
Giancarlo Puppo Pintar y decir
Desde el viernes, en el Centro Cultural Recoleta, se puede ver las Amorosas extrañas criaturas, de Giancarlo Puppo –reunidas también en un libro del mismo nombre–, que hace dos meses fueron expuestas en Milán. He aquí un botón de ejemplo de imagen y de palabra
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Si una imagen vale por mil palabras, ¿cuántas imágenes vale la palabra? Las equivalencias como siempre serán múltiples y engañosas, bien lo sabe Giancarlo Puppo que ahora ha decidido navegar la doble corriente del pintar y del decir para ir desarrollando su muy personal, entrañable universo.
¿Un arquitecto que es pintor? ¿Un pintor que es arquitecto? Tiramos la moneda que de un lado tiene el pincel y del otro la regla T, y la moneda cae de canto y señala los textos. Todos ganamos. Su libro recientemente publicado, Amorosas extrañas criaturas, puede confirmarlo. Nació en Italia, el libro, como su autor, que llegó de Roma a la Argentina a los 8 años y aquí quedó, atrapado en la fascinación de un mundo americano.
Instigado por Gillo Dorfles, el distinguido crítico e historiador de arte, Puppo decidió ponerles palabras a ciertas series de sus cuadros que de todos modos hablaban por sí mismas. No le costó demasiado: en prolijos anotadores hechos a mano, donde va registrando sus inspiraciones, a veces los pequeños bocetos de futuros enormes cuadros se completan hablados. Palabras para transmitir la emoción, para desarrollar la escena. Y escena es la palabra porque en general se trata de pinturas teatrales, ricas en significado. Así nacieron estos microrrelatos cargados de una mordacidad inquietante.
–Me atraen las imágenes de aparente serenidad que pueden estar describiendo un universo atroz, como en las pinturas de Cándido López, tan naïves si no fuera porque muestran los miles de cadáveres y relatan la cruenta Guerra del Paraguay –confiesa.
También le gusta recordar una anécdota de Picasso: cierta dama (posiblemente compradora, pienso, de otra manera el maestro no se habría dignado contestarle) le pidió que le explicara uno de sus cuadros. "Señora – le dijo entonces Picasso con todo empaque–, yo se lo explico con gusto, y usted entenderá la explicación, pero nunca la pintura."
Estos microrrelatos, por lo tanto, no intentan describir los cuadros con los que se enfrentan, más bien entablan un diálogo que el lector/espectador irá enriqueciendo a gusto, aportando una tercera forma de lectura para entender un poco más esta realidad –y la realidad del arte– siempre elusiva y siempre tan pero tan movilizadora.
Distintos lenguajes para trazar un universo a la vez tierno e irónico. Como el atribuido a Velázquez, que en la serie de este artista contemporáneo aparece en lugares insólitos, Paraguay, por ejemplo, o Nuevo México en el desierto estadounidense.
–Velázquez era un pícaro y le encantaba viajar; cuando lo mandaron a Roma para comprar pintura se quedó dando vueltas por Italia y por Francia, y tuvieron que ir a buscarlo para que se reintegrara como pintor de la corte.
Es justamente la picardía, la irreverencia en el arte dentro mismo del arte, lo que más atrae a Puppo. Cosa que recalca Gillo Dorfles cuando en el prólogo del libro hace referencia a las historietas "tanto en sus facetas más populares como en las elitistas". Y agrega: "He aquí un caso verdaderamente insólito en el panorama de la pintura actual: el de Giancarlo Puppo, que en paralelo con su ejercicio de la arquitectura desarrolla, desde hace ya mucho tiempo una forma de arte fascinante y desconcertante que se podría calificar de iconográfico. En el sentido más literal del término, es decir, creador de iconos.
En el centro Cultural Recoleta, las adorables extrañas criaturas de Giancarlo Puppo hasta adquirirán corporeidad. Al visitarlas podremos disfrutar de unas merecidas vacaciones del alma.






