
El susto es mío
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Fue hace cincuenta y ocho años, sí, en una apacible tarde del fin del verano de 1947. El Parque Retiro, aquel maravilloso territorio de la diversión que antes se había llamado Parque Japonés, relucía en todo su esplendor.
Era como tocar el cielo con las manos. La imponente montaña rusa dominaba las alturas y era la reina de las cosquillas en el estómago cada vez que el carrito cargado de viajeros se precipitaba en picada hacia abajo. Desde allí se veían las calesitas y todos los juegos de hamacas, aviones y cohetes espaciales que giraban a toda velocidad. Los globos, el griterío infantil y adulto llenaban las superficies verdes de los canteros y las grises de los senderos de cemento. La mina encantada no era una mujer contenta, como bromeaban los adultos, sino un túnel nada plácido donde entraban carritos para cuatro personas que, en la oscuridad, caían en pendientes empinadísimas, como para que las chicas casaderas tuvieran la excusa para aferrarse al novio tocando las partes que ni siquiera el zaguán de casa permitía. Ni hablar del martillo: eran dos vagoncitos sostenidos por caños de acero que hacían las veces de "mango", y que daban doble vuelta dejando cabeza abajo a los intrépidos pasajeros, que bajaban con los pelos parados, una palidez mortal y descomposturas varias.
La parte techada del parque era algo más sórdida. Barracas con shows donde se podía ver al hombre de goma, la mujer barbuda, forzudos musculosos llenos de barniz y esqueléticos faquires sentados en camas de clavos, sin olvidar a rollizas odaliscas e intrépidos motociclistas. Los autitos chocadores, el tiro al blanco con premios imposibles y un olor a fritanga de choripanes y pochoclo mezclado con perfume barato y aroma de café servían de marco a las extravagancias del palacio de la risa, lugar de pisos movedizos, círculos giratorios, toboganes, espejos deformantes donde te veías alternativamente gordo, flaco, alto y petiso. Estaba también el misterio terrorífico del tren fantasma, con sus esqueletos, ataúdes, demonios y monstruos prehistóricos abalanzándose iluminados de rojo o verde sobre los desprevenidos viajeros.
Por el parque discurría una muchedumbre colorida y variada que incluía en alegre montón a familias completas con predominio infantil, apasionadas parejitas de novios o "simpatías" –como se denominaba a los festejantes amorosos en aquella época–, colimbas y marineros en busca de aventura y señoritas alegres que, con toda discreción, contoneaban sus siluetas "Divito" realzadas por estampados brillantes y faldas cortonas bien a la moda. El elemento erótico se completaba con el teatro Babilonia, estrictamente prohibido para menores de 18 años, pero, curiosamente, emplazado en una de las salidas del parque.
Aquella tarde estaban dando una revista titulada En el Babilonia está la paponia: la paponia eran sin duda las pulposas coristas, idealizadas en los carteles, que no reproducían fotos, sino que estaban decorados con dibujos aptos para casi todo el público. Gasas, ombligos y sonrisas luminosas daban encanto sin ofensa moral y sexo en medidas dosis. Del interior de aquel templo salían colimbas y marineros casi tan descompuestos como del martillo y con los pelos tan parados como los de quienes emergían del tren fantasma.
En aquel enjambre, de pronto, me perdí; mis padres se descuidaron, yo quedé boquiabierto mirando algún juego y durante media hora me sentí el ser más desgraciado de la Tierra. Me rescataron un marajá y una odalisca de una de las barracas que se apiadaron de mi llanto y anunciaron mi nombre por micrófono para que mis padres me encontraran. No puedo reproducir aquí lo que mi familia opinó de mí en aquella tarde de 1947, pero para dar una idea puedo decir que fue el lenguaje que inspiró algunos de los espectáculos que tuve el placer de hacer años más tarde. No obstante el susto y la idea de que nunca iba a volver a ver a mi familia, que durante aquella media hora me amargó la vida, cuando escuché mi nombre por los altavoces del parque supe que lo mío era el show business.





