
Premeditado dicen algunos, inevitable dicen otros. Debutó con dos misiles para el universo del hip-hop: dijo que era gay y sacó un muy buen trabajo volcado al soul en el que se hace cargo de sus romances.
1 minuto de lectura'

Hace unos meses, una revista estadounidense aseguraba que dos de cada diez temas de la historia del rap contienen algún insulto a los homosexuales. El nivel de informalidad de esa estadística -en realidad, una simple afirmación imposible de comprobar- no impedía entender el sentido de ese dato hiperbólico: ser rapper y gay no es tan fácil, y Frank Ocean, un joven nacido hace veinticinco años en Nueva Orleáns, lo había confesado. Llegaron entonces las notas en todos los medios de su país, el apoyo público de estrellas como Beyoncé y 50 Cent, las ¡amenazas! en Twitter y las burlas de un colega avispado como Lil’ Wayne. Avispado porque advirtió muy pronto que la sensible carta publicada por Ocean en Tumblr, que contaba detalles de un breve romance que había vivido con otro chico a los 19 años, apareció sospechosamente cerca del lanzamiento de Channel Orange, el álbum debut del cándido Frank.

Las preferencias sexuales de Ocean -quien además había trabajado en Los Ángeles muy cerca del colectivo
experto en proferir salvajadas sobre los gays- son una buena excusa para reflexionar una vez más sobre lo que todos sabemos -la homofobia en el ambiente del hip-hop- y para las operaciones de marketing a las que los artistas suelen prestarse. Pero no deben ocupar más espacio que la calidad indudable de su primer disco, que equilibra el soul con tintes ambient con el R&B dulce y el electrofunk caliente. El anaranjado del título y del arte de tapa aluden al color que Ocean asocia con aquel verano en el que vivió su hoy famoso romance y de algún modo sintetiza la temperatura del álbum.
Hay algo en el clima de Channel Orange, en lo que produce a nivel cutáneo, digamos, que remite directamente a otros referentes de la música negra especializados en crear canciones que erizan la piel: Stevie Wonder -primero que nadie-, Marvin Gaye, Maxwell, D’Angelo, John Legend y, claro, Prince.
Además del tema amoroso que es norma en los géneros que transita Ocean, en sus canciones hay críticas a los nuevos ricos de la industria musical, historias que mezclan sexo, guerra y diamantes y hasta exóticas citas Cleopatra en Pyramids, tema de diez minutos en el que convive el éxtasis de club dance con el bajón más profundo.
Pero no hay nada salvaje en los modos de Ocean, sino todo lo contrario: lo que abunda es la delicadeza. En ese sentido, Channel Orange se inscribe en una incipiente corriente de stars de la música negra que en los últimos años han tematizado la soledad y el desengaño: Drake, The Weeknd y el inigualable Kanye West, el primer rapero decididamente metrosexual, interesado en la moda y el diseño de muebles. Igual que West, cuyos shows son buenos pero ni por asomo le hacen sombra a lo que se escucha en sus discos, Ocean tiene una cuenta pendiente con el vivo. "Sé que todavía no he rendido al máximo en los conciertos -admitió él-. Eso lleva tiempo, así que hasta considero limitar el número de presentaciones en vivo. Tengo que ganar experiencia y aprender trucos para usar arriba del escenario". La prensa musical ha señalado ese momentáneo talón de Aquiles, pero hurgando en la web uno puede encontrar algunas performances que invitan a creer: la muy emotiva versión de "Bad Religion" en el show televisivo de Jimmy Fallon, donde Ocean brilla arropado por una magnífica sección de cuerdas, es apenas una muestra. Ahí vibra la melancolía que parece venir guardada en el ADN de este artista al que algunos ya han tachado de new hype, pero que ha grabado un disco que, seguro, recordaremos por mucho tiempo. Créannos. En un par de años, lo volvemos a conversar.






