
George Plimpton en la piel de Scott Fitzgerald
Su revista, The Paris Review, célebre por las entrevistas a los escritores más famosos del mundo, cumple 50 años. El lo festeja interpretando al célebre Scott en una gira que llegará hasta aquí
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NUEVA YORK.– George Plimpton es de una especie en extinción: el dandy intelectual que después de un tiempito de rigor en Harvard y Cambridge, y con una considerable fortuna familiar y apellido patricio, acepta dirigir una revista literaria porque no se le ocurre “nada mejor para hacer”.
Esa locura de juventud cumple ahora 50 años. Y se trata nada menos que de The Paris Review, una de las instituciones de vanguardia más influyentes y duraderas del siglo XX. Para muchos, la revista literaria por excelencia.
Para celebrarlo Plimpton decidió poner on line y gratis todos los reportajes que hicieron famosa a la publicación, en un comienzo en inglés y eventualmente traducidos al castellano y al francés.
Al mismo tiempo, editará por primera vez una compilación de las entrevistas realizadas a autores latinoamericanos (entre los que se encuentran los argentinos Borges, Cortázar y la única mujer de la lista, Luisa Valenzuela) en forma de libro, con una introducción del premio Nobel Derek Walcott. Y, en un plano más personal, quiere traer a América del Sur la obra de teatro que protagoniza en Nueva York junto a Norman Mailer y su mujer Norris: Zelda, Scott y Ernest, en la que interpretan a su amigo Hemingway y el matrimonio Fitzgerald.
¿Agotador? Además está terminando un libro sobre lucha libre –Plimpton es el escritor de temas deportivos más famoso de Estados Unidos– y otro sobre su pasión, el avistamiento de aves. Y, a los 75 años, tiene dos gemelas de 7 que cuidar, fruto de su último matrimonio (y que le han ganado un lugar de privilegio en cuanto artículo sobre gerontología reproductiva –tema de moda– aparece en los diarios).
¿Cierta dosis de envidia? Es comprensible. Plimpton recibe a La Nacion en su casa, una mansión de cinco pisos sobre el East River, donde también están las oficinas de la revista. Es altísimo, con mucho pelo blanco y un eterno bronceado fruto de sus partidos de tenis matinales y de fútbol vespertinos. El equipo de su revista acaba de perder contra los de Vanity Fair y está evidentemente enojado. Su físico intimida. Es conocido como el león del mundo literario y pocas presas se le han escapado. Aunque toda captura, claro, la hace con clase.
A Hemingway, por ejemplo, lo convenció entre tragos en el Ritz de París para que le diera una de las dos únicas entrevistas que otorgó en su vida. Y, cuando al año de vida la revista se quedó escasa de financiamiento, se fue a Pamplona a la Fiesta de San Fermín a correr por las calles con el Aga Kan. Cuando tenían la respiración de los toros en el cuello, le pidió que patrocinara a The Paris Review. Con la mente evidentemente en otra cosa, el agitado príncipe dijo que sí. Nunca más les faltaron fondos.
Ni estrellas literarias que se dejaran entrevistar. “Eso quedó claro desde el principio. Yo estaba estudiando en Cambridge, donde E. M. Forster realizaba una residencia. Forster era muy famoso por haber escrito Un pasaje a la India, Howard´s end y Un amor en Florencia, pero más famoso todavía porque no había vuelto a escribir nada desde los 24 años. Me animé a preguntarle la razón y la escribí en mi revista (aparentemente había perdido el control sobre los personajes, y el pánico que eso le causaba no le permitía terminar las novelas que tenía casi listas). A partir de entonces, todo fue relativamente simple. Cuando vieron que el mismísimo Forster se animaba a las confesiones, la mayor parte de los escritores no tuvo problema en imitarlo.”
–Son, probablemente, las entrevistas más famosas del mundo literario. ¿Cuál es el secreto?
–Muy simple: preguntamos sobre el oficio de ser escritor. A la gente las ideas le interesan hasta cierto punto. Pero se sienten fascinados por el trabajo día a día, la parte sin tanto velo glamoroso de las grandes plumas. La pregunta más típica de The Paris Review es ¿qué tipo de lapicera usa? o, si no, ¿cómo se sienta frente a la computadora? Son como bambalinas de una gran obra de teatro. Simenon, por ejemplo, trabajaba durante ocho días sin parar, terminaba un libro y se internaba en un hospital. Averiguamos qué comía en esos días, cómo es que se enfermaba tanto. Obviamente, hay autores a los que les molesta contarlo. Salinger nunca aceptó. Hemingway sí, pero a regañadientes. Pensaba que el talento es como un pozo de agua que se seca si se habla demasiado de él. Graham Greene nunca nos dejó que publicáramos la entrevista que le realizamos. Yo creo que fue porque el entrevistador había comido pesado la noche anterior y le vomitó en el sombrero al llegar, pero nunca lo pudimos confirmar. Evelyn Waugh se rehusó a levantarse de la cama a lo largo de toda la entrevista. En fin, gente complicada los escritores.
–Las entrevistas siempre se hacen en colaboración con el escritor, que las puede corregir una vez terminadas. ¿No se arruina el efecto?
–Es así porque si la idea es tener un testimonio último sobre cómo es su proceso de escritura, ¿por qué no tener el correcto? Pero claro que esto tiene sus problemas. Yo era muy amigo de Jerzy Kozinski y le hicimos una entrevista muy relajada, fantástica, donde contaba unos cuentos graciosísimos. Era perfecta. Se la mandé y lo que me devolvió estaba muerto como una piedra porque quería ser visto como una persona seria. Nunca lo pude convencer de hacer público el original. Es que el humor es lo más difícil. Hicimos un número especial sobre escritores como Woody Allen y, para mi sorpresa, eran aburridísimos al hablar de su trabajo, sólo funcionaban cuando se los embarcaba en algún cuento. Pero nunca, claro, mejores que los de Jerzy que se perdieron.
–Su vida se divide entre escritores y deportistas. ¿Quiénes son más complicados?
–Todos son muy complicados. Gore Vidal dijo: “Cuando un amigo recibe una buena reseña uno siempre muere un poquito”, y Norman Mailer, por ejemplo, es tan competitivo como cualquier figura del deporte que haya conocido. Con Hemingway, eran las dos caras de una misma moneda. Con cierta desesperación, debo admitir, me pregunto si esa intensidad es un complemento indispensable del talento y el trabajo.
–¿Y qué tal es es Mailer actuando de Hemingway?
–¡Es su sueño eterno, hasta se pone la típica camperita de safari de Ernest! La verdad es que Norman quiere ser Ernest. El se enoja mucho cuando yo lo digo, pero poder estar en la piel de su héroe es concretar la ambición de toda una vida. Yo soy un desastre como Fitzgerald, pero el texto es muy bueno, nos basamos en las cartas que se cruzaban (salvo entre Hemingway y Zelda que no sólo no se escribían, sino que se detestaban) y resultó ser una excusa fantástica para escaparnos de nuestras responsabilidades y viajar. Ya lo hicimos en Nueva York y en París, y ahora partimos a recorrer las capitales de Europa oriental. Después queremos hacer América de punta a punta, empezando por abajo. ¿Le parece que a los argentinos les gustará mi corbatita naranja? Para Scott, la favorita.





