
Ellos en casa
Los cambios sociales y culturales de la última década han hecho que los hombres compartan las tareas del hogar con las mujeres. Testimonio de estos tiempos, ellos cuentan su experiencia
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A los 31 años, Juan Distéfano supo que podía (y tenía que) ser un amo de casa. En ese momento, cuando su hija tenía tres meses y creía que la vida era a upa, su esposa volvió a trabajar después de una licencia por maternidad y Juan aprendió a pelar papas rapidito, con su beba colgada de un hombro.
Lo que más le costó en su nuevo rol de padre y trabajador doméstico fue tener confianza en que su hija no se iba a ahogar mientras la bañaba.
La segunda prueba requirió más concentración: aprender el significado de cada llanto para saber cuándo su bebe quería comer, tenía sueño o estaba aburrida.
Ahora, a nueve meses del debut, Juan es un experto amo del hogar part time y se ocupa de la casa y de su hija entre las 18 y las 23, desde que vuelve de la empresa familiar de mantenimiento de edificios que dirige hasta que su mujer, María Helena, llega del trabajo.
En una sociedad con herencias machistas, donde durante muchos años los hombres se jactaron de no pisar la cocina y les daba náuseas la palabra pañal, algunas costumbres están cambiando.
Por vocación o por obligación, durante todo el día o a la vuelta del trabajo, con habilidad o todo lo contrario, ellos están comenzando a descubrir el universo de las tareas del hogar.
–Antes llegaba de la oficina y me tiraba a escuchar música y a hablar por teléfono con amigos. Ahora me tiro, pero a jugar. Si hace falta comprar algo, salimos con Catalina y después le preparo la comida –algún zapallo hervido, o acelga con fideítos–, le doy un baño y la duermo. A partir de las 10, cuando está bien dormida, empiezo a pensar en mí –cuenta Juan mientras le pide a su hija que noooo, que mejor no chupe el zapato de papá.
Según los especialistas, la distribución más equitativa de las tareas domésticas llegó a las familias de clase media cuando los varones empezaron a quedar desocupados y las mujeres salieron a trabajar.
–Hubo una conmoción a partir de la década del 90, cuando los varones empezaron a perder oportunidades de trabajo en el sector público y se achicó el parque productivo industrial. Desde entonces, ellos crecieron en las estadísticas del subempleo y el desempleo, y la mujer tuvo que salir a buscar trabajo –explica Dora Barrancos, socióloga, historiadora y directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Todo evolucionó tan rápido que hoy, sólo en Buenos Aires, las mujeres son el sostén económico del 34 por ciento de los hogares, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). En el interior, donde la pobreza es mayor, ese porcentaje llega al 70% en algunas localidades.
Con las mujeres trabajando (o buscando trabajo) fuera de casa, una división más democrática de las tareas era sólo cuestión de tiempo y pactos conyugales.
Sin embargo, no se puede hablar de igualdad. Porque, en términos generales, la mujer sigue teniendo, en la vida cotidiana, alrededor del doble de trabajo que el hombre.
De la témpera a los bifes
Gustavo Antoniolli, dibujante de 35 años que ilustraba manuales para el Ministerio de Educación, perdió el empleo dos años atrás durante la reestructuración que dispuso un gobierno recién llegado.
Antes de que la economía familiar naufragara, su esposa, Lucía (34 años, psicóloga y maestra que ejercía de ama de casa hasta ese momento), estrenó una novedad después de 16 años de matrimonio: empezó a salir a la mañana con las camas sin hacer para trabajar como suplente en un programa de ayuda social del Gobierno de la Ciudad. Mientras. Gustavo se quedaba en casa. Con los chicos. Y con las camas arrugadas.
–Salir a buscar trabajo era perder plata y ganar sólo decepciones. Había que pagarle a alguien para que cuidara a los chicos (cuatro varones de 6, 11, 12 y 15 años) y lo único que conseguía eran changas que con suerte cobraba tres meses más tarde –cuenta Gustavo mientras traslada una pila de bifes de costilla desde el freezer hacia el microondas.
El de ellos no es un caso aislado: según la Encuesta Permanente de Hogares que realiza el Indec, tres de cada cuatro nuevos empleos que se crearon en los últimos cuatro años en el área metropolitana fueron para mujeres. Las estadísticas, sin embargo, no ponen a las mujeres en un lugar de privilegio, ya que la mayoría de esos empleos fueron precarios e informales.
Hasta los años 70, la familia típica argentina era algo así como una versión sudamericana de los Ingalls: padre que trabajaba fuera del hogar, madre que cuidaba a los hijos y se encargaba de la casa.
La madre-trabajadora, una especie que pudiera con el subte, la computadora, el teléfono celular, la comida, el escobillón y niños tackleando las piernas todavía no era muy frecuente.
–En general, sólo trabajaban afuera las mujeres jóvenes hasta el casamiento o el nacimiento del primer hijo; en cambio ahora, las mujeres siguen trabajando después de la maternidad. El modelo patriarcal en el que el hombre se dedicaba al cuidado económico, el modelo de él afuera y ella adentro, el del señor esposo y padre, el del jefe del hogar, es cada vez menos habitual –opinó Catalina Wainerman, investigadora principal del Conicet y miembro del Centro de Estudios de Población (Cenep).
