
Fantasmas en el paraíso
Imaginarios o reales, grande personajes de la literatura recorren los pasillo del Viejo Hotel Ostende
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Dicen que Antoine de Saint-Exupéry se alojó entre 1929 y 1930 en un hotel de Ostende, y que allí se dedicaba a dibujar los primeros bocetos que ilustrarían El Principito. Que en la década del 40 un médano vivo cubrió por completo la planta baja del edificio y que los huéspedes ingresaban a él por las ventanas del primer piso sin saber por dónde saldrían a la mañana siguiente. Que Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo supieron de esa anécdota y ambientaron los crímenes del thriller poético Los que aman, odian con tormentas de arena y personajes del lugar.
Desde que en 1970 la familia Salpeter compró a unos italianos el Viejo Hotel Ostende, cada una de estos relatos deslumbrantes tuvieron asidero. Porque además de un arduo y continuo trabajo de mantenimiento de la construcción y restauración del mobiliario de principios de siglo, se sumó a la lista de quehaceres una apasionante tarea: investigar, viajar en el tiempo hasta 1913 e hilvanar cada eslabón de la historia.
"Con esfuerzo, imaginación, desconocimiento, intrepidez, arrojo y... -continúa la enumeración- mis padres se embarcaron en rescatar el espíritu de los pioneros", cuenta Roxana Salpeter, hija de aquella pareja de médicos recién recibidos que protagonizaron la aventura, y gerente del hotel desde hace quince años. Al parecer, ella es la más curiosa de los tres, el motor de una incesante búsqueda de fuentes que documenten todo cuanto pueda saberse a cerca de la vida del lugar y los fantasmas que merodean sus pasadizos y escaleras.
Roxana consultó a viejos sabios de General Madariaga (de esos que no faltan en la ciudad gaucha), escuchó verdades y mentiras (siempre pistas útiles, al fin), se tiró de cabeza en bibliotecas públicas y privadas, nacionales y regionales. Y así fue armando el caudaloso archivo que contiene toda la información que hoy le permite contar, orgullosa, cómo pasaron los años en la mítica esquina de Biarritz y El Cairo.
Y hasta los dilemas literarios se fueron esclareciendo con el paso del tiempo. En el libro Los que aman, odian hay dos hoteles: uno pequeño, donde se desarrolla la trama, y otro vecino, el Ostende, donde se aloja uno de los personajes. Bioy Casares, en persona, se encargó de disipar dudas antes de su muerte. "El recordaba muchas cosas de sus visitas a la zona -cuenta Roxana-, sobre todo la extraña impresión que le habían causado los médanos movedizos y el hotel, que parecía abandonado pero no lo estaba. Le pareció un lugar ideal para ambientar su novela policial."
"Los que eligen veranear en este sitio tienen una sensibilidad especial", advierten sus dueños. Aprecian alojarse en un hotel de antaño, que no es lujoso, austero, pero confortable -en las habitaciones, originales y remodeladas, no hay teléfono, ni TV, pero sí refrigeración-, sencillo, con detalles que apuntan a pequeños placeres cotidianos (el olor de las medialunas, las pastas caseras, los muebles antiguos encerados). Es mágico.
En la lista de rincones imperdibles -preferidos de quienes pasaron por allí- se anotan la piscina de los trampolines (ex pozo de molino), la sombra de la higuera vecina al bar de la pileta (ex panadería de Ostende), la videoteca con butacas de madera, los incontables pasadizos que terminan en un saloncito ideal para echarse a leer, el balneario emplazado en lo alto de un médano con jardín de espaldas al mar.
Viejo Hotel Ostende. El precio de las habitaciones antiguas es $ 57; el de las remodeladas, $ 67. Las tarifas son por día, por persona, con desayuno, cena y carpa en la playa privada. Para este mes prevén descuentos por estadas mínimas de siete días. Reservas, (02254) 48-6081; en Capital, 4327-1093. E-mail: info@hotelostende.com.ar
Testigos del tiempo
En 1913 un grupo de belgas ambiciosos fundó Ostende con la idea de convertirla en una villa con avenidas y diagonales. A pesar del paso de los años, Ostende todavía tiene algunos testigos de su breve historia fundacional: los pilares de la antigua rambla y una casilla de madera en la costa que sirvió de albergue al ex presidente Arturo Frondizi durante sus veraneos familiares. Y el Viejo Hotel, claro.





