
A los tres años, Pichu Molinari leía y escribía en dos idiomas. Hoy es abogado. Pero cuando pregunta qué es lo que ven de él, además de las muletas que necesita para caminar, siempre recibe la misma respuesta, con algo de desilusión: una gran fuerza de voluntad. Hace un show de stand up para reírse y para que otros se rían de su discapacidad y puedan mirarlo más allá de sus dificultades.
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Por Gabriel Reches / Fotos Ignacio Sánchez
Buenos Aires, local nocturno, noche. Un tipo se sube al escenario y, ayudado por un par de muletas, camina hacia el centro con dificultad. Una vez allí saca el micrófono del pie, recuesta el peso de su cuerpo sobre una banqueta, toma aire y sonríe satisfecho ante un público que acompañó la acción en un silencio que, con el correr de los segundos, se fue volviendo perfecto. El hombre rompe la tensión con una sonrisa amistosa y dice: "Discúlpenme, esto no va a ser stand up, va a ser sit down". Carcajadas, algún aplauso, caras de aprobación. Como por arte de magia, con tres palabras y un gesto, la gente se aflojó y ahora se ríe de aquello que hasta hace pocos segundos la incomodaba.
El tipo se llama Alejandro Molinari. Le dicen Pichu. No es fácil presentarlo. Su vida es un conglomerado de realidades tan potentes que no se sabe por dónde empezar. En un intento de sintetizarlo en una frase: es alguien que logró integrar a su vida los obstáculos que tuvo, para que estos jugaran a favor de sus deseos. Un bebé prematuro que casi se asfixia al nacer y sobrevivió; un chico que creció con una especie de cuadriplejia; que a los tres años no caminaba, pero ya leía y escribía en dos idiomas. O más aquí en el tiempo, un abogado que redacta dictámenes para la procuración, y un suceso del stand up local. Un tipo que decidió utilizar el humor como vehículo para inducir reflexiones colectivas sobre temas que le preocupan y que lo tocan de cerca: la discapacidad, la discriminación positiva y el modo antinatural en que nos conectamos con el otro cuando es portador de una discapacidad evidente.
<b>Alicia y Alessio</b>
Milán, 1983. El origen de todo. Alicia y Alessio se habían conocido en Santa Rosa, La Pampa. Pero Alessio era ingeniero y a fines de los 70 se fue a trabajar a Italia, contratado por una constructora internacional. A principios de los 80, Alicia se fue tras sus pasos y, dos años después, estaban embarazados de un bebé que se llamaría Alejandro.
Hacia fines de abril, cuando todavía faltaba un mes para la fecha estimada de parto, Alicia rompió bolsa. En el intento por asomar al mundo, Alejandro aspiró líquido amniótico y se asfixió. Su cerebro quedó sin oxígeno suficiente y si bien logró sobrevivir, murieron algunas neuronas. Fueron tres días de terapia intensiva hasta que los papás respiraron aliviados. El pequeño bebé, de algo más de dos kilos, estaba fuera de peligro. Y, en la batalla por la supervivencia, Alejandro se había ganado en buena ley un sobrenombre: no fue Magno, sino "Piccolino", que, en italiano, significa pequeño y que, en las sucesivas capas geológicas de familiares cariñosos y amigos, derivó en el indeleble "Pichu".
Las dudas y los miedos sobre las secuelas del complicado nacimiento de Pichu resultaban una incógnita, un motivo de preocupación para los padres, y de indefinición para el diagnóstico médico al que accedían en Italia. Cuando Pichu tenía nueve meses, junto a sus papás tuvo que viajar a la Argentina por motivos familiares. Al enterarse, uno de los médicos italianos les recomendó que consultaran a quien ellos consideraban el médico fisiatra más prestigioso del mundo en la materia, y especialista en rehabilitación neurológica.
<b>Un cordobés, Castillo</b>
Castillo Morales analizó el caso y concluyó: lo que tiene es cuadriparexia espástica por anoxia perinatal, una especie de cuadriplejia leve. Cuando Alicia y Alessio le pidieron precisiones, escucharon: "Este chico va a tener problemas motores, no mentales. Tiene que hacer un tratamiento de rehabilitación e ir a una escuela común".
En Italia, a la familia Molinari se le hacía muy costoso pagar el tratamiento kinesiológico. Fue Alicia quien se consagró a la rehabilitación del piccolino. Hasta no verlo caminar a los 4 o 5 años, se dedicó a hacer con él ocho horas diarias de ejercicios.
