
Una casa de principios de siglo ampliada para compartir en grande los deleites de la vida lejos de la ciudad. La frescura de las afueras y la calidez de la tradición
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Producción: Matías Errázuriz | Fotos: gentileza Mauro Ramírez.
Hacia el año 1920 la moda siempre caprichosa imponía tardes de golf a las clases más acomodadas. Fue así que la familia Anchorena encargó al británico Alister MacKenzie, uno de los más grandes arquitectos de campos de golf de la historia, el diseño de una cancha privada de nueve hoyos. Más o menos simultánea fue la construcción de una casa de piedra contigua que reunía los vestuarios y las áreas sociales para el té de las damas y la copa de los caballeros.
Pasó el tiempo con sus trucos, la familia vendió las tierras y desapareció el campo de golf. A casi cien años de esa época dorada, el joven Jakob pudo comprar aquella casita de piedra implantada en medio de un parque de ensueño. Con intención de compartir la vida en el campo con familiares y amigos Jakob y los suyos se abocaron a la tarea de ampliar la estructura original incorporando un segundo cuerpo unido al original mediante un quincho vidriado. Con ayuda de su madre, una sofisticada coleccionista de muebles y objetos, y la colaboración del diseñador Pablo Ledesma, crearon ambientes cálidos y homogéneos sin distinción de antigüedad. Hoy, el total de la casa siempre concurrida, hace gala de una decoración clásica y acogedora sin pretensiones.
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