
ESPEJITO, ESPEJITO, ¿quién es el más BONITO?
Los hombres cuidan su belleza no desde hace pocos años, sino desde el principio de los tiempos. Antiguos generales y reyes legendarios, lo mismo que compadritos, políticos actuales o varones comunes y silvestres del campo y de las ciudades pasan más tiempo del que se cree en las clínicas, bajo el bisturí del cirujano plástico o, sencillamente, frente al espejo
1 minuto de lectura'
Es puro cuento aquello de que el hombre es como el oso. Tampoco es cuestión de tirarse al abandono. Ya lo dijo Baudelaire: ser natural es una pose demasiado complicada para que se pueda mantener. Pero lo difícil es el equilibrio, y lo cierto es que a lo largo de la Historia hubo muchos voluntarios que integraron ese ejército de valientes narcisistas dispuestos a soportar las mordacidades de otros ejemplares menos sensibles al espejo. Seguramente causaron tanta sensación los labios que Napoleón se pintaba de rojo como el entripado gris perla del justicialista Juan Manuel de la Sota, o la mata color ciruela que adornó en un momento la testa del presidente Carlos Menem, devoto confeso, si los hay, de la tecnología capilar.
Desde Adán hasta nuestros días, los caballeros han recurrido a innumerables artilugios con el fin de detener el paso de los años acicalando su fachada. Por ejemplo, tanto los antiguos romanos como los primeros guapos porteños oscurecían el cabello con un peine de plomo y, en el medievo, con una mezcla pestilente hecha con ceniza de sarmientos de vid y fresno cocido en vinagre.
Por eso, a nadie puede sorprenderle que el candidato peronista Ramón Palito Ortega -bautizado por las malas lenguas como el hombre de la Carmela en honor a la antigua tintura negra-azulada, arratonada, simuladora de canas- delinee sobriamente sus ojos y endurezca su casco con mucha laca. Menos, que el vicepresidente y candidato a gobernador bonaerense Carlos Ruckauf llegue a una sesión de fotos acompañado por un maquillador personal para que le uniforme el bronceado permanente, apague brillos y refuerce la mirada con rímel.
Eso sí, la tintura Ruckauf se la hace con el peluquero del barrio. Y los dientes, siempre lo aclara, son toditos originales.
Pero pocos tienen carisma para amortiguar los efectos públicos del violento pasaje al caoba. Valga como ejemplo la suerte que corrió el bigote cano del impecable diputado Carlos Soria, que no tuvo mejor idea que pasar por la peluquería del Congreso antes de asistir a un programa de Hora Clave. El funcionario se presentó ante cámaras con un llamativo marrón y tal fue la indignación de su esposa que ésta lo llamó al aire y le prohibió regresar al domicilio conyugal sin antes quitarse esa ridiculez de la cara. No se sabe cómo hizo, pero al día siguiente Soria amaneció con el mostacho desteñido.
La cosa es pasar inadvertidos, no como el desprevenido diputado Franco Caviglia, de Acción por la República, que fue pescado in fraganti en la peluquería Cerrini mientras el coiffeur le hacía reflejos rubios. Bueno, sus colegas aseguran que el hombre gusta de estar a tiro de la moda y de los hechos políticos.
Caviglia tiene antecedentes: durante la asunción del intendente de Magdalena, Chan Chin Chao -o Tony Chao, para Occidente- se despachó con un traje mao, en homenaje al origen chino del funcionario.
Es harto sabido que Carlos Chacho Alvarez estira sus rulos con una pasta alisadora y que el ministro Carlos Corach gustaba de recibir los lunes, en su domicilio, al peluquero que le ponía matizador, cosa que Cafiero padre hace solo y bastante bien.
Los postizos capilares tienen la edad de las momias egipcias, en cuyas tumbas se encontraron varios modelos importados de las civilizaciones persas, precursoras indiscutidas del estilo me picó una avispa. Hasta el mismo Aníbal usó postizos para despistar a los galos y, de paso, ocultar su prematura calvicie.