Ahora, a nadie sorprende que un hombre limpie –o trate de limpiar– el baño en la publicidad de un limpiador cremoso, que un papá se deje maquillar por su niña o que un señor camine entre las góndolas de un supermercado empujando un carrito y comprando... ¡pizza!
La elección del menú quizá tenga que ver con que el hombre doméstico está a mitad de camino y, por el momento, escasean los amos de casa experimentados.
Según la socióloga francesa Christine Castelain-Meurnier, autora de El lugar de los hombres y la metamorfosis de la familia, los hombres actuales “están entre el tipo de relación que han tenido con su propio padre (a quien, en general, presentan como poco comunicativo) y las representaciones contemporáneas de un padre relacional, más presente, que forma a su hijo, a la inversa de los modelos anteriores del padre institucional, distante, que encarnaba la ley”.
Con la masculinidad y la paternidad en plena mutación, se abren nuevas perspectivas para la identidad de los hombres. Aunque todavía es una incógnita cómo los afectará calzarse los guantes naranja para desengrasar la vajilla (ver Una aventura...).
–Los hombres no pueden seguir siendo el sostén económico de la familia y esto sacude los fundamentos mismos de la división del trabajo por género que se ha perpetuado de generación en generación –comentó Wainerman.
“Desde una perspectiva históricosocial, el mundo de los hombres es el campo donde se obtiene el poder y se lucha contra los otros para obtenerlo. Esa lucha da como resultado un modelo de identidad masculina caracterizado por la agresividad, la competencia y la tendencia a la opresión de los demás para lograr el reconocimiento del sujeto como hombre", señaló Alfonso Hernández Rodríguez, psicólogo especializado en el tema.
Estrellitas de papel glacé
En su papel doméstico recién estrenado, algunos hombres sintieron la discriminación femenina: “Estaba en una reunión de padres del jardín de mi hija y era el único hombre entre todas las mamás –cuenta Alejandro Mendoza–. Las nenas iban a actuar de hadas y las madres se estaban dividiendo las tareas para hacer los disfraces. Una cortaba las estrellitas de papel glacé, otra hacía círculos de pañolenci, la otra pegaba las estrellas en los palitos... ¡Una pavada! A mí ni me miraban y cuando les pregunté qué me tocaba hacer me contestaron que le diga a mi mujer que las llame para arreglar. ¡Pero yo puedo cortar un círculo de tela!, les dije”.
Alejandro trabajaba como asesor previsional en una compañía, ahora lo hace por su cuenta, desde su casa y sólo algunas veces por semana. Mientras tanto se ocupa de los chicos y de las tareas del hogar.
–Fue un golpe fuerte porque lo tuve que hacer bajo presión. Mi mujer se iba a trabajar y si yo no cocinaba los chicos se iban al colegio sin comer –contó.
De a poco, la televisión comenzó a registrar el fenómeno de los hombres que están en el hogar durante la tarde y que no se interesan, precisamente, por las telenovelas.
En el canal Gourmet, por ejemplo, donde los programas están dirigidos al hombre y a la mujer, la audiencia masculina es igual a la femenina en algunos segmentos etarios.
Según Ibope, el porcentaje de hombres entre 18 y 24 años que mira el canal entre las 12 y las 18 es del 50,1%, superior al de las mujeres, que conforman el otro 49,9% de la audiencia. En las demás edades, los porcentajes de hombres que miran el canal en el mismo horario varían entre el 30 y el 40 por ciento.
Para descubrir quién es quién en el hogar, la consultora Gallup les preguntó a 1181 hombres y mujeres que viven en pareja qué tareas del hogar habían hecho el día anterior.
Los casilleros de los varones quedaron más vacíos que los de las mujeres. Así y todo, la consulta demostró cuáles son las tareas que menos paralizan al argentino promedio. El 44% de los hombres encuestados dijo que el día anterior había hecho las compras. Un porcentaje del 35% puso una cruz donde le preguntaban si había barrido o aspirado la casa, el 33% marcó que había hecho la comida el día anterior y el 29 por ciento señaló que había cuidado a los niños.
Pocos de los hombres consultados (el 19%) habían limpiado el baño el día anterior y algunos más (el 26%) habían hecho la cama.
Cuando se les preguntó cómo distribuían las cargas económicas en su casa, el 52% respondió que aportaban los dos.
Según el libro Familia y trabajo. Recreando relaciones de género, una compilación de Catalina Wainerman que editará el mes próximo Unicef, desde 1980 hasta 2001 el porcentaje de hogares de dos proveedores (padre y madre) entre familias nucleares (formadas por padres e hijos) aumentó del 26 al 45 por ciento.
Hombres en liga
La Liga de Amas de Casa, que preside Lita de Lazzari, notó que había aumentado el público masculino que mira su programa y decidió fundar la Liga de Hombres Amos de Casa, que se consolidó en septiembre último.
