
El último beso del actor que dio rostro al SIDA
A mediados de 1985 Dinastía era el programa número uno de la TV norteamericana. La serie iba por su quinta temporada y el éxito había sido exportado al mundo entero. En la trama, que giraba alrededor de una familia petrolera de Colorado, entraban y salían personajes, y aquel año la estrella era Rock Hudson, un cincuentón con el porte viril de los veteranos galanes de Hollywood, que seducía a la señora Carrington, interpretada por Linda Evans. La actriz recordaría más tarde en sus memorias las dificultades que habían tenido durante la filmación de la esperada escena en la que Hudson la besaba. Para desesperación del director, que debió repetir la toma una y otra vez, Hudson posaba sus labios sobre los de Evans, pero no la besaba con la pasión que el guión exigía. La propia Evans estaba desconcertada.
Meses después, aquel tímido beso se convertiría en el más polémico de la historia de Hollywood cuando Hudson, que durante décadas había vivido ocultamente su homosexualidad, revelara al mundo que estaba muriendo de sida. Por entonces, la enfermedad comenzaba a adquirir condiciones de epidemia. Las causas no eran claras, pero el mal parecía afectar principalmente a homosexuales, prostitutas y adictos. Sólo dos años antes el VIH no era considerado aún en Estados Unidos una enfermedad pública, pero ahora el pánico empezaba a extenderse poniendo un freno a la liberación sexual iniciada cuando Carl Djerassi inventó la píldora anticonceptiva. Como los motivos de contagio no eran precisos, el temor a que el virus se expandiera por medio de un beso provocó pavor en la industria del cine y la televisión, que analizó prohibirlos. Sólo más tarde Evans comprendió que la timidez de Hudson en aquella escena no había sido otra cosa que un intento de protegerla.
Rock Hudson murió el 2 de octubre de aquel año, hace ahora tres décadas. Su muerte marcó un punto de inflexión en la historia del sida, pues fue la primera súperestrella en convertirse en su víctima. Rápidamente emergieron activistas reclamando derechos para los pacientes y las donaciones se multiplicaron. Hudson le había dado un rostro a la enfermedad. Pero la batalla apenas empezaba. En poco tiempo el sida se convertiría en una pandemia, alcanzaría a todos los grupos sociales sin distinción y acabaría con millones de vidas. Hoy se estima que más de 40 millones de personas viven con VIH en el mundo. La enfermedad aún no es curable, pero el desarrollo de antirretrovirales ha disminuido drásticamente la mortandad para quienes pueden acceder a tratamientos. Se cree que una cura definitiva llegará en quince años. Pero hay otro mal en vías en curación. La concientización sobre el sida que en 1985 generó la muerte de Rock Hudson también dio lugar a la estigmatización, especialmente hacia los gays, que debieron padecer prejuicios que sólo ahora comienzan a disiparse.
En sus últimos días, pocos amigos permanecieron cerca de Hudson. Burt Lancaster fue uno de ellos y leyó el último mensaje del actor antes de su muerte: "No estoy feliz por tener sida –confesó–, pero si esto puede ayudar a otros, al menos puedo saber que mi propia desgracia tiene un valor positivo". Nunca imaginó cuánto.







