
Ellis IslandLa puerta del sueño americano
Hoy es un museo para turistas, pero por el islote enfrentado a la Estatua de la Libertad pasaron 12 millones de inmigrantes para someterse a los tests -muchas veces, riesgosos y humillantes- y conseguir el pasaporte al Nuevo Mundo
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NUEVA YORK.- Entre 1892 y 1954, 12 millones de inmigrantes pasaron por Ellis Island. Fue la Puerta de Oro para los que pudieron ingresar en Estados Unidos y la Isla de las Lágrimas para los que fueron rechazados. Clausurada en 1954 y convertida en museo a partir de 1990, es hoy un lugar sagrado para los más de cien millones de norteamericanos cuyos padres o abuelos desembarcaron allí.
"Me embarqué a Estados Unidos porque escuché que las calles estaban pavimentadas con oro. Cuando por fin llegué, me di cuenta de tres cosas: primero, que las calles no estaban pavimentadas con oro; segundo, que no estaban pavimentadas, y tercero, que yo era quien tenía que pavimentarlas." Esta frase fue dicha en 1921 por un húngaro de nombre Bela Lugosi, que años más tarde sería el inolvidable protagonista de Drácula.
Envíenme sus hambrientos, sus pobres, sus desprotegidos, reza la Estatua de la Libertad. Muy cerca, a 300 metros del más famoso de losiconos, en Ellis Island, la realidad sometía a prueba a esa proclama. Ahí funcionó desde 1892 hasta 1954 -no fue casual que abarcara las dos guerras mundiales- el Servicio de Inmigraciones de Estados Unidos, que registró la llegada de más de 14 millones de extranjeros en pos de una vida mejor. Muchos fueron rechazados y debieron volver a sus países. Hoy, casi la mitad de los norteamericanos (125 millones) tiene sus raíces en estos aventurados que arribaron a Ellis Island.
Conocida también como la Puerta del Sueño Americano, Ellis Island queda a un kilómetro y medio de la punta de Manhattan. Este sitio evoca, también, la magia de una época en que se tomaba a la Estatua de la Libertad por la Virgen. En los barcos, los pasajeros se persignaban al pasar ante ella.
De Battery Park, extremo sur de la isla de los rascacielos, zarpan los ferries que conducen, en veinte minutos, a la excursión más solicitada: la Estatua de la Libertad. Pagando 10 dólares, el ticket incluye la entrada a Ellis Island, donde desde 1990, y tras largas refacciones que costaron 160 millones de dólares, funciona el Museo de la Inmigración, un lugar repleto de testimonios y anécdotas de los sobrevivientes de la isla. Hay allí un estudio de grabación por el que ya pasaron 300 mil personas para relatar sus recuerdos.
Para muchos turistas, Ellis Island promete ser el punto plomizo de la excursión, pero después de visitarla los turistas no dudan en recordarla como la atracción principal. Sobre todo, ese lugar conocido como The Wall (La Pared), donde figuran grabados cientos de miles de nombres de aquellos que, muchas décadas atrás, pasaron por allí. Más de 300 mil personas abonaron 100 dólares para ver su nombre inscripto en esta paradigmática pared que rodea a la isla, junto a los de Nicola y Angela Iacocca, los padres italianos del famoso empresario Lee Iacocca, presidente de la Fundación Ellis Island.
La atmósfera del museo destila historia en cualquier rincón. Parece mentira que tan pequeña porción de tierra (cuyas instalaciones fueron pensadas para albergar a medio millón de personas por año, aunque en 1907, año pico de la inmigración, debieron hospedar a casi el doble) haya sido testigo de tamaña migración, la más grande de todos los tiempos.
Los murales, empapelados con inmensas fotografías, transportan a los turistas a los comienzos del siglo. Una familia de armenios judíos, ataviada de negro, allí adelante; un grupo de griegos de inmaculado blanco, acá cerca; un matrimonio serbio, al lado. Algunos alemanes con ropas de granjero, una inconfundible familia italiana.
En todas las imágenes se advierte un denominador común: los rostros extenuados, las miradas estupefactas, fotografiadas por Augustus Sherman, funcionario -por aquel entonces- de Migraciones. En otro rincón se conservan las pobres y auténticas pertenencias de los inmigrantes: valijas destruidas, viejos baúles con ropa deshilachada, planchas de hierro, candelabros, almohadas, máquinas de coser, biblias y tantos otros recuerdos.
Las razones para embarcarse eran bien fuertes. No importaba pasar entre diez y treinta días -dependía del lugar de Europa que zarparan- navegando en condiciones infrahumanas, alojados en miserables compartimientos que estaban debajo de la línea del agua, sin iluminación ni buena ventilación. Había que llegar a la isla de cualquier manera.
Sólo los pasajeros de tercera clase desembarcaban en la isla. Los de primera y segunda continuaban hacia Manhattan. Llegados de pueblos donde no se conocía otra iluminación que la de las velas, muchos recuerdan que los edificios de la isla -dotados de luz eléctrica- les parecían castillos encantados.
