
FEDERICO LUPPI "SOY UN GRINGO CHACARERO"
Es el actor argentino con más gancho afuera. No le faltan premios ni propuestas del exterior. Aquí, ha actuado en las mejores películas de los últimos 20 años, y mostró su pasta en el teatro, con El vestidor. Pero él insiste en que, en el fondo, sigue siendo un hombre de campo, un artesano con apenas un barniz intelectual
1 minuto de lectura'
El té es inglés, perfumado con algunas hebras de té de Pekín. Sobre un mueble del living hay fotos: Federico Luppi acodado en un puente del Sena, sin mirar a cámara; Federico Luppi a los tres años sentado junto a su hermano, en un catre de campo. Debajo del catre se alcanza a ver el piso de ladrillo.
-A ninguno de mis hermanos se les pegó el campo como a mí.
Reconoce con un tono de voz un poco silbado, un poco apurado, con una dicción perfecta o catastrófica. Hay otra foto: la de una mujer rubia, bonita, frente a un lago en el que hay cisnes. La mujer sonríe. El pelo le dibuja la cara serenamente. Parece feliz.
-Una chica que quise mucho, mucho.
La chica que quiso mucho, mucho -así, con voz ronca, varios tonos por debajo del normal- sonríe para un fotógrafo de plaza. El hombre que la quiso mucho, mucho dice que cree estar en su mejor momento para empezar otra relación.
-Tengo la sensación de que ahora sé cómo brindar, cómo cuidar. Pero puede ocurrir que sea sólo una frase, porque lo que atestigua el paso de uno por las relaciones es el fracaso, y uno no puede hacerse demasiado el canchero.
Sobre el sofá del living se desparrama un ponchazo colorado con ribetes negros. Hay un televisor, algunos compactos. Un balcón enorme pendulando sobre las vías del tren con plantas y caña de la India, protegiendo la intimidad. Esta extensa vista tan porteña debe ser un regalo ambiguo para un hombre que vino del campo y que se envalentona hablando de eso que hemos dado en llamar argentinidad.
* * *
"Nos falta la gran película que hable de lo que somos, de italianos, sirios, libaneses, de por qué eligió el papá de Menem vivir aquí"
* * *
-A veces me pregunto qué somos. Cómo es posible hablar de opinión pública en un país en el que se vota a Bussi en Tucumán o a Rico en San Miguel. Qué clase de peso le estamos dando a eso que llamamos la opinión pública.
No es un efecto óptico: cuando se indigna, el pelo blanco se le encrespa hasta alcanzar las alturas de una melena de león. Su pelo y su indignación crecen bajo el latido que le llena la boca de insultos perfectos y lo hace hablar cada vez más rápido. Cuenta que forma parte de una junta vecinal que está luchando para que un hipermercado no se instale en terrenos del ferrocarril, frente a su casa, y es capaz de discutir con un verdulero para exigir justicia igualitaria. -El otro día quería comprar un ananás, y el tipo me dice: Vale ocho pesos. Le hago notar que es un robo. Me dice: Eh, pero a usted, ¿qué le hace? Entonces le digo: Claro, porque yo gano más plata que vos, tengo que aceptar que me robes. Este ananás sale cinco pesos, no ocho, y vos me querés afanar tres pesos.
Nació en Ramallo, pueblo de la provincia de Buenos Aires, hijo de Alberto Luppi y de Clementina Victoria Malacalza. Hace un par de semanas estuvo en el pueblo y con la ayuda de Internet estuvo buscando los orígenes de la familia de su padre en Italia. De él sabe poco. Lo poco que le dejó saber el hombre que murió a los 52 años, antes de que Federico pudiera empezar a entenderlo.
-Mi papá era muy generoso, muy laburante, muy tradicional y, en ese sentido, muy arbitrario. Siempre digo que me hubiera gustado que viviese un tiempo más para igualar tantos, cosa que sí pasó con mi vieja, que vivió tanto que yo pensé que era inmortal. Murió a los 87 años. Me di cuenta de que con Clementina se me fue una parte importante, que ya no era hijo de nadie.