Mal no le fue. Ya en la Argentina, Pichu tuvo una rehabilitación médica constante, que lo ayudó tanto a andar en bicicleta de tres ruedas como a facilitarle los desplazamientos por los pasillos de la Universidad Di Tella, donde estudió derecho después de ganar una beca de estudios de la ONU, gracias al modo en que interpretó los intereses de las islas Fiji en una asamblea simulada.
<b>Verdad, dolor, humor</b>
Una tarde cualquiera de marzo de 2014, Pichu ya es un abogado que sobrepasa los 30 años, trabaja en la procuración y ahora cruza como puede la 9 de Julio acompañado de sus inseparables muletas. Solo. Como aprendió gracias a su kinesiólogo entrenador, que lo ayudó en el arte de moverse de manera independiente por la calle y a sortear puertas automáticas y escaleras mecánicas de shopping. No está del todo conforme con su vida; cree que se volvió demasiado seria, y las alternativas de expresión artística que intentó para matizarla no las pudo disfrutar.
En el sótano del teatro del locutorio lo espera Diego Wainstein, uno de los primeros comediantes que hizo stand up en la Argentina y, también, una especie de maestro gurú local de esta práctica, un formador legendario.
Al comenzar la entrevista de admisión, Wainstein, advertido de las muletas tanto como del tiempo que el aspirante utilizó en bajar las escaleras, lo mira y le dice:
–Ojo que en el curso vamos a hablar de lo tuyo.
–¿Qué será lo mío? –se pregunta Pichu.
La respuesta llega en el ejercicio grupal que inaugura el curso un par de semanas después. A la hora de recibir la primera imagen que todos ven de él, escucha, para su asombro, en repetidas ocasiones, la misma frase: fuerza de voluntad, fuerza de voluntad, fuerza de voluntad. Coraje, fuerza de voluntad.
A Pichu le provoca sorpresa, le da gracia, y sigue preguntándose cosas como: ¿Eso solo soy para los otros? ¿Como uso muletas y camino con dificultad, la voluntad es lo único que me queda, lo único bueno que pueden notar de mí? ¿Y cómo saben que realmente la tengo, que no me quedo tirado todo el día en la cama? ¿Cuál es el tabú que se oculta detrás de la fuerza de voluntad que los demás ven incluso sin conocerme?
Pichu recuerda las palabras de Wainstein. Entiende que para ser valorado por sus pensamientos singulares, primero va a tener que hacerse cargo de aquello que todos ven o creen de él a simple vista, de los pensamientos que genera en los demás por el solo hecho de usar muletas. Atacar al corazón y hacerse cargo del "elefante en el salón" que todos están viendo. La paradoja de hablar de las muletas hasta que, por arte del ingenio y la inteligencia, se vuelvan invisibles. O un mero instrumento, un disparador para procesar el miedo que todos tenemos a convivir con realidades distintas de la nuestra.
"La verdad, nunca pensé que la discapacidad iba a ser un tema tan importante en mi stand up –dice Pichu hoy, ya con más de setenta funciones exitosas sobre la espalda, y comparte con honestidad–: "Me parece que la primera razón por la que incluyo la discapacidad en mi rutina es porque funciona, porque da risa, relaja al público. Pero también sé que es un tema en el que tengo una mirada propia para aportar, un mensaje que me interesa transmitir".
Así, Pichu, casi por accidente, o no, terminó de descubrir uno de los pilares fundamentales que dio inicio allá por los años 50, en Estados Unidos, a esa derivación del presentador de vodevil que hoy conocemos como comediante de stand up. De Lenny Bruce a Louis C.K., hacer reír y fomentar la reflexión. El humor y la crítica social, dándose la mano con la risa como objetivo, pero también como vehículo para transmitir ideas, cuestionar prejuicios culturales, compartir obsesiones y poner los dedos en la llaga del tabú.
OK. Pero entonces… ¿qué decir?

La mirada de los otros
Diego Wainstein es un cómico formador de cómicos. En épocas en que los cursos de stand up proliferan como las canchas de paddle en los años 80, Wainstein es una especie de sello Iram de seriedad.
