
¿En qué país vivimos?
Más allá de la indignación y el fastidio, los argentinos parecen sumidos en la perplejidad ante una crisis con escasos antecedentes
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Desde hace semanas, y como si fueran personas, los acontecimientos se despedazan entre sí, se devoran unos a otros, casi como las pocas certezas que van quedando e igual que los presidentes.
Parecería que la característica es que nadie sabe con exactitud qué sucederá, ni cómo, ni cuándo, ni con quién, ni a qué hora, y mucho menos a qué costo. Si nos dejáramos guiar por los cacerolazos (que hoy, seguramente, valen más que mil palabras), si nos atuviéramos al nivel de bronca acumulada en las colas de los bancos o si confiáramos en la dimensión de los encendidos mensajes que inundan Internet, podría suponerse que nos encontramos en un estado prácticamente preinsurreccional. Sin embargo, el diagnóstico más firme tiene que ver con la incertidumbre.
¿Cuántos días-dinero ocuparon recientemente nuestras cabezas? ¿qué cantidad de horas-banco integraron nuestra agenda cotidiana en este verano? Asimismo, el promedio de interrogantes de nuestro ser o no ser nacional se desplomó dramáticamente.
Algunos de los fascinantes interrogatorios que nos tocó discernir fueron: ¿tarjeta de crédito o cheque cancelatorio? ¿Tarjeta de débito o chequera? ¿Colchón o caja de seguridad? ¿Pago o no pago? ¿Moratoria o convocatoria? ¿banco afuera del país o prestamista? ¿dedos en la morsa o balazo en los testículos? En vísperas de la cruenta guerra civil en España, uno de sus pensadores más lúcidos diagnosticó la oscuridad del rumbo inmediato de sus compatriotas.
Fue entonces cuando José Ortega y Gasset acuñó una expresión para la posteridad que aún sirve para argentinos desorientados y doloridos de esta época: “No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa”.
“No sé en que país vivo”, escuché decir a una víctima del default. Y es cierto: la Argentina, mucho más que en otras ocasiones, se ha quedado sin reglas. Con el agravante de que, esta vez, también se quedó sin precios, sin planes alternativos, sin ventas, sin remedios, sin efectivo.
Hoy es difícil distinguir entre la desobediencia civil y el rotundo fracaso de políticas económicas neoliberales consideradas una salvación absoluta a principios de la década del 90.
No sabemos dónde ponernos. No sabemos qué es lo que mejor nos vendría. El efecto corralito originó un sorprendente empate social que colocó en la misma lona a todos y a cada uno.
A gente con plazos fijos y gente con mucho hambre atrasado; gente encapuchada y gente con la cara descubierta; gente en auto y gente de a pie; gente con créditos en dólares y gente que jamás vio un dólar; gente del campo y gente de la ciudad; gente que salió a la calle y recuperó antiguas prácticas militantes y gente que jamás antes había salido a la calle; gente preocupada por más de diez días de feriado bancario y cambiario, y gente que vive con menos de diez pesos diarios; gente hasta ahora bastante pasiva y gente pasiva que siempre demostró actividad; gente pesificada y gente dolarizada; gente de barrios y gente de pueblos; gente inundada y gente sin agua; gente indignada e indigentes.
Gente completamente distinta, pero con algo en común: arrastrando alguna clase de reclamo pendiente al país, a los gobernantes, a las empresas, a los empresarios, a los políticos, a los partidos, a los poderes, al mundo y a ellos mismos, vale decir, a nosotros.
Gente con mucha rabia y frustración acumuladas que desconoce casi todo, pero al menos sabe que si hay algo que no quedan, son los salvadores mágicos, ni internos ni externos. Y que esto que pasa, y que no queda bien claro qué es, nos tocará arreglarlo, sólo y únicamente, entre nosotros.
En cualquier sitio del mundo una crisis puede ser larga o corta, puede significar amenaza y peligro, exclusión y perplejidad, inseguridad y daño. Aquí y ahora es todo eso, junto y sumado, y mucho más todavía. Y no le da oportunidad a nadie. ¿Habrá alguna ocasión propicia de sentirse un poquito mejor? No lo sé. Pero me parece que justo en este momento en que todo parece perdido, a punto de perderse, o de ser recuperado en comodísimas cuotas en el 2003, en el 2004 y en el 2005, deberíamos buscar tinglados de resistencia: ¿serán la cultura, el arte, la solidaridad, los sueños imposibles, la imaginación, el pensamiento, la reflexión colectiva, la familia, el amor, las pasiones, aquello que nos ayudará a no achicarnos todavía más, a enfrentar con ciertas y calculadas posibilidades la derrota, a poder pensar que no terminarán de convertirnos en un ruido indescifrable, en una perpleja fractura, en una insípida mueca?