Los veranos eran tres meses con el río generoso como el regazo de la abuela María, y el día entero en la canoa, pescando, comiendo pescado frito. -Después estaban los bailes que se hacían en los galpones, y para evitar que la tierra nos dejara a todos negros como africanos se ponía una arpillera. Iba mucha gente de los pueblos vecinos y un primo mío decía: "Estos son los giles que vienen a buscar vírgenes al campo". Porque, claro, lo sexual se practicaba con abundancia, no se hablaba, pero se hacía. Eso se terminó en la Argentina cuando se terminó la chacra. Hoy el campo es lo que siempre se ha querido que fuera: una usina productora con una concentración importante de tierras. En esa época, un chacarero que tuviera 80, 100 hectáreas, vivía muy bien, los hijos estudiaban, el tano metía la plata en el banco y vivía de rentas. Pero la Argentina agraria se terminó, y yo lo digo sin dramatismos, esa Argentina que desapareció se llevó una parte mía. Para mí, la épica era Santos Vega, tenía un carácter totalmente campesino.
Sigue extrañando un film tan enorme y tan bello que sea capaz de contar la historia argentina.
-En un momento, la Argentina dio muestras de tener un gran cine con un nivel de narrativa interesado en esta cosa que se llamaba la identidad. Entonces se hicieron las películas del bajo mundo porteño, La guerra gaucha, Pampa bárbara, pero todo eso se perdió y no tenemos la gran película que hable de lo que somos, de los italianos, los sirios, los libaneses, los gringos, de por qué eligió el papá de Menem irse a vivir a un lugar que se parecía a Siria y por qué los galeses se fueron a la Patagonia. Los norteamericanos, a pesar de haber depredado el Oeste, de robarle las tierras al indio, han contado esta ambición unida a la construcción de un país. Aquí pasó lo mismo y no hemos conseguido contarlo. No hay la campaña al desierto, no hubo virreyes que se fugaron, todos los indios son malos. No sé si podemos hacer un discurso exitista basado en la cantidad de espectadores que van al cine a ver películas argentinas en el último tiempo. Si vos me decís que el esquema globalizante es invertir diez y ganar mil, me parece genial. Pero un cine que provoque apetencia por la investigación sobre nuestra identidad no existe.
Especialista en orígenes. Nieto de italianos. Hijo de argentinos. Hombre que cree que si uno sabe de dónde viene, no tiene obligación de saber adónde va.
-Alguien puede decir, y con justa razón: "Pero este huevón se pone a hablar de un mundo agrario que desapareció". Ahí sí que me pongo intelectual, porque yo creo que si uno no sabe de dónde viene, no sabe dónde diablos va.
Aunque parezca cosa de otro tiempo, se crió entre recados, aperos, mandiles, galpones repletos de peones golondrina, yerras, carreras de sortija y brutales escenas que le imponían respeto de gauchos degollando reses.
* * *
-Mucho antes de saber quién era John Wayne, mis héroes eran los arrieros y los domadores. Para mí, el coraje era eso y la gran aventura era que mi padre me dejara ir con los arrieros. Parábamos en un boliche, tomábamos caña y me parecía que eran hombres hechos y derechos.
* * *
Lleva un inventario perfecto de cada uno de los detalles de su propia épica personal. Entonces, ahora, se acuerda de Cachi Mussanti.
-El padre de él y mi viejo eran muy amigos. Ellos tenían un tambo y Cachín iba conmigo al colegio, en tercer grado.
La voz se hace opaca como una piedra en un pozo oscuro, un día gris, rompiendo un musgo terso.
-Estábamos juntos en la primaria, estábamos jugando a la famosa mancha y...
Las manos chocan entre sí para indicar la inevitable caída de Cachi Mussanti allá en la infancia, muerto pequeñísimo, a los nueve años en el patio de la escuela, y pegado en la memoria de este hombre como una mueca rara entre las sombras de la infancia.
-... Y cayó. Me acuerdo la angustia. Era tan grande la angustia. Me acuerdo que llegó el padre y lo habíamos puesto en una salita de música, en una camilla en una salita de música, y que sobre la pared estaban colocadas las dos zapatillas... lo habían descalzado. La maestra me escribió un discurso para la despedida. Cachín...
