va a dialogar". El atardecer invade la Chopería La Terminal -en el corazón del pueblo- y los rostros huesudos de hombres flacos y taciturnos aplastados por el aburrimiento.
"Madera, no hay; esencia, no se produce como antes; yerba, más o menos; agricultura, poca. Acá nos ve, sobreviviendo... sobreviviendo", se lamenta un viejo agricultor, entre salivazos que dispara su desdentada boca, arrugada como una pasa y fileteada con un mínimo bigote a lo Cantinflas.
Las sombras que acarician El Soberbio bajan entre brisas cargadas de menta y de esa fragancia dulzona que liberan las plantaciones de citronela, dueñas absolutas de un valle sin tiempo, infinito, como de fantasía, bordeado de pinos, ceibos, jazmines y azaleas.
La citronela -de origen asiático- es una voluminosa mata perenne de casi dos metros de altura, con finas y largas hojas verde-esmeralda cuya esencia es utilizada para la elaboración de productos de perfumería, así como para dar sabor a las golosinas. Durante años esta planta -igual que el lemon grass y la menta- fue el motor del crecimiento de la región. Las plantaciones aromáticas y su consiguiente industrialización se desarrollaron fuertemente en nuestro país a comienzos de los años 40, a causa de la Segunda Guerra Mundial.
Todo es pasar en El Soberbio. Cadencioso el andar de la gente, conmovedora la imagen de las viejitas debajo de sus sombrillas protegiéndose del sol rabioso, silenciosa la rutina, frágil el presente, inquietante el futuro.
Fundado por los hermanos Julio y Natalio Ongay en 1946, y bautizado por ellos El Soberbio, nada a la vista parece estar desacomodado en este pequeño pueblo de 2200 habitantes, situado en el departamento Guaraní, en el este misionero, y recostado sobre las márgenes del río Uruguay, a unos 80 kilómetros de los saltos del Moconá, y a 200 de Oberá. Sin embargo, las penas no diferencian escenarios: la profunda belleza del valle de El Soberbio no alcanza para mitigar la preocupación que produce en la gente la crisis que está enfrentando su economía regional.
Donaldo Figue, un lugareño que desde hace años despunta el vicio con sus gallos de riña -competencia muy arraigada en el interior de la provincia-, cuenta que el pueblo creció gracias a la explotación de la madera y, especialmente, a la producción de esencia de citronela. "Hoy -dice- ya no es lo que era antes. Ponele el nombre que te parezca, globalización, competencia, mercado... pero desde que China colocó tres millones de kilogramos de citronela en el mercado internacional a tres dólares el kilo, que es el costo de fábrica que tenemos acá, El Soberbio empezó a tambalear."
En el ochenta por ciento de los casos, los habitantes no son propietarios de las tierras que ocupan. Inquilinos e intrusos se reparten los campos y la mayoría de las 528 viviendas, mientras esperan los permisos de ocupación que el gobierno provincial ya ha puesto en marcha.
"La falta de trabajo, la disminución en la producción de nuestra principal fuente de ingresos, la citronela, hacen que empecemos a ver cosas que antes no veíamos: hay mucho malandraje por ahí, se empieza a hablar de cheques sin fondos, hay robo de animales, las empresas extranjeras hacen su agosto y no nos dejan nada", se queja amargamente Donaldo.
Lo que más lamentan los lugareños en esta parte del Alto Uruguay, cuna de alambiqueros y de inmigrantes brasileños, alemanes y ucranios, es no poder recuperar la bonanza del pasado.
"El Soberbio fue un estallido de esplendor -cuenta Omar Unbehaun, de 50 años, hijo de uno de los primeros inmigrantes que ancló en la zona-. Hoy es diferente. Los agricultores se zafan como pueden... y no es porque queramos vivir tirando manteca al techo; simplemente, queremos vivir como antes, cuando la gente crecía con felicidad." Hasta fines de la década del 40, El Soberbio era un lugar casi inhóspito, dominado por una fauna extraordinaria, protegida por la espesura de la selva autóctona, un inmenso escenario apenas explorado por el hombre y, por lo tanto, segura fortaleza para el callado y lento desarrollo de especies arbóreas como el cedro, el lapacho o el peteribí.