La tendencia tuvo formas inesperadas en la Inglaterra de fines del siglo XI y principios del XII, durante los reinados de Guillermo II y Enrique I, que usaron falsos cabellos bastante mal hechos, ungidos en polvos de colores y dotados de gran tamaño. En Francia, las pelucas llegaron a pesar más de cuatro kilos y, aun así, la corte de los Luises abusó de los peluquines blancos rizados en forma de canelón, bautizados in folio en alusión a los enormes libros de actas, o alas de paloma si los bucles estaban pegados arriba de las orejas.
Tal altura alcanzaron los tocados, que aquellos tipos se vieron obligados a llevar el sombrero bajo el brazo y, aunque suene increíble, con semejante sobrepeso en el cerebro, circularon por Europa durante más de un siglo. Claro, eran épocas de despilfarro, frivolidad y narcisismo desvergonzado. Los nobles invertían fortunas en ornamento personal, mientras el pueblo pasaba hambrunas infernales.
Nobles, y no tanto, aprovecharon la decadencia general para maquillarse el rostro con polvos blancos, enrojecer los labios con rouge y usar el besucón, dolor de muelas o mosca, según fueron llamados los lunares de terciopelo que se pegaban en la mejilla. El cuidado diario era religioso, pero no siempre equivalía a limpieza con agua: Luis XIV se bañaba sólo cuando estaba enamorado; el resto del año, mojaba los dedos de las manos en agua de naranja y gracias. Tampoco hay registros de que alguno se abochornara cada vez que sacaba el espejito del bolsillo para contemplar el pendiente colgado en el lóbulo.
En Inglaterra, durante el dominio de Enrique III los hombres dormían con guantes encremados para que no se les ajaran las manos y se depilaban cejas y bigotes para esculpir una cara refinada. El mismo monarca, cuenta la historia, llegó tarde a su casamiento porque pasó diez horas emperifollándose.
El súmmum de la exageración lo tuvo el bello Brummel, joven inglés distinguido por imponer el último grito en los palacios europeos: tres peluqueros le armaban la mollera. Se hacía cepillar para arriba. Fue el creador del look bruto, con el pelo disparando al cielo y cubierto por polvos violetas. Cabe destacar que este individuo acabó en un manicomio, y pelado.
¡Quién pudiera haber visto a nuestros compadritos de ayer, cinco horas atornillados al sillón de la célebre peluquería Basile con la media de nylon achatando el peinado, una toalla caliente en la cara y los pies hundidos en la palangana!
Dicen que no hubo guapo de la ciudad que no se entregara al rito sagrado de sublimar su imagen de dos a siete de la tarde, rigurosamente una vez por semana.
Según los recuerdos de Pino, un ex empleado de aquel selecto salón, nunca reparaban en gastos a la hora de solicitar el service completo. Desde fomentos con eucalipto para ablandar los puntos negros de la nariz y masajes faciales con crema La Pompeyana, baños capilares con agua de quinina o loción Vitali para detener la caída del pelo y Carmela o Profesor Girard si había que ocultar canas hasta moldes para tallar el bigote. Los fanáticos se lustraban las veinte uñas y mantenían el corte cachetada gracias a la gomina Brancato o a un puré de esencias y goma tragacanto.
A fuerza de tanta dedicación, perfumados hasta el estornudo con colonia Atkinson, ilustres seductores como el músico Alberto Morán, el actor Jorge Salcedo o el mismo Carlos Gardel -que decía sentirse en París cuando entraba en el bullicioso local- rompían corazones en las calles porteñas. Así, cualquiera.
Los tiempos no cambiaron y el pellejo arrugado no sólo desvela a las damas, como acusan de mala fe algunos desmemoriados. La preocupación por el vientre planetario o las patas de gallo le han quitado el sueño al mortal más sensato del sexo fuerte. De lo contrario, el mercado no se hubiera molestado en lanzar cosméticos tan específicos y sofisticados como las cremas Cortés, que la clase política argentina compra discretamente en Miami, o los productos con aguas termales que desde hace cinco décadas Biotherm ofrece a los varones maduros.
Alejandro S., portador de un cutis tipo cuadro costumbrista del siglo XIX y experto en mini-soin (tratamiento antiedad que la marca citada lanzó en la Argentina), cuenta que un mozo angustiado por los barritos de la nariz quedó maravillado por el efecto cubritivo de una base de maquillaje beige, aplicada tras la limpieza profunda. Desde ese día muchos adquieren el ungüento salvador, amén del set completo.