Ese chico de nueve años es también la imagen del mundo de este hombre que mucho tiempo después, en el rincón más cálido de su departamento de Belgrano R, escucha pasar los trenes y toma té de Pekín mezclado con hebras de té inglés. O todo lo contrario.
Levanta los dedos, y con suavidad estudiada se toca una leve marca debajo del ojo izquierdo. Una vieja cicatriz. Una marca que ya no se nota. -Tengo una cicatriz acá, porque para ordeñar mi abuela María se hacía un corralito de alambre alrededor de la vaca, para que no pasara el ternero. Una vez fui corriendo y me enganché la cara con el alambre de púas. Lo que recuerdo de la infancia era la abundancia. La abundancia de todo. Por eso cuando he caído en la carencia, en la profunda ratería, me ha dado un doble horror por la memoria que tengo de eso y porque yo pensaba que nunca me iba a pasar. La pasé muy mal cuando me vine para Buenos Aires. Una vez, cuando trabajaba en el frigorífico Swift, en Berisso, un muchacho me decía: "Yo estoy entrenado para ser pobre. Vos no, vos estás perdido".
Es que le había tocado, de chico, la abundancia del campo entero, un monte de eucaliptos, un caballo de verdad llamado El Flecha, una canoa. Le había tocado lo que cualquier chico hubiera querido: la aventura real de la caza, la pesca de ranas, el arreo.
-Puedo decir con un orgullo casi pedante que mi padre hacía uno de los mejores chorizos del universo. Se picaba la carne, se embutía el chorizo y a las diez de la mañana, con escarcha en los charquitos, se hacía una parrillada de chorizos. Yo recuerdo todo eso con gran melancolía, porque elegí este oficio para el cual hay que desasnarse, leer, hacerse profundo e intelectual y, en el fondo, pienso que no soy más que aquello. Uno... é como é... ¿Viste aquella historia del mono? Ponele seda, pero es mono. Yo creo que soy una especie de gringo mezcla de chacarero con pretensión intelectual que se mete en un oficio que lo apasiona por miles de cosas relacionadas con el juego, pero que no deja de entender que no es más que un chacarero... Aggiornado, a lo sumo. Puedo engrupir a alguno de que estoy civilizado, pero en el fondo es eso. En Ramallo había una biblioteca pública que dirigía un tano, Zampa de apellido, que era italiano y te decía: Qué va a leer... agará la cosa de tu edá... ¿eh?
Cada vez que imita un tono, que lee un par de versos de Fernando Pessoa, que declama un pasaje del Martín Fierro, la sensación es abrumadora. El talento. Eso debe ser el talento. Jugar con los gestos, convertir en absurda una frase que no lo es, hacer reír con una sola palabra.
-Cincuenta centavos costaba la biblioteca. El primer libro que saqué se llamaba De Euskadi a Nueva York pasando por Berlín. Era la vida en el exilio del presidente vasco rajado por el franquismo en la guerra civil. Lo leí porque hablaba de espionaje, de escapadas, de pasaportes falsos. Era un libro de aventuras.
Lector de cuentos, novelas, filosofía, historia, psicología, ensayos, teatro, poesía y, quizá, libros de cocina, cuenta su leyenda que una vez se quedó tan prendado de un libro en camarines que se olvidó de volver al escenario: corrían los años 60 y hacía Luv, con Norman Briski. En una escena, Briski tiraba a Luppi de cabeza al río Hudson. Luppi -magia del teatro mediante- se remojaba un poco en un fuentón para reaparecer mojado, después de retirarse unos minutos a camarines. Ese día se puso a leer un libro que había dejado, y se olvidó de volver hasta que Briski, harto de improvisar, salió del escenario y entró a buscarlo al camarín.
"Mucho antes de saber quién era John Wayne, mis héroes eran los arrieros y los domadores. Para mí, así eran la aventura y el coraje"
Pero antes de eso, Federico -el niño Federico- no quería ser actor en absoluto. Quería ser dibujante. En su panteón personal, había colocado a cuatro monstruos del dibujo: Harold Foster (dibujante del Príncipe Valiente), Alex Raymond (Rip Kirby), el argentino José Luis Salinas y Ben Hoggard (de Tarzán). Entonces, se vino a la Capital con sus dibujos bajo el brazo a visitar a los maestros Blotta y Ferro. Le dijeron que tenía buena mano, y le recomendaron estudiar. Entonces, Federico -el joven- se fue a La Plata a estudiar bellas artes. Un día faltó la profesora y para matar el tiempo una compañera lo invitó a un ensayo de teatro.
