Es una de los utensilios más utilizados por nuestra cultura y, también, el más obviado. Acá hacemos un repaso de su historia. Por Alejandro Maglione
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Por Alejandro Maglione
Especial para lanacion.com
amaglione@lanacion.com.ar
Pensando
Siempre se dice que la cultura está construida más sobre muertos que vivos, y una cosa lleva a la otra, hasta que reflexioné sobre la cantidad de objetos y artefactos que forman parte de nuestra vida cotidiana sin que le prestemos demasiada atención. Y allí apareció en mi mente la imagen del tenedor, del que quizás el único tributo que hemos escuchado está en esa canción mexicana que dice: "¡no me mates con cuchillo, mátame con tenedor!" (ya sé, ya sé: vuelvo a dar pistas de mi edad, a pesar de mis infructuosos intentos por querer ocultarla).
El mundo
Para cualquiera de nosotros el tenedor es un elemento tan habitual, que hasta hay una suerte de kits para camping o picnic que se compone de los tres cubiertos fundamentales: cuchara, cuchillo y tenedor. Pero si miramos el total de la población mundial nos damos cuenta que el uso del tenedor no es tan masivo. Los chinos y pueblos orientales en general comen con palillos, y se sabe que por razones higiénicas el gobierno de China está intentando popularizar el uso del tenedor en la población.
Tanto en los países árabes, de tradición nómade, como en la India, comer con la mano sigue siendo un hábito generalizado. Es más, en la India, la derecha es la mano "social", porque se usa para comer, además de saludar. Pero la izquierda se suele utilizar para otros menesteres higiénicos, que hacen aconsejable evitar el contacto con la misma. Es decir, que, si hacemos números rápidos, miles de millones de habitantes de nuestro planeta ignoran el uso del tenedor, o directamente no lo prefieren.
Historieta
La historia del tenedor se conoce con cierta precisión a partir de que llega a Europa. A pesar de su sencillez, comparémoslo con la utilización de la rueda por el hombre: un diseño increíblemente sencillo, que le llevo al hombre miles de años incorporar como el mismo sencillo principio de la rueda. Así que no debe sorprendernos que el tenedor recién llegue de Bizancio en el siglo XI a la admirada Venecia.
Pero yerra el viscachazo en su ingreso al mundo europeo, porque llega en un momento en que, según cuenta Jacques Le Goff, esos europeos comían en grupos, de los mismos tazones, con escudillas en sus manos, y compartiendo las copas. El tenedor se instala en el siglo XVI cuando se establece la individualización de las maneras en la mesa. Y también se diferencia del Oriente de la comida servida en pequeños trozos, con la presencia del pan en la mesa.
Los pobres de Europa continúan con sus cucharas de madera y toscos cuchillos, que usaban en vasijas de barro cocido, que usaban para guisar.
Griegos y romanos
Los griegos y los romanos, afectos a comer recostados en lo que denominaban triclinium se servían de unos larguísimos pinches para aproximar la comida a sus platos y luego avanzar sobre ellos con sus manos. Lo que ocasionaba un gasto extra de sirvientes que constantemente circulaban por la sala con elementos para facilitar el lavado de las manos. Pero eran lo suficientemente civilizados para comer cada uno con su cuchara, cuchillo, mondadientes y copa. La copa la llenaban los sirvientes con una cuchara larga de mango curvado que se denominaba kyathoi y que accedían a los afamados vinos de Tasos, Quíos, Rodas, Lesbos o Gnido, de moda en aquellos tiempos.
Los ingleses
Eduardo I de Inglaterra recibe cientos de cuchillos de regalo de los gremios que los fabricaban, sofisticados por sus mangos de marfil, mármol o plata, y solo media docena de tenedores, que obviamente no fueron utilizados por estar todavía en el siglo XIII. Hubo que esperar a que en 1610 el viajero Thomas Coryate lo usara públicamente, no sin antes soportar que sus amigos los llamaran Furcifer, que surge de combinar las palabras forchetta y Lucifer.
Demonizado
El pobre tenedor, además hubo de sufrir la resistencia de la omnipresente Iglesia Católica, que en el medioevo no dejó de pasar por alto que estaban en presencia de un instrumento del Demonio, al fin y al cabo, decían, para algo Dios nos había dado los dedos. La mejor prueba la aporta Pedro de Amiens, que cuenta que una dama bizantina, la princesa Teodora, esposa de Doménico Selvo, uno de los hijos de Pedro Orseolo, entonces dux de Venecia, se servía la comida con una pequeña horquilla dorada. Pero en el 1005, esta dama desafiante, muere a causa de la peste, con lo que el tenedor volvió a la cola de los inventos a ser utilizados por el hombre.
Golillas
Quizás debamos a la moda de usar golillas, esos baberos enormes, terminados en complicadas puntillas, a que el tenedor se haya abierto paso, porque evitaba al extremo que esta incómoda prenda se ensuciara al llevar los alimentos a la boca con la mano.
¡Peligro! Fue Luis XIV el que advirtió que los banquetes de la corte, repletos de caballeros con cuchillos puntiagudos, era muy peligroso, y ordenó la manufactura de cuchillos con la punta redondeada, tal como los conocemos hoy. Y ya que estaba, prohibió el uso de los puntiagudos tanto para comer como para usarlos durante los paseos.
Pero la demora en la popularización del uso del tenedor en la corte francesa, a pesar de los esfuerzos de Catalina de Médicis o Clemencia de Hungría, quizás se debiera al uso que de él hiciera Enrique III, un hombre de sexo vacilante, que iba y venía de tenedor en mano, rodeado por sus amiguetes denominados mignons. La nobleza, supongo, se dijo: "el que usa tenedor es un mignon…" y ya se sabe que esto del machismo no es una novedad del siglo XX. El que pagó los platos rotos fue el tenedor. A tal punto cundió la mala impresión, que recién al final de su vida, Luis XIV incorporó al dentudo instrumento para llevar su comida a la boca.
España
En la época de los Austrias los españoles no eran muy amantes del tenedor. Quizás la aparición de Felipe V de Anjou, Borbón educado en Versailles, entre las muchas modificaciones que introdujo al modo austero de los reyes españoles, es posible que en su renovado palacio de la Granja, en Segovia, a las copas traídas de Italia, y las pinturas y tapices flamencos, haya incluido el tenedor entre sus cubiertos.
Redondeando
El Occidente del Renacimiento se diferencia del vagamente llamado Oriente, por sus catedrales, sus universidades, por haber creado el soneto, ¡y usar el tenedor!, dicho con cierta ligereza. Pero la mejor síntesis la hace Ralph Linton en su obra Estudio del hombre, y explica así la herencia que recibe el hombre moderno en materia de cubertería:
En el restaurant le espera toda una serie de elementos adquiridos de muchas culturas. Su plato está hecho según una forma de cerámica inventada en China. Su cuchillo es de acero, aleación hecha por primera vez en el sur de la India. Su tenedor es un invento de la Italia medieval y su cuchara un derivado de un original romano.

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