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Todos tenemos un minuto cero de nuestra conciencia, un instante en el que la memoria deja de ser un terreno baldío y fragmentado y se convierte en una creciente construcción humedecida de certezas. En mi caso, ese instante sucedió en 1979, con 8 años, cuando, al mismo tiempo que los Bee Gees sonaban hasta cuando abrías la heladera, Maradona alcanzaba su primer hito universal con el juvenil, alegrándonos, desde Japón, aquellas madrugadas silenciosas.
No bien Diego levantó la Copa me dediqué a hacer lo único que me importaba en ese entonces: ver fútbol local y esperar a que llegara el Mundial de España. Me imaginaba otra vez campeón, pero esta vez iba a ser plenamente consciente de la hazaña, no como en el 78, del que borrosamente recordaba los festejos. Aquel era un tiempo fabuloso: a los héroes del equipo campeón del mundo –Fillol, Passarella, Kempes– se les habían sumado un goleador feroz como Ramón Díaz y un Maradona hermoso, joven y sin tragedia. Todos ellos, incluido Kempes en 1981, jugaban en el fútbol local. Tanta belleza nos iba a hacer daño.
Ansioso, mitigaba la espera a base de capítulos de Batman y Robin, alfajores Bagley y la lectura de El Gráfico, mi biblia, en cuyas páginas me zambullía para conocer el mundo: me enteraba de que Alemania Federal tenía un delantero que amenazaba con liquidarnos (Jean Pierre Littbarski), o de que Polonia, con Lato y Boniek, era un enemigo de cuidado. Hasta Perú tenía un equipazo y eliminó a Uruguay en la clasificación. Recuerdo un título inolvidable de El Gráfico: "Vals peruano en el Centenario".
Encendí el Grundig de 14 pulgadas comprado por mi viejo en el Hogar Obrero y me dediqué a esperar. Cuando empezó el Mundial creí que había entrado en Disneylandia. La Guerra de Malvinas le adosaba una pátina de nacionalismo y exaltación a la gesta. Argentina defendía la Copa ganada cuatro años antes y además daba la cara por su historia, sus soldados y su territorio. Todo se mezclaba. Escuchábamos solo música nacional en la radio, y a partir de entonces, aun cuando disfrutáramos los discos de los Clash o The Police en casa, el que no saltaba era inglés.
Argentina jugó el partido inaugural porque era el campeón. El rival fue Bélgica, de quien se venía diciendo que era el nuevo cuco europeo. Tenían un arquero que parecía actor porno –Pfaff– y un delantero enorme cuyo apellido nunca supe pronunciar: Ceulemans. En las eliminatorias habían despachado a Holanda, subcampeón en los últimos dos torneos, aunque en declive tras el eclipse de su generación dorada. Pero aquel encuentro demostró que el rival de Argentina no era ni Bélgica ni nadie: era la propia Argentina. La comunión generacional no resultó –los egos en el fútbol argentino condicionan tanto como los pases mal hechos–, y el de Menotti fue un equipo dividido entre los campeones del 78 y los ídolos del futuro. Diego, que apenas emitió un murmullo de su genio marcándole dos goles a Hungría en el segundo partido, terminó con barba y expulsado, entregándonos, en esa claudicación temprana, la primera señal de que su destino estaría salpicado por la fatalidad y la gloria. Se había terminado la fiesta y, encima, las Malvinas seguían siendo inglesas.
Lleno de tristeza y de alfajores, me propuse terminar la faena televisiva. Tirado en la cama, el desaliento se fue transformando en entusiasmo, porque España 82 resultó una panzada de gambetas, goles y colores. Culpable de ello fueron dos equipos inmortales, que tampoco ganaron, pero se hundieron en mi memoria para siempre: la Francia de Platini, que, desplegando un fútbol romántico y vistoso, perdió por penales una semifinal maravillosa contra los tenaces alemanes y, muy especialmente, el poético Brasil, el amor amarillo.
Dirigido por Tele Santana –el Menotti carioca–, Brasil armó un mediocampo que era como un cuadro de Dalí: un desborde insensato de belleza. Sus Fab Four eran Falcao, Sócrates, Toninho Cerezo y Zico. Eran la imaginación al poder. Cuatro cracks que solo entendían el fútbol como una manifestación excelsa de calidad y lirismo. Como el Mayo Francés, murieron de amor y fueron aplastados por el pragmatismo sistémico que encarnaba Italia, que se despertó de una primera ronda espantosa y, gracias a un Paolo Rossi tan astuto como implacable, les ganó a todos para ser campeón.
Aquel junio español resultó la primera constatación de que, aun con el mejor de nuestro lado, para trepar al cielo se necesitaba algo más que la iluminación de un genio. Se necesitaba un plan. Fue un baño de realidad. Para mí había terminado la infancia.

<b>Patricio Hernández</b>
Volante ofensivo | 57 años | Integró el plantel que disputó el Mundial de España 82
"Mi primer recuerdo de un Mundial como hincha es México 70. Cómo será que ese mundial se me quedó en la memoria, que a los 32 años fui a jugar al Cruz Azul porque hacía de local en el Estadio Azteca. Me había quedado impregnado Pelé, Jairzinho, Tostao, ese fútbol tan brillante. Tenía 14 años".