Nada nuevo. Los libros juran que el maquillaje fue signo de fortaleza entre los antiguos habitantes de la Tierra, tan interesados por atraer la gracia de los dioses como por llenar sus primitivas agendas de datos de chicas para salir. En el valle del Eufrates, los asirios no pisaban la calle sin pintarse de negro párpados y pestañas. También en los sarcófagos egipcios los bajos relieves muestran a los difuntos retocando sus ojos con espejito y pincel en la mano, objetos que algunos fanáticos llevaron a la tumba. Por ejemplo, el faraón Atoti, que fue enterrado con sus pinzas de depilar y potes de marfil repletos de colorete y henna hecho con hojas secas diluidas en sangre de animales.
Estos grandes alquimistas inventaron el kohol o delineador negro, entonces fabricado con cristal machacado y disuelto en antimonio. Durante la dinastía Ptolomeica se escribió el Kosmeticón o tratado de belleza unisex que, además de recetitas y trucos, da cuenta del delirio masculino por obtener una piel "brillante como el oro".
Verdaderos refinados fueron los incas, depilados con pinzas de oro o plata, coloreados con pinceles hechos de cabellos humanos atados a palitos de piedras preciosas.
Los siglos siguientes vieron a Napoleón Bonaparte untándose labios y mejillas con colorete de flor de carthane. Tan coqueto fue este francés que destinó fondos reservados para que su tropa estuviera siempre perfumada y vestida a la moda. Su proveedor de cosméticos era Lubin, el fabricante más famoso de la época.
Enrique III insistía con una máscara a base de clara de huevo y harina, que quitaba con agua de perejil para luego teñir su cara con polvo de arroz, es decir, quedar bien parecido a un escalope.
En las pampas argentinas, el divo nacional Carlos Gardel tomó las precauciones necesarias para no desencantar a la audiencia femenina: jamás subió al avión sin maquillador personal, responsable de esa perfecta sonrisa carmín.
Por suerte, las técnicas milenarias se han depurado, aunque -la verdad sea dicha- los tonos bronce de bases y polvos que ofrecen las paletas de las recientes temporadas siguen siendo el desafío de la industria: a la fecha, nadie halló la fórmula para aplicarlos sin que desentone la cara con las palmas blancas de la mano.
Claro, no es el caso del presidente argentino, que, dicen, después de lucir demasiado empolvado en una entrevista con Vanity Fair, mejor aconsejado, optó por un sentador pank cake almendra tostada. Tampoco del joven conductor Guillermo Andino, ni de su tocayo Cóppola. Ellos no descuidan el detalle ni un solo día de los 365 del año.
En fin. Más allá de la química nata que convierte a un hombre en joyita preciada, hoy con un puñado de trucos aprobados por la ciencia cualquier patito feo puede sentirse un seductor de película. ¿O acaso alguien puede afirmar que cuando Antonio Banderas se despierta sin sombras marrones en los párpados, ni cubreojeras, ni brillo incoloro en los labios, es el mismo tipazo de las fotos?
Las estadísticas suizas no mienten: el 59% de los argentinos que viajan para inyectarse un poco de extracto de hígado de feto de ovejas seleccionadas y pasteurizadas en granjas alpinas (lo hacen en cualquier parte del cuerpo) son hombres mayores de cuarenta.
Durante los últimos cuatro años, en la clínica suiza La Prairie la demanda de cirugía estética masculina aumentó del 14% al 25%: bolsas, patas de gallo, manchas marrones de vejez, enrojecimiento de la piel, peelings, papada, barrigas fláccidas, orejas apantalladas e implantes de cabello, entre otros disturbios ciertamente molestos, son motivo de consulta frecuente. La concurrencia se duplicó desde que aquel elegante centro ofrece un tratamiento llamado Beautymed, inspirado en un programa de los astronautas de la NASA para endurecer los músculos.
