
De nada sirve escaparse del tedio con actividades inútiles. Prestar atención a los tiempos muertos puede ser el punto de partida de tus mejores ideas.
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Por Laura Marajofsky
La sensación es conocida y reconocible, una mezcla de pesadez, impotencia y fastidio. ¿Cuándo fue la última vez que te aburriste? Parece una pequeña cárcel de la que fuimos entrenados a escapar con tanta exigencia que casi hemos olvidado cómo se siente. ¿Cuándo fue que no buscaste la dispersión mirando sin atención tu teléfono celular?
“Vos necesitas aprender a no aburrirte tan rápido”, escuchamos una y otra vez durante la infancia, cuando pasábamos tardes enteras evitando la siesta. Como si tuviéramos la culpa de que algo no sea estimulante, como si ser inquietos fuera una desventaja. Luego nos hicimos adultos y, con la edad, nos volvimos expertos en estar ocupados: el aburrimiento se transformó en un deseo, un sinónimo del tiempo libre.
Sin embargo, la mala fama todavía alcanza al tedio. Un adulto que se aburre, que tiene el tiempo para hacerlo, parece ir en contra de la naturaleza moderna. La buena noticia es que la ciencia viene a decir otra cosa. Desde hace al menos una década, numerosas voces apuntan hacia lo que ahora nos parece evidente: la mala fama del aburrimiento es injustificada.
¿De qué hablamos cuando hablamos de aburrimiento? En 1986, dos psicólogos de la Universidad de Óregon, Richard F. Farmer y Norman D. Sundberg, crearon la escala de aburrimiento (la Boredom Proneness Scale) para distinguir los casos episódicos de los crónicos, estos últimos ligados con la depresión. Encontraron que el más común es el aburrimiento situacional, que deriva de circunstancias que no logran mantener nuestra atención. En el otro extremo, el aburrimiento existencial se manifiesta como una insatisfacción con aspectos profundos de nuestras vidas. Otras dos divisiones son el tedio por saciedad –cuando obtenemos demasiado de algo y nos saturamos– y el aburrimiento creativo, aquel que buscamos para dejar volar nuestra mente.
Resulta casi imposible hablar del aburrimiento sin mencionar otro concepto emparentado, también recibido con ambigüedad en nuestra cultura hiperactiva y poco propensa a la introspección: el ocio. “Es una de las actividades más importantes de la vida, algo que se ha convertido en un arte perdido”, se lamenta Andrew Smart, autor del libro El arte y la ciencia de no hacer nada. El piloto automático del cerebro. Lo cierto es que en los últimos años, a medida que se ha comenzado a entender el propósito del aburrimiento, también hemos empezado a ver el ocio bajo otra luz. El tiempo libre está siendo redefinido gracias a sus aportes en salud, creatividad y productividad.
¿Para qué nos aburrimos? Las disquisiciones sobre su utilidad han encontrado defensores históricos como Bertrand Russell, Susan Sontag o Joseph Brodsky. Un estudio reciente de la revista Nature reveló el impacto directo que la disponibilidad ociosa tiene en la consolidación de la memoria, la atención y la concentración. A su vez, en la manera en que el cerebro percibe la realidad y organiza la información. Cuando nuestras mentes no están ocupadas, también están trabajando.
Otra manera de pensar el aburrimiento es tal y como se siente el dolor: casi nunca se trata de una experiencia placentera, pero reviste de una gran utilidad. Al igual que el dolor –que funciona como mecanismo de alerta ante el daño corporal–, cuando nos aburrimos le informamos al cerebro que lo que estamos haciendo es poco satisfactorio, y así nos impulsa a movernos para intentar evitarlo.
“Se trata de una respuesta adaptativa frente a determinados estímulos internos y externos. Con el aburrimiento se facilitan procesos de cambio y transformación. Despierta la curiosidad, la iniciativa y la exploración de nuevos intereses. Es un espacio considerado por muchos como uno de los mejores escenarios para agudizar la imaginación y el ingenio”, afirma Guillermo Ribon, profesor de la licenciatura en Psicología de la Fundación UADE. En su libro Aburrimiento, una historia animada, el pensador Peter Toohey también lo examina desde una perspectiva evolutiva y explica que, “en un abordaje darwiniano, el aburrimiento parece estar diseñado para ayudarnos a florecer”.
El aburrimiento tiene un contexto. Para los astronautas, por ejemplo, es una mala palabra. En Japón, donde existe la connotación de que el empleo de por vida en la misma compañía es la norma y los despidos masivos son algo tabú, muchas corporaciones utilizan los “cuartos del aburrimiento” –oidashibeya– para hacer saber a los empleados que ya no son necesarios. Los casos extremos demuestran cuánto hemos aprendido a maltratar el tedio.
El ejercicio que parece imponerse, entonces,es reconocer el valor del sentimiento y disociarlo de la experiencia en sí. Algunas situaciones tienen que aburrirnos y hasta es necesario que así sea, ya que puede ser el comienzo de algo bueno. La próxima vez que el reloj se detenga y te cueste concentrarte, cuando tu mirada se pierda en una mancha de humedad y te encuentres pensando en cualquier cosa, recordá que no estás perdiendo el tiempo: es el aburrimiento tratando de decirte algo.






