
Fabiana Bravo CENICIENTA EN LA OPERA
Su historia es tan fantástica como la del personaje de cuentos. De mujer policía a cantante de comedia musical, y de allí al territorio de las divas, de la mano de un Pavarotti deslumbrado. Ella acompaña su triunfo con dosis enormes de trabajo
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En los últimos siete años, la vida de Fabiana Bravo tuvo un cambio dramático, como el que sufren los personajes de ópera que ahora interpreta. En 1995 se produjo un hecho decisivo que le dio una orientación totalmente distinta a su existencia: ganó el V Concurso Internacional de Canto Luciano Pavarotti.
Desde entonces no hace sino estudiar y prepararse para sus próximas presentaciones en los grandes escenarios mundiales. Los entendidos aseguran que inevitablemente se convertirá en una de las divas del próximo siglo. Su magnífica voz, ahora educada en uno de los mejores centros mundiales para el perfeccionamiento en canto, la Universidad Católica de Washington, la destina a ser una estrella del arte lírico.
A fines de este año, cantará junto a Plácido Domingo en una ópera española de Ruperto Chapí, en Madrid. El mismo Domingo la eligió como coprotagonista, después de haberla acompañado en el concierto de gala del certamen Operalia 98 (Hamburgo), en el que la argentina fue finalista.
Fabiana Bravo nació en Guaymallén, Mendoza, hace casi treinta años. Nada la predisponía para convertirse en una cantante lírica, salvo el maravilloso caudal de su voz. La familia Bravo era muy modesta y el ambiente brillante de la ópera, en el que se combinan la belleza musical, la tradición cultural y la mundanidad, resultaba tan irreal e inasible para Fabiana como un espejismo. Sin embargo, había algo que Fabiana tenía claro desde chica: quería cantar, no concebía la vida sin el canto.
"Eramos nueve hermanos, tres murieron, tuve que salir a ganarme la vida muy temprano. Trabajé como niñera, como cajera de supermercado y como mujer policía. Uno de mis hermanos era policía. Yo soy alta, grande, no tuve problemas para entrar en esa fuerza. Pensaba que el hecho de tener un ingreso fijo, estable, me daría tranquilidad para dedicarme a cantar. Al principio, mi actividad musical se reducía a las clases de coro. Canté en muchos coros mendocinos. No tenía que pagar para aprender y así recibía indicaciones básicas. Empecé por ahí. Hasta que decidí viajar a Buenos Aires para intentar abrirme un camino en el teatro. La comedia musical se estaba poniendo de moda. Yo no había frecuentado ninguna escuela de canto, pero tenía un vozarrón", dice Fabiana.
A los 22 años, Fabiana llegó a Buenos Aires. Se presentó en todas las audiciones en las que se elegían intérpretes de musicales. Siempre la tomaban. Su voz era imbatible. Trabajó en Drácula, el musical de Pepito Cibrián, y también en Broadway II, donde la descubrió la cantante Valeria Lynch.
Ella le propuso a Fabiana que la acompañara por el país en una gira para cantar con ella un dúo, el Miserere, de Pavarotti-Zuccero. Naturalmente, la mendocina aceptó.
Cuando Héctor Caballero trajo a Pavarotti a la Argentina, Valeria Lynch consiguió que el tenor escuchara cantar a Fabiana. Ella preparó algunas arias de ópera, entre ellas, Vissi d´arte, de Tosca, de Puccini. Pero Fabiana no sabía nada de ópera, ni siquiera conocía muy bien el argumento de Tosca. No tenía la menor idea de cuál era el desarrollo de su personaje. Apenas empezó a interpretar su parte, Pavarotti se tapó los oídos. Fabiana carecía de toda técnica, de todo estilo.
Pavarotti le pidió entonces una sola cosa: "Vocalice". Ella dejó fluir el impresionante caudal de su garganta. Pavarotti quedó impresionado y le recomendó que participara en el concurso que él promueve todos los años en Filadelfia. Le dijo qué arias debía estudiar y la urgió a que encontrara buenos maestros de música. Los amigos de Fabiana movieron todos los contactos posibles para conseguirle profesores y una asistencia económica. Así obtuvo una beca del Ministerio de Cultura de la Nación, del Instituto Iberoamericano de Desarrollo, de la Municipalidad de Guaymallén, del gobierno de la provincia de Mendoza y de la Cancillería, que le permitieron viajar a Módena, la ciudad natal de Pavarotti, y estudiar en la Academia de Voghera. Más tarde, la Fundación Antorchas y el Fondo Nacional de las Artes solventaron la continuación de los estudios. "Cuando me presenté en el concurso Pavarotti tuve que competir con gente muy entrenada desde el punto de vista técnico y académico, pero que no tenía experiencia en el escenario. Mi caso era justo el inverso: tenía training escénico, pero no había estudiado lo suficiente. Me ayudó mi ignorancia, mi inconsciencia. Me lancé a cantar como una salvaje, traté de apabullar a todos con mi voz. Era mi única posibilidad de ganar y lo logré", comenta Fabiana.
