“Era un nazi convencido”: el diseñador que salvó su fábrica textil haciendo los trajes de las SS
Hace más de 140 años, nació Hugo Ferdinand Boss un empresario de la moda con un pasado difícil de olvidar
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La marca es sinónimo de elegancia y lujo. Sus diseños de un estilo inconfundible, visten desde hace décadas a ejecutivos, celebridades y miembros de la realeza. Sin embargo, no siempre fue así. Hubo una época en la que sus prendas no irradiaban glamour, sino miedo. Muchas antes de convertirse en un ícono de la moda, Higo Boss estuvo vinculado a uno de los capítulos más oscuros de la historia: la confección de los uniformes para el ejército nazi.
Hugo Ferdinand Boss nació el 8 de julio de 1885 en Metzingen, en el sur de Alemania. Era el menor de los cinco hijos de Luise Münzenmayer y Heinrich Boss, un matrimonio de clase media. Durante su juventud, se formó como comerciante y más adelante empezó a trabajar en una fábrica textil en Konstanz.
Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, Boss tenía 29 años y fue reclutado para luchar en el ejército alemán. Pasó los siguientes cuatro años en el frente. Durante ese tiempo, su vida profesional quedó completamente detenida y, como le sucedió a muchos de su generación, la experiencia en el combate, dejó una huella profunda en su carácter y su manera de ver el mundo.
Al finalizar el conflicto bélico, Boss fue dado de baja con el grado de cabo, el mismo que recibieron otros soldados alemanes al regresar a su casa, como fue el caso de Adolf Hitler, cuya figura apenas empezaba a conocerse.
Al regresar a Metzingen, Boss volvió a dedicarse al comercio. En 1924, decidió asociarse a dos comerciantes locales, Albert y Theodor Bräuchle, para dar un paso más grande: fundar un pequeño taller de confección. La idea era práctica y ajustada a las necesidades de ese momento: producir impermeables, uniformes para la policía, prendas de trabajo para la industria, ropa deportiva y vestimenta para los empleados del correo. Aunque el negocio empezó de manera modesta, con el tiempo y a fuerza de constancia, llegó a emplear a unas treinta personas.
En ese entonces, Boss mantenía relaciones comerciales abiertas y diversas. No parecía tener reparos ideológicos al momento de elegir a sus colaboradores. Entre ellos, había sastres judíos y con ideas cercanas al comunismo, como la familia Herold, que años más tarde sería asesinada en Rusia. Mientras tanto, su empresa seguía creciendo y se consolidaba en el rubro.
La crisis económica golpea Europa
Pero, la estabilidad se quebró en 1929, cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos golpeó con fuerza a Europa. Todas las industrias se vieron afectadas y el taller de Boss no fue la excepción. Con la baja de las ventas, Boss no tuvo otra opción que comenzar con los despidos. En 1931 la empresa estaba al borde de la quiebra.
Frente a ese panorama desolador, tomó dos decisiones que marcarían el futuro de su empresa. Por un lado, para mantener en funcionamiento la fábrica, se endeudó comprometiendo activos. Por otro, se afilió al Partido Nacional Socialista Alemán, que en ese entonces estaba creciendo en popularidad. Esa afiliación le abrió las puertas a nuevos contratos y oportunidades en un sistema que se estaba consolidando. Uno de los primeros encargos significativos fue la confección de camisas marrones, el uniforme característico de las Juventudes Hitlerianas. A partir de ese momento, su negocio entró en una nueva etapa. Fue una alianza que marcó un antes y un después en el rumbo de la empresa.
Los uniformes y el mito
Para comienzos de los años 30, el Partido Nazi había conseguido un mayor apoyo popular y se convirtió en el grupo con mayor representación en el Parlamento alemán (el Reichstag). En 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, el partido empezó a transformar profundamente el país. La imagen y la disciplina se volvieron centrales y el uniforme pasó a ser un símbolo de identidad.
En ese contexto, Boss comenzó a confeccionar uniformes para las SS, las SA, las Juventudes Hitlerianas y el ejército alemán. Para ese tiempo, el uso de uniformes no era un detalle menor. Eran una herramienta de control y un signo de pertenencia. Cada grupo tenía su diseño, color y emblema, cuidadosamente seleccionados.
Durante mucho tiempo se creyó que Boss había diseñado los uniformes del régimen, pero esa idea forma más parte de un mito que de la realidad. Boss no fue el creador de los modelos, sino que su empresa se encargó de fabricarlos, como lo hicieron muchos otros talleres que trabajaron para el Estado en aquel tiempo. El diseño de los uniformes estuvo a cargo de Karl Diebitsch y Walter Heck, dos figuras vinculadas directamente al partido. El primero era oficial de las SS y el segundo un diseñador gráfico, miembro del partido nazi desde los primeros años.