A Wainstein no le resultó indiferente la llegada de Pichu al curso. Cuando lo vio en la entrevista previa recordó una experiencia anterior, algo fallida, con un alumno ciego al que le costó enfrentar el tema en sus monólogos. "Es difícil. Somos todos muy abiertos, pero hay que ponerse en el lugar del otro y decirle en la cara que tiene que reírse de lo que le causa dolor –explica Wainstein y agrega–: "El stand up es un arte que se desarrolla en el aquí y ahora. Uno le habla al público a la cara y pueden pasar muchas cosas, pero uno no puede hacerse el tonto omitiendo lo que está a la vista. El comediante intenta llevar al público a su mundo, y si nuestro mundo no coincide con lo que los demás ven, se produce un distanciamiento que dificulta mucho el humor, y Pichu es un gran cómico –con muchos materiales muy buenos–, y aprovecha tan bien eso que está en nuestro imaginario, que logra que todo el prejuicio se caiga cuando expresa lo que nosotros sentimos".
En el principio era Lenny
El stand up tal como se lo conoce hoy tiene su origen a fines de los años 50 en Estados Unidos. Un grupo de comediantes comienza a diferenciarse del humor de crucero y de los contadores de chistes tradicionales, y toma el formato de los viejos maestros o presentadores de vodevil para introducir en monólogos más extensos temas políticos, conflictos sociales y raciales y miradas transgresoras sobre la cultura y la vida cotidiana de Norteamérica. Lenny Bruce fue uno de los primeros referentes. Humorista frecuentador de tabernas, bares y fondas, llenas de obreros y estudiantes, terminó perseguido, enjuiciado y condenado por obscenidad a causa de sus monólogos.
<b>La primera vez</b>
Soy un afortunado. El que escribe esta nota, yo, soy uno de los que presenció la primera noche en que Pichu se subió al escenario con la decisión de hacer reír hablando sobre su discapacidad. Fue al promediar el curso de Wainstein, una clase en la que los asistentes teníamos que pasar al escenario con una guía rápida de presentación personal.
Hasta entonces, mi compañero había pasado casi desapercibido en las clases. Una persona amable, pero en apariencia sumida en el mundo de sus dificultades y del coraje para sobreponerse a ellas. Dificultad para bajar las escaleras, para anotar, para hacer los ejercicios corporales. Y actitud para hacerles frente. Pero de humor, ni hablar.
Mirándonos a los ojos, Pichu el voluntarioso, casi el único que se sabía parte de su rutina, nos tiró un cross a la mandíbula y logró que nuestras voluntades se descontrolaran en esa pequeña fuga del ánimo que es la risa. "Vivo a mi ritmo, o sea, lento. Un día tenía que enhebrarme los cordones y falté al laburo". (Risa). "Odio la fuerza de voluntad. ¿Dónde viste a algún tipo que se gane una mina porque tiene fuerza de voluntad?". (Risa). "Me caigo cada dos por tres. Es decir, cada seis pasos". (Risa).
Y la risa se volvió emoción y, con el correr de las palabras, de nuevo risa. Todos en ese sótano formábamos parte de un evento catártico, de expiación colectiva de prejuicios y miedos en torno a la discapacidad.
Ahora estoy frente a frente con Pichu. Un amigo, un compañero de espectáculo. Estamos sentados en su casa, después de que tardara más de diez minutos en bajar a abrirme. Charlamos.
–¿Qué pasó ese día?
–Cambió el trato con mis compañeros, me empezaron a cargar, a gastar. Y yo lo viví como un logro personal. Mis verdaderos amigos se cagan de risa cuando me caigo. Eso me relaja. Pensá que hay algunos que recién después de tres años de conocerme me dicen que me tienen que preguntar algo importante. Yo me asusto, y después de tanta ceremonia, lo que me preguntan es por qué camino así, por qué uso muletas o qué me pasó. La gente se pone muy tensa con esto.
–Pero Pichu, ¿por qué negás la fuerza de voluntad? Si efectivamente tenés una dificultad motriz que sin fuerza de voluntad es difícil de sobrellevar.
(Pichu asiente, pero es una trampa. Va a negar amablemente lo que sugiero).
–Es posible que tenga una vida muy exigente. Pero es un dato y yo construí a partir de ese dato. No sé cómo es vivir sin discapacidad. Y para mí el día a día nunca fue extraño, es lo que conocí. Había que levantarse, vestirse, salir a la calle. Creo que me ayudó el hecho de que en mi casa nadie me facilitara nada. Además, no sé si tuve tanta fuerza de voluntad. No hice todos los ejercicios que debía.
Pichu se refiere al tratamiento intensivo que a los 12 su médico le recomendó para evitar la cirugía. Se lo tomó con convicción, pero sin tanta disciplina: "Él me pedía ocho horas de entrenamiento, yo le negociaba seis y después hacía tres. Seguramente, un deportista tiene mucha más fuerza de voluntad que yo. O un pibe que perdió a sus papás y va a la escuela. Creo que lo que me diferencia es que en mi caso hay una dificultad que se ve: están las muletas".
