
Empezar por la magia
Los autos son los artefactos más parecidos a sus creadores, pero pueden convertir a personas esmirriadas en furiosos trogloditas
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Desde la mitología griega nos llega la historia de Faetón, hijo del Sol y Clímene. Su madre le ocultó quién era su padre hasta que Faetón alcanzó la adolescencia. Entonces le fue revelado el secreto. Faetón pidió una prueba de paternidad, un signo que le permitiese estar seguro de que el Sol era su padre. Y al igual que luego harían millones de granujas nada mitológicos, le pidió prestado el carro: el auto del Sol. El Sol, poderoso y rutilante, titubeó, pero aflojó. Y allí salió Faetón a surcar los senderos marcados en la bóveda celeste. Rompió las reglas y se lanzó a toda marcha. Rebanó las montañas, desnucó árboles, hizo picadas, casi incendia la Tierra. Se elevó tanto que alteró a los bichos del Zodíaco y molestó a los astros, que recurrieron en queja al progenitor. El Sol, furioso, sin esperar sentencia del Tribunal de Faltas, mandó fulminar a Faetón. Sus hermanas, las Helíades, lloraron su muerte de tal manera que se convirtieron en álamos, para poder resistir la humedad de sus copiosas lágrimas.
Los europeos llamaron Phaeton a los carruajes de cuatro ruedas con o sin capota, tirados por caballos, y luego a los automóviles en cuyo interior hubiese dos filas de asientos mirando hacia el frente. No fue ésa la única herencia de Faetón. También un presagio: el auto-carro-vehículo siempre estaría ligado a sucesos transgresores.
Los automóviles son los artefactos mecánicos de diseño humano, más parecidos a sus creadores. Tienen aparatos circulatorios, centros nerviosos, aparatos digestivos, toman y desechan líquidos, roncan, se ahogan, tosen, guiñan. Se someten a rayos X, operaciones o trasplantes. Convierten a personas esmirriadas en furiosos trogloditas. El auto puede ser leal o rebelde, servidor furioso, matador desalmado, pero incapaz de sentimiento alguno que no le sea instalado.
Ya se trate del hijo de un ciudadano cualquiera o del ilustre descendiente del mitológico personaje caliente como ninguno, el auto altera al más pintado y a su comando algunas estructuras mentales se bifurcan. El auto encierra muchos significados: algunos lo bendicen, otros lo odian y consideran un arma; para unos es expresión de libertad y para otros, culpable de la mayor polución planetaria escupiendo por sus negros escapes, gases malignos y asesinos, expulsando a los aires comunes el 87% de la energía que consume.
El auto es un recinto privadísimo en el que todos creen estar aislados, separados, ocultos. Donde la infalibilidad culposa supera todas las previsiones. Y al que la teconología más avanzada quiere acudir presurosa para proteger a sus conductores con bolsas de aire, direcciones deformables, parabrisas que se autodesprendan ante un golpe, combustibles no inflamables, spray antisueño que accionen automáticamente ante los primeros signos de somnolencia registrados por la computadora de a bordo. Autos con rayos infrarrojos para detectar interferencias físicas en las nieblas más cerradas. Espejos retrovisores reemplazados por minicámaras de televisión de 180 grados, radares que mantendrán prudente distancia entre coche y coche. Faros giratorios, carteles de ruta inmateriales mediante hologramas, neumáticos inexplotables. Radiotransmisores. Las ruedas podrán llevar los autos hacia los costados, revolviéndose en sus ejes. Los techos serán corredizos y retráctiles. A mediano plazo tendremos autos híbridos que se desplazarán a nafta y electricidad, reduciendo los escapes, y con el tiempo cambiarán la geopolítica mundial cuando el petróleo no sea la única alternativa.
Pero seguirá estando en manos y gestos de los conductores la solución de angustias y consecuencias espantosamente irremediables.
Ama a tu prójimo. Levanta la mano en cada encuentro fortuito, cede el paso y sonríe.
Pruébalo. Es mágico.