Una vez en Ellis, la mayoría de los inmigrantes permanecía entre cuatro y seis horas en una sala de espera de aspecto carcelario. La gente debía responder, en dos minutos, una catarata de preguntas ante el agente de Migraciones y en presencia de un intérprete. "¿Cuál es su nombre? ¿De qué país viene? ¿A qué ciudad se dirige? ¿Sabe leer? ¿Cuánto dinero lleva? ¿Es polígamo? ¿Es anarquista?" Los apellidos de los forasteros eran modificados por los funcionarios encargados del control, presumiblemente cansados (en un día llegaban entre cinco y diez mil extranjeros).
Para los inmigrantes era común entrar en la isla con un nombre y salir con otro. Resulta gracioso el caso de un italiano llamado Mastroianni, que ingresó en el país como Mister Yanni; o el de aquel inmigrante ruso-judío que pidió asesoramiento a un amigo del barco sobre el nombre que le convenía adoptar en Estados Unidos. Pero la espera le jugó en contra. Luego de cuatro horas, cuando por fin le tocó el turno, contestó en su idioma natal: "Shoynfeggesen", que en yiddish significa: Meolvidé. Entonces, el inspector, en su tarjeta de ingreso, lo inscribió como Sean Fergusson, transformándolo en inglés de pura cepa.
Esta circunstancia fue puntualmente explotada por Francis Ford Coppola en El Padrino II. En la película, Vito Andolini, un niño italiano, llega a Ellis Island y el empleado de Migraciones confunde su pueblo natal, Corleone (en Sicilia), con su nombre, y lo bautiza Vito Corleone (personaje inmortalizado por Marlon Brando).
Luego del cuestionario, seguía el test de los seis segundos. Consistía en subir una escalera, lo que descubría a aquellos que respiraban, se movían o caminaban con alguna dificultad. Cualquier inconveniente en esta prueba derivaba en otro examen, más exhaustivo, que podía significar el viaje de vuelta a su país de origen. Antes de someterlos a un estudio sanitario más detallado, los médicos marcaban con una H (heart, corazón) o con una E (eyes, ojos) la ropa de aquellos sospechosos de padecer graves deficiencias cardíacas o visuales.
Estados Unidos prohibía la entrada de enfermos crónicos, contagiosos, homosexuales, prostitutas, mendigos, anarquistas o aquellos que portaran libros políticamente indeseables.
La isla, según se revela, servía como laboratorio para efectuar los más descabellados tests de inteligencia y de capacidad. Buscaban proteger al norteamericano anglosajón de la avalancha de los europeos del Este y del Sur, considerados de inferior calidad.
Víctimas de innumerables prejuicios, los europeos desesperanzados y perseguidos llegaban a América con afán de salir adelante, pero eran desalentados por los propios norteamericanos, que los denominaban hombres vencidos de tierras derrotadas o, simplemente, los malditos extranjeros.
Después del tétrico examen, aquellos que lograban el OK eran conducidos hacia América por la Puerta de la separación, así llamada porque más de cientos de miles de personas no pudieron cruzarla. Muchos inmigrantes, antes de someterse a la prueba de fuego, rebautizaron a Ellis Island como el mundo de los miedos.
Miedo de la multitud, del embrollo de idiomas mezclados. Miedo de perderse o de quedar separado de los familiares por barreras metálicas, como si fueran ganado. Miedo de los guardias, los médicos y los psiquiatras. Miedos que manifestaban arrepentimiento, como aquellos desgarradores graffiti, escritos en una de las paredes del museo, que oraban: "Maldito el día en que dejé mi patria" o "Cuando llegué a Ellis Island creí que era un castillo, pero descubrí que era una prisión".
Hoy, a más de siete años de su inauguración, en el museo ingresan tantas personas como europeos llegaban por entonces. La gente, como si visitara una catedral, habla en voz baja. En el hall principal, dos computadoras, con una base de datos admirable, ofrecen información con los nombres, el año de llegada y los destinos posibles de muchos de los viajeros que, a lo largo de 62 años, pasaron por la isla.
En 1954, debido a las presiones del gobierno de Estados Unidos, Ellis Island cerró y, paralelamente, la política migratoria se endureció. "¿De qué país viene? ¿A qué ciudad se dirige? ¿Tiene vínculos en Estados Unidos? ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?" Pasaron más de cien años, el cuestionario básico se mantiene y la entrada libre se reduce a fines sólo turísticos. Mientras, la Estatua de la Libertad insiste para que le envíen a los pobres, los hambrientos y los desamparados.
Cerca de allí, los turistas pueden conocer lo que fue la puerta de América, con la tranquilidad de que pronto volverán a casa.
Texto: Javier Firpo
Los inolvidables de Hollywood
Varios de los inmigrantes que hicieron escala en Ellis Island y lograron transponer la Puerta de Oro -para ellos, sí que lo fue- fueron famosos dentro del mundo del espectáculo. Ese mismo test de los seis segundos que debieron sortear los más indigentes tuvieron que aprobarlo Frank Capra (italiano, en 1903, y después director de ¡Qué bello es vivir!), Samuel Goldwyn (polaco, en 1896), Bob Hope (inglés, en 1908), Elia Kazan (turco, en 1913), Claudette Colbert (francesa, en 1912), Bela Lugosi (húngaro, en 1921), Edward G. Robinson (rumano, en 1903), Lee Strassberg (austríaco, en 1909), Rodolfo Valentino (italiano, en 1913), entre otras celebridades.