-Le dije que no me parecía, pero ella insistió y allá fuimos. Estaban ensayando Ha llegado un inspector. Me llamó la atención ver toda gente grande, un tipo sentado que hacía así y así, y de pronto alguien decía: Luz, y el tipo se quedaba quieto y decía: Perdón, me equivoqué, ¿puedo empezar de nuevo? Empecé a hacerme amigo, les hacía café, y después empecé a leer teatro. Pasa como con el psicoanálisis, que después querés saber más que el psicoanalista.
Dice que no es obsesivo. Quizás un poco ansioso. Pero durante un año, entre 1980 y 1981, fue cinco veces por semana, una hora por día, a un analista. Su explicación es la siguiente: -Andaba tristón.
Entonces leyó íntegro a Freud. Leyó los libros sobre Freud. Leyó los casos, las cartas, las biografías y los tratados sobre Freud. Un día le dijo al analista: Mire, me parece que no voy a venir más. Le hizo bien, dice.
-Hubo días en que no podía con mi alma. Creo que fue el entorno, todavía estaban los militares, yo me estaba separando de una persona que lamenté muchísimo, muchísimo haberla perdido. Los buzones para mandar cartas al paraíso que había comprado en mi juventud no existían tan gloriosamente como yo me los imaginaba.
Ya había pasado por años malos, a mediados de los 60, antes de hacer el teleteatro Cuatro hombres para Eva, de Nené Cascallar, que lo transformó en el galán de las niñas. Después, estuvo prohibido durante la dictadura militar y su primer trabajo luego de la prohibición fue el teleteatro Dios se lo pague, junto a Leonor Benedetto. Pero a los tres meses de la tira renunció al protagónico.
-Laburábamos los sábados de diez de la mañana a diez de la noche, no había almuerzo, nadie te llevaba ni te traía y lo peor era ese clima de si te gusta bien y si no andate. Y fue lo que hice. Pero yo creo que en el fondo uno no es más que un portuario. Uno trabaja con el cuerpo todo el tiempo, y me parece que lo que más me gratifica de la actuación es el puro y simple hecho fantástico de que de vez en cuando soy otro. Yo no creo en la técnica. No digo que no exista. Mucha gente puede decir: Pedazo de burro, pedante engreído. La técnica existe, pero yo no tengo técnica. Estudié sin sistema, a los ponchazos, por avidez, desordenadamente, con más ansiedad que sabiduría.
El mismo que se toma el oficio de la actuación como quien es carpintero, o herrero, o portuario, dice que todo está hecho con un único y mezquino objetivo:
-Lo que querés es que te digan: Bravo, muy bien, bravo. La fantasía es que uno quiere ser campeón sudamericano de algo. Es esa fantasía de que uno va a ser asaltado por personas que van a disputárselo a uno a dentelladas y a abrazos, y las mujeres lo van a seguir a uno hasta la tumba. Pero por suerte hubo algunos momentos que justificaron la elección de este oficio, como el Facón Largo de La Patagonia rebelde. Me decían: Qué buen trabajo, pero yo era ése. No tuve que hacer una gran composición. Después hubo algunos buenos trabajos relacionados con momentos emocionales muy fuertes. Por ejemplo, cuando hice con Del Carril su última película, Yo maté a Facundo, o cuando después de la dictadura hicimos Tiempo de revancha, que yo era Pedro Bengoa. O cuando hicimos Plata dulce, que tiene el raro privilegio de ser una película que comenzó a hacerse el día de la invasión de Malvinas y se terminó el día de la rendición. Me acuerdo del pobre Julio De Grazia, que decía: Ahora viene la independencia... Tenía una visión triunfalista de la guerra y yo no la compartía, por intuición, porque no tenía ningún dato. Salvo cuando una semana antes de que terminara la guerra hablé con un amigo en Los Angeles y me dijo: Che, los están matando a palos ¿no?