Pero entonces tuvo que iniciar un camino muy arduo. Se trataba de pulir el diamante en bruto. Para eso, se requería una voluntad de hierro. Afortunadamente, Fabiana la tenía. De paso por Nueva York, el maestro Héctor Zaraspe le presentó a Ema Garmendia, directora del Centro de Altos Estudios de la Universidad Católica. Ella se ocupó de conseguir una audición para Fabiana. Por supuesto, cuando el jurado de admisión la escuchó, fue aceptada como alumna. Pero debía obtener un apoyo económico que la librara de cualquier preocupación que no fuera el estudio. Amalia Fortabat, a través de la Fundación Fortabat, la becó.
Nada de lo que hizo Bravo hubiera sido posible sin el sostén de su esposo, Luis Simón, un actor al que conoció en la época en que ella cantaba en los musicales.
"Fue un flechazo -recuerda Fabiana-. A los dos días de conocernos, empezamos a vivir juntos. Cuando viajé a Italia para estudiar en la Academia de Voghera, Luis me acompañó; más tarde, cuando quedé entre los 46 semifinalistas de Módena, se produjo un problema. Tenía que ir a la final del certamen, que se realizaba en Filadelfia. Sólo teníamos dinero para mi pasaje; Luis juntó la plata para el suyo empaquetando figuritas de fútbol en Roma. Yo necesitaba su sostén afectivo. El actuaba como mi traductor. Pronto resolvimos que formaríamos una especie de empresa cuya figura visible y audible sería yo. El se ocuparía de todo el resto." Fabiana fue avanzando con los idiomas. "Con mis compañeros tenía que hablar inglés. Con los profesores conversaba en italiano. Pero como no sólo estudiábamos óperas italianas, también comencé estudios de francés y de alemán. Ahora podría decir que no tengo problemas. El alemán todavía me cuesta, de modo que voy a pasar una temporada de varios meses en una ciudad alemana para hacer lo que se llama un curso de inmersión en el idioma.
En cuatro años, Fabiana Bravo se vio obligada a aprender lo que a otros les lleva buena parte de sus vidas: "Había cosas que, para mis compañeros, eran obvias, y que para mí no lo eran. Por ejemplo, todo lo que se refiere a la actividad social, tan importante en el mundo que rodea a la ópera, era para mí algo tan dificultoso como aprender un nuevo idioma. Hice un curso de protocolo. Aprendí a vestirme según las circunstancias, las distintas reglas de cortesía de cada país..., así como las formalidades que a menudo cambian según las culturas, las naciones o las ciudades".
Como Fabiana ignoraba casi todo acerca de la historia de la música, los cursos de la Universidad la enriquecieron, pero mientras sus colegas profundizaban en conocimientos previos, ella asimilaba lo que se le decía por primera vez. Dice Bravo: "Por supuesto, debí estudiar desde cronologías hasta detalles de vestuario y maquillaje. Pero tuve que aprender sobre todo a conocer mi instrumento, es decir, mi voz. Hay una parte de estudio académico común para todos los alumnos, pero otra de análisis del propio instrumento. Cuando algo salió bien, cuando la emisión fue particularmente buena, entonces uno tiene que darse cuenta de por qué las cosas resultaron bien, analizar la sensación para después poder repetir el mismo mecanismo y asegurar la calidad técnica".
Asesorada por un especialista de la Universidad, Fabiana prepara la interpretación de un repertorio que no dañe su voz. Aclara: "Cuando tuve que actuar junto a Pavarotti, en el papel de Lucia de Lammermoor, cometí una imprudencia, pero no podía negarme: me lo exigía Luciano. No era bueno que yo cantara esa parte en esta fase de mi carrera. Mi garganta no estaba todavía madura para ese esfuerzo. De todos modos, tuve mucho éxito. Pero no hay que abusar de esas hazañas".
Plácido Domingo es uno de los cantantes que más impresionado quedó por las dotes de Fabiana. La invitó a actuar junto a él en Madrid, a fin de año, en la presentación de una ópera de Chapí, que forma parte de la recuperación del repertorio olvidado de maestros españoles impulsado por el tenor. Cuando la esposa de Plácido conoció a Fabiana, le dijo muy crudamente: "Estás excedida de peso. Así no te van a querer en ninguna opera house. Tienes una voz espléndida. ¿Quién podría competir contigo si adelgazaras? No puedes aparecer junto a Plácido con esa figura". Como resultado de ese sermón, Fabiana se sometió a una dieta severísima y a clases de gimnasia. El profesor de gimnasia tampoco se apiadó. Apenas habían terminado de saludarse, le prescribió: "Cuatrocientos abdominales diarios".
Sus días siguen teniendo un ritmo y un tono marcial. Su voz expresa cada vez más admirablemente los dolores y las alegrías de Mimi, de la condesa de Almaviva, de Donna Anna, pero a la música de Puccini y de Mozart se superponen las indicaciones del profesor de gimnasia, la tortura de los abdominales, la gramática alemana, los nuevos roles y, por si fuera poco, los asedios cada vez más frecuentes de los primeros admiradores. En el nacimiento de una diva, la garganta es esencial, pero aún más importante es la voluntad. Y la de Fabiana es tan arrolladora como su voz.






