En una partida de cartas, ganó un lugar en un pueblito costero que hoy buscan los viajeros atrevidos y amantes del buen comer
En una mesa de juego, cuando se es a todo o nada, una grata sorpresa puede dar inicio a algo más que la alegría de ganar.
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Era tarde por la noche. Una de esas que el frío no te deja salir ni para oler el fresco. Las copas y las cartas llevaban muchas horas rondando. Allí estaban un tal Morán, dueño del Hotel España, originalmente construido en 1903 con vista a la plaza, sobre la calle Sarmiento en la sureña Camarones (en la provincia de Chubut) y el propietario del bar de la calle San Martín, al que el tiempo le borró el nombre.
Las partidas eran cada vez más subidas de tono, en apuestas y en debate lingüístico entre los jugadores. En los bolsillos el tute cabrero ya no había dejado nada. Solo le quedaba al local el bar y, al visitante, el hotel. Decidieron ir a una última mano apostando las propiedades. La partida se definió a favor del hotelero. El bar había cambiado de dueño.

Rodar hasta el destino final
El triunfador decide que quiere trasladar la propiedad obtenida para anexarla su hotel. Como si en esos destinos que la inclemencia del tiempo entrena para cualquier faena y todo fuera posible, el “Gringo Travinski”, que en verdad se llamaba Félix Suitex, sugiere atravesar troncos de palma por debajo del piso de tirantes y madera del bar para hacerlo rodar. Luego habría que arrastrarlo tirado por dos camiones, propiedad de los Elgorriaga.
“Para el traslado demoraron una semana. Cada noche estuvo regada por guitarra, fiesta y más partidas de naipes”, relata Silvia Giménez, guía local y ciudadana adoptiva del pueblo que te contagia el entusiasmo genuino de estar allí.
En 1943 adquiere esta propiedad Manolo Cancelas, hijo de otros pioneros de Camarones de origen español, José y su madre Carmen Pérez Torres quienes llegaron a Camarones en 1904. Habilita primero el bar España y más tarde el comedor alojamiento. El último heredero, Daniel Cancelas, murió hace poco tiempo. Después de muchas vidas, en 2010 se convierte en Alma Patagónica.

Mar del Plata y Córdoba unidas en una cocina
Mara Capdevila y Ariel Giorgetti llegaron por separado a Camarones. Ella, desde Carlos Paz, Córdoba, fue acercándose al pueblo por etapas. Hace 17 años su primera ocupación fueron las clases de inglés en la escuela local. Ariel es de Necochea y está especializado en redes artesanales de pesca. Tenía su taller en Mar del Plata y viajó a Camarones para asistir a sus clientes.
Mara ya tenía el hotel y con ayuda de su padre había abierto el restaurante. Provenía de Comodoro Rivadavia, recién separada con un hijo pequeño, empezar de nuevo le resultó más sencillo en un sitio más pequeño como Camarones. Cuando Ariel necesitó alojamiento y se hizo habitué del restaurante en uno de sus viajes, se conocieron.
“Nos convertimos en restaurante porque el pueblo necesitaba un lugar donde tomar un café y pasar un rato -cuenta Mara-. Pero como tenía experiencia de mi época en Córdoba sobre turismo receptivo, decidimos enfocar la propuesta en los viajeros, sin abandonar a la gente del pueblo. Creemos que Camarones tiene alma rural, de esos arrieros que llegaron con sus ovejas a poblar la Patagonia en las estancias, alma Tehuelche, que es la inicial y alma marina, con el fuerte protagonismo del mar y sus marineros”.

Empezar a ponerle espíritu
En los comienzos casi solitarios de Mara, la cocina de Alma Patagónica era sencilla, simple, con preparaciones clásicas y caseras. Cordero, claro, y la pesca en todas las formas que la costa cercana ofrecía. Con la llegada de Ariel, que tenía mucha experiencia en cocinar pescado, le dio una vuelta de rosca a los sabores. “Estos nuevos platos son los que estamos haciendo -sigue Mara- con esa salsa que la gente prueba y dice “¿qué tiene?”. Esa personalidad que caracteriza a nuestra cocina hoy la puso Ariel y fue un cambio tremendo”.
El epicentro gastronómico sureño que queda lejos de casi todo, se convirtió en una tentación. Casi una escapada voluntaria para ir a probar gracias al boca a boca que transformó en solicitado un sitio que estaba destinado a los viajeros atrevidos y a los locales con ganas de algo diferente. Hoy en la cocina está Ariel todo el tiempo, con ayuda de Pamela. Las recetas son casi todas de él, aunque algunas de los orígenes de Mara siguen allí, elegidas como la primera vez. Sin embargo, esa maravillosa salsa de crema de limón es de Ariel y esa provenzal, que no es provenzal, pero a la que llaman como tal, también le pertenece.