Crecimiento de Boss durante el nazismo
Con los nuevos contratos, la fábrica de Boss amplió su producción, empleó más trabajadores y adquirió nuevas máquinas. A medida que Alemania se preparaba para la guerra, las necesidades del régimen crecían y también lo hacía el negocio de Boss.
Durante este tiempo, la empresa también comenzó a utilizar mano de obra forzada, una práctica común en muchas industrias del Tercer Reich. Entre ellos, hubo al menos 40 mujeres francesas que trabajaron cosiendo uniformes militares. Para 1944, la fábrica de Boss contaba con más de 300 empleados registrados, además de unos 140 trabajadores forzados polacos.
Las condiciones de trabajo eran duras. Las jornadas eran largas, el ritmo exigente y la alimentación escasa. Las instalaciones sanitarias también eran precarias. Para alojar a los trabajadores forzados se construyó un campamento en las inmediaciones de la planta. Según Roman Köster, investigador de la Universidad Bundeswehr de Múnich, quien estudió en profundidad el vínculo entre la empresa y el régimen nazi: “En algunos períodos, los niveles de higiene y el suministro de alimentos eran extremadamente inciertos”.
Sin dudas, el éxito económico de Boss durante estos años estuvo vinculado al régimen nazi. Y como muchos empresarios de su tiempo, él adoptó las ideas del nazismo, ajustó su fe a los valores del régimen y aprovechó los contratos oficiales para hacer crecer su empresa. Incluso muchos sostienen que llegó a mostrar con orgullo una foto suya con Hitler, aunque la imagen nunca apareció. Si bien no fue el único empresario que colaboró con el partido, su nombre quedó atado a esa etapa de la historia, aunque luego, la marca que fundó intentó por mucho tiempo despegarse de ese pasado.
“Está claro que Hugo Boss no sólo se unió al partido porque conseguía contratos para la producción de uniformes, sino también porque era un seguidor del nacionalsocialismo. Se ve claramente que era un nazi convencido”, dijo Koester.
La caída del Régimen
Hugo Boss murió en 1948, pocos años después del fin de la guerra. Para ese entonces, la empresa había comenzado a reorientarse, produciendo uniformes para la Cruz Roja. La dirección del negocio pasó a manos de su yerno, Eugen Holy, quien tomó distancia del pasado y apostó por construir una nueva identidad.
Bajo el liderazgo de Holy se sentaron las bases de lo que, años más tarde, se convertiría en el núcleo de la marca. En 1969, sus hijos -Jochen y Uwe, nietos de Hugo Boss- heredaron la firma y la llevaron más allá de las fronteras alemanas. A partir de los años 80, comenzaron con las licencias de perfumes, anteojos de sol, calzado, relojes, ropa infantil y artículos para el hogar. Poco a poco, Hugo Boss se consolidó como una marca de lujo internacional.
Con el paso del tiempo, la sociedad alemana empezó a revisar el papel que muchos empresarios tuvieron durante el nazismo y el papel de Hugo Boss salió a luz. Si bien después de la guerra había juzgado por su apoyo al nazismo, gracias a sus contactos, Boss consiguió reducir su condena y evitar consecuencias mayores. En ese momento, se lo presentó como un simple “seguidor”, una categoría ambigua que le permitió evitar mayores sanciones.
Fue entonces que la empresa encargó una investigación privada que confirmó los vínculos de Boss con el régimen nazi y el uso de trabajo forzado. En 1999, abogados estadounidenses que representaban a sobrevivientes del Holocausto, presentaron una demanda en los tribunales de Nueva Jersey contra Hugo Boss y otras empresas alemanas por el uso de trabajo forzado durante el nazismo. Como respuesta, en el año 2000 la firma se sumó al Fondo de Compensación para el Trabajo Forzado, destinado a indemnizar a quienes habían sido obligados a trabajar durante la guerra.
En mayo de 2025, con motivo del 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, la marca junto con otras grandes compañías alemanas, como Bayer, BASF, Siemens, Volkswagen, Lufthansa, reconoció públicamente su responsabilidad y pidió perdón.
“Hoy debemos reflexionar sobre cómo pudo suceder todo esto. La llegada al poder de los nacionalsocialistas en 1933 no habría sido posible sin el fracaso de los responsables políticos, militares, judiciales y económicos de la época. Las empresas alemanas contribuyeron a consolidar el régimen nazi. Muchas compañías y líderes de entonces se volvieron cómplices al anteponer sus propios intereses”, dice el documento.
“Como empresas alemanas, hoy tenemos la responsabilidad de mantener viva la memoria de los crímenes del periodo nazi. Estos crímenes nos recuerdan cuán frágil puede ser la democracia... La democracia vive de la participación y también de la disidencia. Requiere convicción y valentía. En 1933 y en los años posteriores, demasiadas personas guardaron silencio, miraron hacia otro lado y no dijeron nada. De ahí nace nuestra responsabilidad: con el pasado, con el presente y con el futuro”, finaliza.