Luppi no parece tan distinto del personaje de Dominici, de Un lugar en el mundo. Sobre todo, no parece una persona incapaz de tomar en la vida real la misma determinación de Dominici: prender fuego a los depósitos con las pieles de oveja propias y ajenas en pos de una conducta coherente.
-Esa escena generó mucha polémica, pero la verdad es que nos la pasamos lipoaspirando nuestras decisiones, y nunca son tan asépticas y tan limpias. Uno a veces toma decisiones que están basadas en la bronca y el resentimiento. Uno no puede decir por ejemplo: ¡Noooo!, soborno jamás. Ser honrado es una tarea de todos los días, y si algún día caigo, espero que mi historia personal me salve.
No fue justa la vida cuando Aristarain volvió de España con La ley de la frontera bajo el brazo, y la película -después de un rodaje complicado y un sinfín de inconvenientes- fue un fracaso a los dos lados del océano.
-Fue un fiasco total, aunque a mí me gusta. Eramos tres argentinos, 80 españoles y se esperaba que hiciéramos La Ilíada. No sé qué pasó, pero cuando le pregunto a Adolfo no contesta. Es tan, pero tan vasco, che... No habla.
-Pero ustedes se llevan bien.
-Sí, porque yo hablo y él se calla. Podés ir con él en un auto, cientos de kilómetros, sin hablar. Nada. Nada.
La infancia le dejó otra abundancia de la que tiene que cuidarse: la comida. Jura que no se trata de un gusto cualquiera, sino de una verdadera adicción nacida en los cientos de panes amasados a mano, en el olor de la levadura, en los bifes jugosos, la manteca casera, el dulce de leche y la sopa que las manos de sus tías, madre y abuela condimentaron y llevaron a la mesa, allá en el campo.
-Cuando me dan ataques de comida pienso: Cómo me comería yo solo una pizza, o seis empanadas de choclo y carne y dos bifes con un fuentón de papas fritas, o dos platos de vermichelli con tuco y pesto ensopando el pan con vino tinto, o dos platos de mondongo a la española. Eso no es hambre. El comer mucho no es hambre. El hambre uno lo sacia con una tostada y un dadito de queso. La comida es una adicción. Cuando hacíamos la gira de Convivencia con el Beto Brandoni, lo primero que hacía él cuando llegábamos a un pueblo era averiguar el lugar para comer. A mí me gustan las giras porque son tan relajadas, uno puede decir: Bueno, mañana antes de la función nos encontramos para tomar unos mates.
* * *
"Yo no creo en la técnica de la interpretación. No digo que no exista, sino que no la tengo. Ya sé que van a decirme: Pedazo de burro..."
* * *
Los días de Luppi pasan sin demasiados contratiempos, con un orden sigiloso, como si reinara en su departamento el ritmo del campo en el que las estaciones, las heladas, las lluvias y el calor cortan a tajadas los días y las horas.
-No me da ningún miedo el aburguesamiento o la estabilidad porque soy absolutamente estable y burgués. Me gusta estar en casa tomando mate con un buen broli. Mis metas cotidianas son absolutamente provincianas, cuando no tengo un contratiempo de trabajo, como un viaje. Nadie espera de mí glamour, ni chisporrotero ciudadano, o énfasis nocturno.
-¿Para usted los viajes son contratiempos del trabajo?
-Sí, los primeros días los paso mal. Me desestabilizan. Me gusta irme de vacaciones, pero no cambio ninguna vacación del mundo por 15 días en el campo argentino. Una vez me preguntaron cuál actor era mi preferido. Se suponía que iba a contestar Brando, o Paul Newman, o Rod Steiger, y yo dije John Wayne, porque se pasó cuarenta años en campamentos, en ríos, en bosques, a caballo y comiendo rancho de filmación. A mí me encanta eso. La verdad es que si nos ponemos rigurosos y nos hacemos una suerte de parámetros al uso, lo más probable es que alguien pueda decir con absoluta razón: Este es medio pelotudón. Y bueno.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Daniel Caldirola