Es imposible pasar por allí y no probar el salmón blanco. Camarones es la capital de este pez. Lo preparan con distintas salsas. El que se sirve con la mentada crema de limón llega a la mesa con unas papas horneadas y pimentón, sabores simples pero que, basados en los buenos ingredientes y la preparación inteligente, otorgan una experiencia distinta. “Las salsas que elegimos son suaves -explica Ariel- porque así se puede sentir la frescura de los pescados”.
Tampoco se puede despreciar un buen plato de langostinos de calidad de exportación. Es Camarones uno de los muy pocos lugares del mundo en el que el langostino se alimenta naturalmente. Se lo conoce como el langostino salvaje patagónico y tiene un sabor muy diferente al que se come en otros sitios. En el restaurante de Mara y Ariel se cocinan en el momento, “hay que tener paciencia y esperar porque el plato que vos pedís se va a cocinar especialmente para vos, no está cocinado de antes”, dice Mara.

Patagonia siempre es sinónimo de cordero. Ariel prepara un estofado especiado que se ha transformado en el preferido de los locales. “Estos últimos años ha aparecido otro protagonista: el pulpo -relata Mara-. El que tenemos en nuestra costa se llama pulpo dormilón, un poquito más grande que el que se encuentra en Las Grutas y en Puerto Madryn. Se sirve con una salsa suave y una gama de verduras asadas de estación”.
En el menú apuestan a la experiencia en los sabores genuinos. Seducen al cliente que suele dejarse llevar por la recomendación de la casa. “La comida en Alma es también la mesa -sigue Mara-. El cocinar en el momento también ayuda a dejar salir la charla. A los visitantes los ponemos al tanto de las historias locales, pero también nos gusta escuchar las historias de la gente, es otra manera de viajar”.

Un reencuentro
Inquietos, solícitos, afables, enamorados de su lugar y comprometidos con una nueva forma de crear actividades turísticas, se abocaron a un nuevo proyecto.
La reserva provincial Cabo Dos Bahías abarca 160 hectáreas de estepa patagónica en el Departamento de Florentino Ameghino, es una breve entrada del mar donde ingresan los veleros y donde tuvo origen la Fiesta Nacional del Salmón. Allí la playa es muy particular ya que el agua no tiene oleaje y eso la convierte en un paraje elegido para los amantes de las experiencias en kayak o para los pescadores.
“El turismo que llega es el de contemplación, al que le gusta lo agreste -dice Guillermo Paats Corradini de Terra Valdes, un creador de experiencias personales para viajeros y que es de los poquísimos que llegan a este paraíso-. El turismo extranjero suele buscarlo por ser un destino poco conocido, menos contaminado y menos populoso”.
En ese espacio, en Caleta Sara, comenzaron a preparar lo que llaman “refugio de mar”. En la puerta de acceso norte del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral, en el marco del proyecto Patagonia Azul de Rewilding Argentina, donde se intenta ampliar la protección ambiental y trabajar en la restauración de los ecosistemas marinos, e impulsar una nueva economía restaurativa, Mara y Ariel están recuperando una tradición local que quedó abandonado por mucho tiempo: el que fuera el Club Náutico YPF.

“Estamos promoviendo el turismo marino y la producción regenerativa -explica Mara-. Nos encontramos montando un alojamiento confortable y totalmente autosustentable, capaz poner en valor el entorno maravilloso que tiene ese lugar, que es toda una experiencia”. La idea es impecable: estás dentro de una reserva, con una tranquilidad maravillosa, donde los únicos ladrones son los pajaritos que te roban las miguitas del pan y te invaden la mesa. “Vamos a hacer un restaurante que se va a llamar “La despilchada” y allí vamos a hacer dos o tres menús muy básicos donde puedas comer algo de pescado, por supuesto, cordero que no va a faltar y algún plato vegetariano o pastas”, señala Mara.
Para alojarse hoy hay unos containers que están equipados con unas camas y ropa blanca, y afuera baños tipo camping con duchas. El lugar cuenta también con un sector con fogones para hacer un asado y hay un quincho muy rústico, pero pintoresco, donde si hay viento o está un poquito lluvioso es posible refugiarse y hacer un asado maravilloso con la vista a la caleta que es toda una foto.

“Para visitar ese lugar hay que tener en cuenta que estamos en el medio del campo y por lo tanto no va a haber internet ni electricidad -advierte Mara-. Nosotros nos alimentamos con energía solar- Tal vez podés cargar un celular y sacar fotos. Subiendo a alguna loma logramos tener señal de teléfono”.
Este es un espacio con un encanto difícil de narrar. En un camino hacia la Patagonia auténtica del pasado, de los pioneros. Una esencia a la que algunos vienen apostando a revalorizar en Camarones y sus alrededores. “Acá te podés conectar realmente con la naturaleza y con las cosas simples de la de la vida, en un pueblo marítimo, costero y estepario de una belleza muy hermosa. Si venís vas a tener que conectarte con vos y con la naturaleza. Una experiencia maravillosa y totalmente saludable”, concluye Mara.
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