El valor de decirnos la verdad

Teresa Batallanez
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27 de diciembre de 2009  

"Te queda pintado!", dice la vendedora mientras la clienta se mira al espejo el calce de unos pantalones que visiblemente la desfavorecen y no son del talle adecuado.

"Se quedaron fascinados con vos, quedás primero en la lista", exclama alegremente la consultora a un entrevistado al que nunca más volverán a llamar ni para un gracias-por-participar.

"Hace un mes que nos conocimos y no me llama; para mí que no le interesé", llorisquea una chica mientras su mejor amiga le jura: "¡Nada que ver! Estoy segura de que le encantaste; ya te va a llamar".

"No me eligieron para el concurso", dice el hijo. "No te preocupes: vos sos mejor que todos", responde el padre.

O el gastado "no sos vos, soy yo", que sirve a muchos como argumento para terminar una relación.

¿Por qué cuesta tanto decir la verdad? ¿Es temor? A veces. ¿Es hipocresía? Otras tantas. ¿Es respuesta automática? Casi siempre. Son respuestas sin filtro, respuestas para zafar, respuestas para pasar a otra cosa. Productos del facilismo, porque es más simple una mentira prefabricada que elaborar un argumento sensato y cuidadoso para decir lo que para el otro no es tan grato escuchar.

El abuso de la respuesta automática va creando una atmósfera gris, insípida, neutral, donde conviven el permanente "está todo bien" con el método del disimulo, de la mentira piadosa, de la verdad a medias, de no decirlo todo, de quedarse con una parte de la verdad. Sus ususarios se refugian en una falsa idea de bondad o de buenas intenciones mientras se desligan de la responsabilidad que a todos nos cabe frente a la verdad. "Ya se va a dar cuenta solo"; "que se lo diga otro"; "la vida se encargará". Mentira. Padres, hijos, profesionales o ciudadanos: todos tenemos una responsabilidad importante frente a la verdad.

Pareciera que la noción de mentira piadosa amplía su espectro con el correr de los años. Se recurre a la mentira hasta cuando es innecesario, simplemente por un hábito que nos ha distorsionado la estética moral y nos convence de que ciertas mentiras quedan más lindas que la verdad.

Estamos agotados un viernes a la noche, pero cuando un amigo llama para ir al teatro inventamos que acaban de caer los suegros.

Por cuestiones económicas sólo podemos hacer una reunión chica para nuestro cumpleaños, pero nos empeñamos en difundir que no nos gusta festejarlo.

Queremos evitar a un personaje nefasto y decimos que estamos con probable gripe porcina cuando respondemos a una invitación en común.

En algunos casos, hay negación o autoengaño. En otros, faltamos de modo consciente a la verdad.

Las que creemos pequeñas e inofensivas mentiras se van acumulando en nuestro disco rígido cerebral, allí de donde extraeremos información para próximas respuestas cuya estructura de funcionamiento se verá afectada con la mentira como componente de base.

Así vamos armando un entramado donde se dificulta separar lo verdadero de lo falso y se va formando un terreno donde siempre hay una justificación para la respuesta gris, poco jugada, no comprometida o distorsionada.

Y a todos, por más dolor o incomodidad que nos cause, nos hacen mucha falta esas voces valientes, frontales y escasas que tienen el coraje de decirnos la pura verdad.

La autora es jefa de Servicios Periodísticos del Exterior de LA NACION

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