
Fanatismo
Sin abreviaturas sofisticadas, tiene un significado mucho más profundo y define un sentimiento con aristas oscuras y a veces de consecuencias nefastas para grandes grupos de personas
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Las penetraciones culturales siempre han existido y, sin saber a ciencia cierta cuáles son las verdaderas razones que impulsan a los seres humanos a cometer algunos actos, debemos asumir que dichos actos existen y se incorporan a la vida cotidiana. No sabemos por qué a las casas de comida se les dice restaurantes en todo el mundo, por qué a los despachos de bebidas se los bautizó internacionalmente como bares (término que viene del inglés y alude y abrevia la palabra barra) y por qué extraño designio del Señor vocablos como boite, boutique, sale (por liquidación), ensamble, touch and go (por encuentro sexual rápido), express, debut, pub y show, por nombrar sólo algunos, han sido incorporados a nuestro lenguaje y, en muchos casos, incluidos en el diccionario de la Real Academia de la lengua española. Una de esas expresiones es la palabra fan, abreviatura de fanático y adaptación del honorable concepto de admirador o el más inocente de simpatizante. Los ingleses y norteamericanos, reyes de las abreviaturas, han sintetizado en esa breve palabrita el sentimiento en principio positivo de la apreciación favorable sobre personas que ejercen específicamente la creación artística y la destreza deportiva general y mayoritariamente dirigida a grandes masas populares. Pero el fanatismo, así, sin abreviaturas sofisticadas, tiene un significado mucho más profundo y define un sentimiento con aristas oscuras y a veces de consecuencias nefastas para grandes grupos de personas.
El fanatismo religioso, el político y la letal combinación de ambos han producido y producen masacres, guerras civiles y abismos de odio. Lo terrible es que estas características negativas se cuelan en esas admiraciones populares y generan situaciones que van de lo grotesco a lo siniestro, pasando por lo bizarro y desagradable. Ejemplos paradigmáticos de tales sucesos son el asesinato de John Lennon a manos de un fan, que amaba e idolatraba tanto al célebre músico que no tuvo mejor manera de protegerlo de los males terrenales que mandarlo al otro mundo; el intento de asesinato contra el presidente Ronald Reagan perpetrado por un admirador de la entonces adolescente actriz Jodie Foster como intento desesperado de llamar la atención de la niña prodigio, que había rechazado las propuestas del fanático desequilibrado, e incontables acosos a distintas estrellas del cine y el deporte ilustran claramente la delgada línea que separa la admiración de la obsesión y la travesura juvenil de la perversión maniática.
Los fanáticos producen desmanes y convulsiones sociales, violencia en los estadios, exacerbación de la xenofobia y delirios mesiánicos que están muy lejos del respeto que merecen los creadores, artistas o deportistas que brindan entretenimiento y emoción desde su talento. Defender los colores de un club no es convertirse en depredador, delincuente, matón o mafioso; apoyar a un cantante y convertirlo en ídolo de jóvenes no es aullar como poseídos/as, alborotar vecindarios estacionándose en carpas y colchonetas en la vía pública y romper vidrios, coches y cuanto objeto se cruce en el camino de la horda salvaje; insultar a futbolistas cuando no hacen el gol del triunfo, fusilar con tuits salvajes y descalificadotes a cuanto artista no nos guste y llegar a la agresión física y a las trompadas furiosas por un gol mal cobrado es no hacer honor a la raza humana, es retroceder en cuatro patas (con perdón de perros, gatos y caballos) hacia la prehistoria salvaje de hombres primitivos contra dinosaurios en vías de extinción.
Por más que los sofistiquemos con vocablos en inglés, fanático sigue significando escoria e ignorancia.
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