Pero no es necesario viajar a la meca de la juventud o a cualquier otro spa de Europa y Estados Unidos para saber cuánto pesa en ciertos seres humanos el paso del tiempo. Acá nomás, el cirujano plástico Manuel Sarrabayrouse exhibe en carne propia las bondades de la toxina botulínica, una proteína que se inyecta sin anestesia en las arrugas de la cara para aplacar las líneas de expresión.
Después de repetir la técnica sobre 300 varones y devolverle a un distinguido ciudadano de 80 años la tersura de los años mozos, sostiene que operar al género no es tarea sencilla. Pese a llegar decididos al consultorio, a la hora del bisturí son personas que reclaman un proteccionismo casi igual al que piden los neuróticos. Se sienten abandonados en la camilla del quirófano, extrañan a la madre. Sarrabayrouse recuerda al presidente de un banco. Luego de coserle con éxito los párpados y mandarlo a casa con las recomendaciones posquirúrgicas escritas en receta, el hombre empezó a sacarse fotos obsesivamente, todos los días, a mostrárselas al médico y a discutir con él por teléfono la evolución de un milimétrico hematoma.
Muchos admiten haber soportado el pánico sin chistar, sólo por la ilusión de recuperar algo que consideraban perdido, no se sabe si el éxito o la autoestima. El conductor Fernando Bravo quedó como nuevo y no perdió su fisonomía original, pero es público que no corrió esa suerte la mirada de Ramón Ortega. De los famosos glúteos implantados del ex ministro del Interior, hoy empresario Manzano, nunca hubo pruebas contundentes. Sí, se supo que luego de reducir su peso casi a la mitad el hombre debió recurrir a un tratamiento para que nada colgara y el cuerpo recuperara su consistencia.
El especialista que hizo el implante a Juan Manuel de la Sota es un cordobés que cobró fama. Hoy muchos políticos recomendados por El Gallego peregrinan por su consultorio en La Docta para recibir beneficios similares.
El actor Gustavo Bermúdez se extirpó sus bolsas apenas vio que colgaban, Eduardo Angeloz los anteojos, el cantante Papo se esculpió ojos y se lipoaspiró papada, ídem el astro futbolístico Diego Maradona. Fito Páez es enderezó los dientes y el radical Juan Manuel Casella, para conquistar votos femeninos, experimentó en 1989 un increíble cambio de imagen: eliminó peinado y estrenó dentadura completa.
Otros, presumidos, no asumen la transformación de su imagen. Andan por la vida atados con piolines y negando lo evidente, que no son los mismos que en la foto del pasaporte. A estas alturas, argüir que el semblante asustado es obra de la alimentación vegetariana es creer que los burros vuelan.
En la carrera hacia una imagen mejor, qué duda cabe, el dinero parece un factor importante. Pero apenas alcanza para convertir a un individuo en un figurín de Vogue, o peor, en un marciano. No existe técnica ni feto de oveja suiza capaz de dotar al hombre de una simpatía arrolladora, una conversación inquietante o un espíritu conmovedor.
Por lo tanto el ideal de belleza masculino sublimado por la literatura medieval sigue sonando a mito, a aviso clasificado para solas y solos. Así se definía ese ideal en textos de la época: "Orejas bien hechas, grandes, firmes y bermejas; la boca atractiva e inteligente, amorosa en todo lo que ella expresa. Dientes regulares y más blancos que marfil de elefante, mentón dibujado y hundido con gracia. Cuello derecho, grande y poderoso en el que nervios ni huesos resaltan. Ancho de espaldas, como el Atlas. Músculos bien torneados, bíceps desarrollados y brazos de tamaño razonable. Las manos grandes, vigorosas y duras, pecho ancho y talle esbelto. Caderas fuertes y robustas, muslos redondos y anchos en el interior, rodillas lisas, muy lisas, piernas sanas, derechas y largas. Pies levemente arqueados por encima, combados por debajo y nervudos, ¡y qué piel tan hermosa!" Muy bonitos, muy encantadores. Pero Narciso murió ahogado en una fuente de tanto contemplar sus pómulos, y por suerte, hace rato se destiñó el mito del príncipe azul con bucles dorados y cuerpo de atleta. Está probado: el envoltorio, señores, por más fantástico que sea, es lo de menos.






