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Grandes Esperanzas

Embarazada, sufrió un ACV mientras dormía, quedó paralizada y cambió su destino

Carina Durn
(0)
23 de agosto de 2019  • 00:14

Verónica Mestre estaba feliz por su embarazo, que había planificado con mucho amor. Emocionalmente, sin embargo, se sentía inestable, como en una montaña rusa de sensaciones incontrolables y encontradas. Por aquellos días trabajaba en un espacio que le oprimía el corazón hasta ahogarla, "estaba lejos de mi profesión y hacía tiempo que esa condición me angustiaba mucho".

Una noche del 2014, mientras dormía, llegó lo inesperado, un accidente cerebro vascular que la sorprendió sin previo aviso. La joven despertó sin sentir su pierna izquierda, situación que se extendió a su brazo y, de pronto, se dio cuenta de que no podía caminar. "Fue desconcertante", recuerda, "Llamamos al servicio de urgencias y nos dijeron que podía ser un calambre por el estado avanzado del embarazo (33 semanas), pero mi marido, Mariano, no se quedó conforme y se comunicó con el obstetra, quien nos envió al sanatorio inmediatamente".

ACV hemorrágico, le dijeron ante su mirada desorientada, que delataba que era incapaz de asimilar la gravedad de las noticias. Comenzó de inmediato con una rehabilitación en su ciudad, Rosario, pero lejos de tomar consciencia, Verónica dejó que los días transcurrieran sin conectarse plenamente con sus emociones, aquella angustia que arrastraba, y con el hecho de que su cuerpo no le respondía, algo que pronto se haría sentir con mayor intensidad. "A pesar de no poder caminar ni mover mi brazo, hasta que no nació mi hija no pude incorporar realmente lo que me había ocurrido", confiesa. "Después se hizo cuesta arriba. Fue duro porque empecé a cuestionarme el por qué me había pasado y estos pensamientos me provocaron mucho dolor interno y culpa por no haber podido disfrutar de mi embarazo".

Verónica y Mariano.
Verónica y Mariano.

Una nueva realidad

El nacimiento había sido programado para la semana treinta y siete, y durante el último mes la futura madre permaneció internada en varias ocasiones, tenía un coágulo de 6 cm en el cerebro y apenas podía levantarse. Inmersa en sentimientos contradictorios, mezcla de alegría inmensa, miedos comunes y aquellos otros nuevos que habían llegado de la mano de lo impensado, Verónica arribó al día del parto lista para que le practicaran una cesárea. "Fue con anestesia total, porque no querían arriesgarse a punzar. La beba nació perfecta, aunque un poco dormida, y estuvo dos días en neo", rememora profundamente conmovida.

Los días, las semanas y los meses que le siguieron al nacimiento de su hija finalmente la terminaron por conectar con todo aquello que le había sucedido; con la gravedad, con la impotencia, con la angustia y con el hecho de que había estado en riesgo su vida y la de su beba. Pudo sentirlo todo en cada movimiento trunco, cuando se veía imposibilitada a cambiar los pañales y la ropita, ni levantar a su pequeña para calmarla y mimarla. "Fue durísimo. Me la alcanzaban para darle el pecho, algo que por fortuna fue posible".

El tiempo transcurrió lento y acelerado entre numerosos estudios y una ardua rehabilitación. Paso a paso, muy de a poco, las sensaciones en su pierna regresaron con más fuerza, luego las de su brazo, y Verónica no pudo de dejar de maravillarse por recuperar, aunque sea un fragmento, de aquello que durante toda su vida había dado por sentado. "Fue poner todo de mí, pero sé que si no hubiera sido por mi marido, mis padres, mi obstetra Eduardo Reviglio y mi ginecóloga Andrea Reviglio, todos seres humanos cálidos e incondicionales, no hubiera podido".

Verónica, su hija y volver a sonreír.
Verónica, su hija y volver a sonreír.

Vivir plenamente

Hoy, sin secuelas, con un coágulo que se fue reabsorbiendo por sí mismo, análisis perfectos y un alta del neurólogo sin explicación médica, Verónica repasa su experiencia impregnada de nuevos aprendizajes, propios de aquellas circunstancias de vida que nos interpelan en las fibras más ocultas y nos cuestionan cómo estamos viviendo. Sucesos inesperados que funcionan como despertadores e impulsores de interrogantes fundamentales: ¿Estamos atendiendo nuestras angustias? ¿Escuchamos a nuestro cuerpo? ¿Trabajamos cada día un poco más por aquello que verdaderamente nos brinda bienestar?

"A todas aquellas personas que atraviesan un momento difícil les digo que se aferren con fuerza a la vida, a través de la fe o de lo que crean, que luchen con garra hasta las últimas consecuencias, hay que pelearla, no queda otra, luego llegan los aprendizajes. Mi experiencia me enseñó que la vida son momentos, y esos momentos - los plenos- hay que aprovecharlos al máximo; hay que valorar cada pequeño instante, cada minuto que compartimos con la familia, amigos y seres queridos. Aprendí a tomarme con humor todo lo duro que nos tocó vivir; el humor, sana. Y el cambio más significativo que me obsequió el ACV y sus consecuencias físicas y emocionales, fue que me animé a hacer las cosas que me gustan y ejercer mi profesión como profesora de lengua y comunicación. Entendí que nunca debemos postergar nuestros sueños para mañana", concluye emocionada.

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Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar .

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