
Fútbol, humillación y bullying
Brasil perdió 7 a 1 frente a Alemania. Son muchos goles, es mucha la sorpresa, es mucho el estupor ante un resultado inesperado y es, claro, dolorosísimo para los brasileños.
Tamaño desastre deportivo dio pie a que en nuestro país se pusieran sobre la mesa actitudes distintas ante la victoria propia y la derrota ajena.
Manu Ginóbili lo dijo: "Disfrutemos y festejemos nuestros logros en lugar de las frustraciones ajenas". Ésas fueron palabras que sin dudas surgieron del hecho de que muchísimas personas disfrutaban hasta la crueldad por el sufrir ajeno, mientras que la propia victoria era, o parecía ser, algo secundario en relación con el goce por la derrota de los pentacampeones.
Es sabido que el mundo barrabrava es así. Gente frágil psicológicamente que requiere, además del refugio en el grupo violento, de la vivencia de la humillación del otro para lograr la propia valía. Pero en el caso de los que gozaban del dolor brasileño no había tan sólo barrabravas, sino gente que, en ciertos contextos, es buena y pacífica, pero que ahora, sin embargo, gozaba con la humillación del otro, al modo del hoy famoso bullying que tanto nos preocupa.
Se dirá que se trata tan sólo de un juego, o que quienes critican esa manera de sentir la derrota del otro no entienden de qué se trata el mundo de la competencia futbolera. Algo de razón tendrán los que esto manifiestan, ya que muchas personas que se dolían ante el cataclismo brasileño y las cargadas que éstos sufrían eran "paracaidistas del fútbol" que no entraban dentro de las tradiciones de los habitués del tema.
Sin embargo, esa mirada "paracaidista", en cierto modo, permite distinguir algunas crueldades que no quedan circunscriptas al mundo del fútbol, sino que, sin dudas, se extienden a infinitos otros campos de la vida cotidiana.
A la hora de preguntarnos acerca del bullying, por ejemplo, podemos ver la matriz de éste en esta manera de ver la vida, sumergida dentro del paradigma humillador-humillado. El dolor psíquico de la humillación se traduce en un afán de humillar al otro antes, para no sufrir esa misma afrenta en carne propia.
Este tipo de vivencias exacerba la competencia hasta el infinito, llenando al mundo de ganadores y perdedores que, por igual, sufren al sentir que la vida es, justamente, un campo de juego en el cual no hay otra cosa que hacer que ganar, a cualquier costo, para no sufrir la humillación tan temida.
En la competencia, se sabe, perder no es humillante. Es humillante claudicar de los propios valores, venderse, ser artero, violento, cobarde? pero no lo es perder.
En realidad, en la vida, perder es un paso imprescindible en el camino hacia la victoria. De tropezones y caídas está forjado el temple de quienes juegan el juego de vivir con las virtudes que, por ejemplo, se vieron en los jugadores argentinos, holandeses, suizos? todos los que, ganando o perdiendo en la competencia específica, ennoblecieron el deporte al darlo todo para lograr la meta tan deseada.
El asunto no es evitar caer, sino saber levantarse cuando la caída llegue. Y si cuando caemos hay quien se mofa y lo disfruta, la indignidad está en este último, y no en el caído.
El pecado ajeno no nos hace más virtuosos, la cobardía de los otros no nos transforma en más valientes, la derrota de alguien no enaltece necesariamente nuestra victoria.
Recordar esto hará que el goce se focalice en lo que nosotros hacemos, en la capacidad de trascender las propias limitaciones a través de actitudes que nos mejoran, y no en nutrirnos del mal ajeno para encubrir nuestros propios miedos y debilidades.






