
Entre errores grandes y pequeños
Los cambios socioculturales ocurren a tal velocidad que hoy no sabemos para qué sociedad tenemos que preparar a nuestros hijos. Pero no cabe duda de que en cualquier situación van a necesitar fortaleza interna, confianza en sus recursos personales y experiencias variadas dentro de las que incluyo haberse equivocado y haber pagado consecuencias por esas equivocaciones.
La toma de decisiones y la evaluación de riesgos son dos herramientas fundamentales para cuando nuestros chicos se alejan un poco de casa, pero no aparecen mágicamente ni por el solo hecho de crecer, aprenden a hacerlo cuando desde muy chiquitos los preparamos para ello: cuando retiramos del pecho al bebe de cinco meses que nos muerde o bajamos al piso al niñito que nos pegó estando en brazos. Así, en ejemplos cada vez más complejos, a medida que crecen van aprendiendo a decidir, a saber lo que ocurre cuando se equivocan, a evaluar las alternativas posibles antes de tomar una decisión, etcétera.
Errores y equivocaciones son inevitables, y son el resultado de algunos de los ensayos que hacemos en la vida. Todos nos equivocamos, aunque preferiríamos no hacerlo, y lamentablemente inculcamos a nuestros chicos la exigencia de hacer las cosas bien, y castigamos los errores que son parte natural del proceso de aprendizaje.
De ese modo los chicos aprenden a callarse la boca ("¿para qué levantás la mano si vas a decir esa pavada?", podría acotar su maestra si se animara a responder), a no contestar salvo que estén muy seguros, a no intentar descubrir nada para no arriesgarse a equivocarse. Pero pierden oportunidades de pensar, de evaluar sus decisiones, de descubrir el porqué de sus errores; incluso de darse cuenta de cuántas veces saben ya que no se animan a intentar por el miedo al error.
Resulta que los chiquitos cometen errores pequeños con consecuencias leves cuando están cerca nuestro, y en cambio los adolescentes cometen errores grandes que pueden tener consecuencia serias, y eso seguramente ocurra cuando estén lejos de nosotros. No podemos esperar hasta que crezcan para formarlos en estos temas.
El problema no está en equivocarse, sino en lo que hacemos cuando eso ocurre: si yo no acepto el error como parte del proceso inevitablemente voy a buscar un culpable, y no voy a poder capitalizar ese error para aprender qué me llevó a eso, qué otra cosa podría haber hecho, qué no tuve en cuenta, qué concepto equivocado tengo del tema, etcétera. Los chicos aprenden de los adultos a ver los errores como algo tremendo o temible; también a negar, a acusar a otro, a no arriesgarse a responder por miedo a equivocarse. Por eso lo primero que tenemos que revisar es cómo es nuestra relación con las equivocaciones, primero las propias y después las de nuestros hijos.
Los psicólogos decimos que el pensamiento adolescente es omnipotente ("¡a mí no me va a pasar nada!"). ¿Cómo no va a serlo si cuando eran chicos los convencimos de que mamá y papá sabíamos y resolvíamos todo? Lo hacíamos porque no queríamos verlos sufrir, pero de esa forma los convencimos de su omnipotencia infantil. No estudiaba para el dictado y mamá mandaba una nota diciendo que no había podido estudiar, por lo que no se lo tomaban y no se sacaba una nota baja; se olvidaba el protector bucal y se lo llevábamos para que el "pobrecito" no se pierda el intercolegial.
El adolescente necesita haberse equivocado muchas veces en la infancia y haber descubierto el valor de esos errores para aprender, y también a conocer los límites de su omnipotencia infantil a partir de sus errores, de modo que cuando les llegue la omnipotencia adolescente (sólo con cierta dosis se animan a dar el gran salto a crecer) ésta sea un poco más realista, acotada por las experiencias pasadas.
La autora es psicóloga y psicoterapeuta
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