La mano intenta abrir la puerta del ascensor y de a poco lo logra. Pichu está saliendo para la función. Va a cruzar la calle solo, va a abrir el auto al que se sube y va a apoyar las muletas en el asiento. Como dice en su rutina: a su ritmo.
–¿Y por qué creés que la gente rescata esa virtud que vos mismo no sabés si tenés?
–Porque con la discapacidad hay un tabú. Las personas ni se animan a pronunciar la palabra.
Así, en la vida cotidiana, al viajar en colectivo, al trabajar en la Justicia, al hacer las compras, al conocer nuevos amigos, los ojos de Pichu ven un desfile de buena gente que necesita compensar la dificultad motriz que la escena propone, rescatando valores que no necesariamente se verifican. Ese acto bien intencionado de los otros, para Pichu, funciona también como una frontera, algo que impide o dificulta conocer a la persona real que él es. Así, inesperadamente, el buen pensamiento de los otros funciona contra la integración. "Y si soy muy inteligente, o un cobarde, o un hdp, quién lo nota. ¿Fuerza de voluntad es lo único que ven?".
De algún modo, las muletas lo depositan en la genealogía involuntaria de los superhéroes. Una de las cosas que más le molesta es la discriminación positiva. "La discapacidad no te vuelve bueno, ni ejemplo de vida –dice, y reflexiona–: Nosotros, los discapacitados, también nos equivocamos; a veces, nos creemos con demasiados derechos, nos aprovechamos de ventajas relativas, nos victimizamos".
Pichu cobra más vehemencia, se incorpora sobre la silla para recordar un programa de tevé que lo enojó: "Hace unos meses, Nelson Castro hizo una nota en la tele a un chico con una discapacidad en los riñones que era periodista. La nota fue un elogio permanente del esfuerzo y el sacrificio, o una entrevista médica. Se terminó la nota y nunca me enteré de qué opinaba el pibe, periodista, sobre los temas de actualidad o sobre la investigación que estaba llevando adelante. Posiblemente, para la sociedad eso sea una maravilla, pero lo que yo tengo para decir es que esa nota solo muestra discapacidad".
De todo eso habla Pichu en su monólogo. Sin piedad, pero con gracia. Su personaje escénico jamás se victimiza y, por el contrario, se vuelve maldito, se desantifica y muestra las propias miserias, como si de un cargamento de joyas se tratara. Hasta le reclama a un ladrón de a pie su derecho a ser asaltado como todo el mundo.
La noche termina y, entre los asistentes que se aprestan para volver a la calle, puede escucharse: "Cómo me gustó el flaco de las muletas". El flaco de las muletas que nos ayudó a reír y a reflexionar no gracias a su discapacidad, ni a su fuerza de voluntad, sino a su inteligencia.
Tocaba una pelota y me sentía Maradona
En Italia, a Pichu lo llevaban al jardín de infantes en un cochecito porque no caminaba. Con una sonrisa, cuenta cómo dos de sus compañeras lo trataban como a un bebé y lo ponían para jugar en una casita de muñecas: "No me podía mover mucho, era más manejable, supongo que eso les gustaba", recuerda.
Pichu aprendió a caminar a los 4 años, ya en la Argentina, en un hotel: "Intenté agarrar un juguete que estaba arriba de una mesa". Durante los primeros años, Pichu iba de pared en pared para sostenerse. Y confiesa: "Algo de eso me quedó. En mi casa, cada dos años tengo que pintar las paredes porque a la altura de las manos están sucias. Cuando ando sin muletas me sostengo para mantener mejor el equilibrio".
Para integrarse al resto de sus compañeros, se compró una bici con tres ruedas. Hoy el kinesiólogo que lo entrena sostiene que, si se decide, podría andar perfectamente en una de dos, pero se considera "muy cagón" como para intentarlo.
Cualquiera que vea a Pichu moverse por la calle descartaría la opción de imaginarlo en una cancha de fútbol. Cualquiera menos él y los compañeros de la primaria que lo vieron jugar. "Era el último al que elegían, pero eso no me preocupaba –cuenta y agrega–: "Me preocupaba solo divertirme. Jugaba en el arco y me mataban a goles, pero si llegaba a agarrar una sola pelota en una tarde, ya me sentía Maradona".