Franklin Unbehaun, de 72 años, tiene mucho que ver con la historia de El Soberbio. Opa -abuelo, en su idioma-, como lo llaman sus doce nietos, es uno de los pocos pioneros que aún viven en el lugar.
Llegó de Brasil en 1948, a los 22 años, cuando El Soberbio tenía sólo dos de fundado y era apenas un grupo de ranchos desperdigado a lo largo del valle. Arrancó con 27 hectáreas, las mismas que conserva hoy. "Todavía recuerdo los montes de cedro y peteribí que alegraban la región. Hoy ya casi no queda nada", balbucea al borde de las lágrimas.
Alemán de nacimiento, hace cuatro años se quedó sin Ursula, su compañera de toda la vida.
"Papá vive de recuerdos -cuenta Omar-, y eso, creo, lo mantiene a flote. Llegó acá con una mano atrás y otra adelante, trabajó duro toda su vida, construyó un alambique para destilar aceite de citronela y, bueno, para hacer su propia bebida, claro... Pero es triste ver este presente... El Soberbio era un paraíso, la gente vivía de sus cosechas, de las esencias. ¡Cómo puede ser que con estos suelos y este clima sólo estemos explotando 3000 hectáreas de citronela, 150 de lemon grass y menos de 50 de menta! Hoy son otros los tiempos y, la verdad, cuesta acomodarse."
Entre alambiques, ruedas de agua, riñas de gallo y olor a chicharrones recién cocinados, El Soberbio parece suspendido en el tiempo y se esfuerza para recuperar lo más brillante de su historia o, en el mejor de los casos, para no hundirse en la desesperanza.
El pueblo tiene mucho de aquellas imágenes que regalaba, en la televisión, la serie La familia Ingalls. Los carros tirados por bueyes, las casas de madera al pie de las colinas, las frescas márgenes del río Uruguay y los arroyos de agua cristalina e incontaminada bajo de un cielo azul intenso componen una de las postales más indescriptibles de este lejano rincón misionero.
De uno de esos arroyos se abastecen los Unbehaun. "El agua -explica Fran-klin- viene de un arroyo natural que nace aquí mismo, en la chacra. La rueda de agua hace un movimiento de bombeo y la usamos para la casa, la huerta y el alambique. Allí descargamos los fardos de citronela, se produce el vapor y destilamos el aceite. Después va todo a un condensador para su enfriamiento. Con media tonelada de citronela producimos ocho kilos de esencia." Don Franklin Unbehaun explica que construyó su alambique hace 25 años, sobre un terreno hecho por él mismo con 300.000 kilogramos de abono natural.
Dice que un kilogramo de esencia demanda un día-hombre de trabajo, alrededor de ocho pesos. Dice que todavía se siguen utilizando para los cítricos venenos que están prohibidos en los Estados Unidos. Dice que la cosecha sigue siendo manual, a puro machete. Dice que la plantación de citronela, por la que nos invita a caminar, tiene treinta años. Todo eso dice. Y en muy baja voz, como queriendo compartir su secreto más preciado, termina diciendo que "la estebia rapaudiana es una plantita extremadamente dulzona, pero sin calorías: un kilito de cristal extraído de las hojas equivale a 350 kilos de azúcar blanca. Se la utiliza para dar gusto a los chicles y caramelos, y... ¿querés que te diga más...? para mí, el secreto del sabor de la Coca Cola está en esta plantita".
"Si lo dejás, te puede llegar a hablar un día entero de plantas y flores -rezonga Omar, porque la hora del almuerzo se le viene encima-. Para mi papá, el mundo es una batata. El se quedó como estacionado en el tiempo."
Opa acaricia la cabeza de Osmarina, una de sus nietas, ensaya una sonrisa, una mueca en realidad, y vuelve a internarse en su propio y envidiable mundo. -¿Te estoy aburriendo?
-Para nada.
-Ah, entonces te sigo contando. La verbena sirve para bajar la fiebre; el cedrón hace bajar la presión y el romero te la regula. Todas estas plantas ya las usaban los antiguos guaraníes. Eso que ves allá es toronjil, para uso medicinal. Mirá, mirá, todas estas plantas las planté con mis propias manos: tengo cardamomo, kiwi, palmeras, eucaliptos, ciruelos, jazmín mananá, azaleas, orquídeas, ceibos, pinos, iris, ananá australiano, plátanos... y de la estebia rapaudiana ya te conté, ¿no?