En su carta de intenciones, la comisión directiva dice que su propósito número uno será: “Revalorizar el papel de los hombres en el desempeño de las tareas del hogar y la economía familiar (...), de manera de demostrar a la sociedad que están capacitados tanto como las mujeres para llevar adelante un hogar...” En otros países, como España o Italia, existen ligas similares. La española, por ejemplo, se llama Asociación Masculina de Organizadores de Tareas Domésticas (Amados) y organiza charlas para instruir a sus socios en las tareas domésticas.
Hernán Torre Repiso, presidente de la liga argentina, se apura en aclarar que la función del grupo no es “enseñar a hacer la cama”, sino obtener beneficios económicos y sociales para los hombres que trabajan en su hogar.
“Todo empezó porque en el programa de televisión Lita hacía sorteos entre los socios –que se suponía que eran mujeres–, pero cada vez aparecían más hombres que venían a buscar los premios. Cada vez que aparecía un hombre me miraba con complicidad, hasta que un día me dijo: Tenés que fundar la liga de amos de casa”, relató Repiso, de 58 años.
Mariano Cabrejas también es miembro de la liga y su especialidad es conocer los precios. Sabe de memoria a cuánto cotizan las verduras en el mercado de Primera Junta y nunca pierde de vista la balanza.
Este ingeniero agrónomo de 52 años, separado y padre de tres jóvenes de 20, 22 y 31, cambió una regla de la Universidad en 1991, cuando sólo las madres con hijos tenían prioridad para elegir los horarios de las materias.
“El padre con hijos no existía y como yo era separado y tenía determinados días asignados para cuidar a mis chicos, para mí era una complicación cursar por ejemplo los sábados a la noche. A partir de mi reclamo, en 1991 se cambió la normativa en la Facultad de Agronomía de la UBA y se les dio prioridad también a los padres con hijos”, recuerda.
Tal vez con el tiempo los hombres también cambien las definiciones. Como la del diccionario de usos de María Moliner, donde dice que ama de casa se aplica a la madre de familia o mujer del jefe de ella, refiriéndose a su función de dirigir la casa. Pero amo de casa todavía no figura en el diccionario.
Una aventura apta para caballeros
¿Un amo de casa es un hombre que perdió testosterona y otros atributos viriles? En el diccionario masculino tradicional, sí. Para ese glosario, los hombres, administradores económicos, ejecutan, dirigen, proveen y rigen el mundo público. Las mujeres, administradoras emocionales, crían, lavan, cuidan y ordenan. Transformaciones socioeconómicas, culturales y tecnológicas pusieron en vilo ese modelo. Las mujeres salieron del corralito hogareño para recuperar espacios y los hombres vieron más comprimidos sus territorios.En el paradigma clásico, ser productor, proveedor, protector y potente daba cédula de hombre. Pero las cuatro P hoy no sostienen ese estereotipo. Hay menos plazas para ser productor, el que no produce no provee, el que no provee no protege, y así la potencia se esfuma. Más mujeres trabajan y reclaman a los hombres en el frente doméstico. Muchos viven esto como un exilio, una condena, una pérdida de identidad. El varón suele confundir hacer con ser. Soy abogado, médico, comerciante, empleado, empresario, dice. Su actividad circunstancial se convierte en su identidad, y cuando no hace, no es. Descartadas las tareas hogareñas como trabajo, en casa no se es.Pero existe otra opción: verse en el lugar de amo de casa como parte de un todo trascendente: su pareja, su familia. Descubrirse miembro de un cuerpo cuyos órganos cumplen funciones diferenciadas y apuntan a un interés común: mantener la vida y la salud del ente que componen.
Sergio Sinay es escritor, especialista en psicología masculina y vínculos y autor, entre otros, de Misterios masculinos que las mujeres no comprenden y Las condiciones del buen amor
Mamá no sólo amasa la masa
¿Recuerda algún libro de texto de su infancia en el que mamá hiciera otra cosa que amasar la masa y papá apareciera en una actividad que no fuera un oficio o profesión, manejando o esperando la comida en la mesa?El texto escolar es uno de los principales transmisores de los valores básicos sobre los que se construye la personalidad del niño y uno de los responsables de las herencias patriarcales transmitidas durante años.Ahora, cada vez se está incorporando más la realidad en los textos para el aula, sin importar cuán dura sea ni la edad de los chicos a los que están dirigidos. La mayoría de los libros propone actividades como marcar con una cruz quién prepara la comida, limpia, lava los platos o arregla las cosas rotas en la casa.En 1968, María Elena Walsh escribió un texto innovador. Por primera vez aparecía en un Manual de Estrada una mamá que trabajaba fuera de su casa. “Desde principios de siglo y durante más de 70 años los mensajes de los libros se mantuvieron prácticamente inalterables, aun cuando reflejaran una sociedad que poco tenía que ver con lo que los chicos veían en sus casas. A principios de los años 80 se produjo una revolución y aparecieron las madres que trabajan, los chicos que viven con un padre solo y terminaron las conductas preasignadas a chicas y varones”, explicó la investigadora Catalina Wainerman.
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