-Sí, hace un rato.
-Pero como la citronela no hay. ¡Es mi vida! ¿Querés que caminemos un poco más por la plantación?
-Si usted no está cansado, lo sigo.
-¿Ves aquel grupo de cuatro palmeras? Ahí me tiro a descansar un ratito todos los días. Es mi lugar preferido.
-¿En qué piensa mientras descansa?
-A veces trato de dormir una siestita. Pero me vienen recuerdos... me vienen recuerdos. La extraño a Ursula, no me hallo sin ella, ¿sabés? ¡Cincuenta años estuvimos casados! Levantamos esta chacra juntos, codo con codo, trabajando de sol a sol, como quien dice. Vimos crecer a nuestros hijos... vimos crecer el pueblo. Me parece que no es como antes. Yo escucho cosas que se dicen, pero no me gusta.
-¿Y qué hace, entonces?
-Nada. Me levanto todos los días a las 5 de la mañana, como siempre. Tomo unos mates y me pongo a trabajar. Y cuando no tengo qué hacer, me voy a caminar por las citronelas. ¿Sabés qué? Me pega ese vientito fresco de la mañana que ni te cuento... Me inflo los pulmones bien inflados y la busco a Ursula, mirando al cielo.
Don Franklin pocas veces baja al pueblo. Pero ahora se está reservando para no perderse la fiesta del pan dulce y el chorizo, en el tinglado municipal.
Por los altavoces se anuncia el gran baile y la presentación del grupo musical Los Pony´s y de la banda brasileña Os Breves, mientras la letra de una canción bailantera se acerca y se aleja según sopla el viento. Se escucha: "Yo la esperaré tomando un trago, pero cuando venga, palo y palo... Yo quiero que entiendan que cuando digo palo, es palo y palo... Yo le pego un palo y ella me da otro. Vivimos siempre meta palo y palo".
El viento, claro, arrastra sin discriminar. Mezcla, confunde, suaviza, agrede.
El Soberbio, a pesar de todo, tendrá su fiesta. Y por eso la gente bailará entre musas despiadadas y perfumes de menta y citronela.
El reñidero
Si la producción de aceites esenciales es el motor del crecimiento económico de El Soberbio, la riña de gallos aparece como un rasgo distintivo del esparcimiento de sus habitantes.
Uno de los cultores de esta competencia, permitida en Misiones, es Arturo Hen (su apellido significa gallina, en inglés). "La riña de gallos -cuenta- viene de la época de los romanos. En nuestro país, eran famosos los reñideros de Retiro, Constitución y Morón. De ahí, justamente, viene la figura del gallito de Morón." Ennio Hen, uno de sus hijos, hace alarde de su gallo campeón, de 9 años. "Para nosotros, los gallos son como atletas: los masajeamos, les damos alimento balanceado, los sacamos a varear, los entrenamos todos los días y, dos días antes de una competencia, los alejamos de las gallinas para que no gasten energía."
Cuando el futuro gallo todavía está en el huevo, los galleros anotan sobre el cascarón si se trata del primer huevo o del último, y a qué gallina y a qué gallo pertenece. Un gallo de riña campeón, o con varias competencias ganadas, puede llegar a valer -si aparece un comprador- hasta 3000 pesos. La competencia tiene un reglamento similar al boxeo. Se divide en rounds de tres minutos cada uno, con uno de descanso. Si un gallo no presenta pelea durante un minuto, queda descalificado.
Durante los entrenamientos se les cubre el pico para evitar que lastimen y, con el mismo objeto, no se usan los espolones de acero (se les colocan guantes de cuero). Las competencias por dinero están prohibidas. Lo que no significa que no se realicen. Y es ahí cuando los galleros apelan a sus códigos. Las apuestas se hacen de palabra. Y el que pierde, paga sin que medie ningún papel firmado. En algunas zonas de Misiones, se dio el caso de agricultores que perdieron campos, tractores y casas. Y en el supuesto de que alguien se vaya sin pagar, jamás podrá ingresar en el circuito clandestino. "El gallo de riña -según cuenta Arturo Hen- es como el caballo de carrera: pasada su vida útil, el caballo es mortadela, y el gallo, guiso."






