
Goa: la perla de Oriente
Está situada en la costa oeste de la India. Fue paraíso de hippies y ahora recibe turistas de todas partes. La combinación perfecta de historia, espiritualidad y exótica diversión
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Cuando el sol carmesí se pone sobre el mar de Arabia, la cantante británica Helen Jones sube al escenario del Café Looda, junto al mar, se aferra al micrófono y descerraja un ardiente himno sobre la multitud reunida bajo el techo de paja del bar, al aire libre.
"¡No hay nada como esto en el mundo real!", canta, gritando y agitando su pelo rubio rojizo mientras una banda hindo-anglo-iraní llamada Sattva ("rectitud", en sánscrito) la acompaña con un gimiente acorde funk. La multitud, que bebe cerveza, y que incluye chicas europeas con anillos en la nariz, beatniks israelíes de barbita, votantes del partido verde australiano y grupos misceláneos de lectores de la prensa under que calzan todo tipo de sandalias imaginables, lleva el ritmo con la cabeza al compás de la música que resuena en Anjuna Beach: "¡Ven a Goa! ¡Cambia tu mente! ¡Cambia tu vida!"
No hay nada como esto en el mundo. Ven a Goa. Cambia tu mente. Cambia tu vida. Es difícil imaginar un mejor jingle para esta arenosa cinta de la costa occidental de la India, un venerable enclave católico donde empezaron a llegar los hippies estadounidenses a fines de la década de 1960. Desde entonces ha sido frecuentado por peregrinos espirituales de todo el mundo, jóvenes amantes de las fiestas, defensores de la contracultura y refugiados del mundo real. Es un lugar donde las palmeras dan un fruto raro –volantes de gemoterapia, curaciones ayurvédicas y fiestas rave–, y todos los caminos parecen conducir a un restaurante orgánico o a una clínica de masajes. En los centros de yoga, las posturas son manipuladas por instructores indios de primer nivel. En los clubes, donde predomina la música trance, la mezcla está administrada por deejays con pasaportes de todas partes del mundo. Los cuerpos son tatuados en salones de lo más diversos, las mentes buscan la iluminación, o al menos algo de expansión, en muchas clínicas de meditación.
Los extranjeros siempre han sido atraídos por la diminuta Goa –cuya población total alcanza apenas a poco más de 1 millón– desde que los portugueses establecieron una colonia en el siglo XVI, como parte de la ruta de las especias. El puerto se convirtió en una de las ciudades más espléndidas de Asia antes de que las enfermedades, los vicios y la competencia comercial arruinaran las grandes fortunas (sus restos aún son visibles en la Vieja Goa, un sitio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, situado cerca de la capital actual del estado, Panjim).
El ejército local le arrebató Goa a Portugal en 1961. Pero muy pronto aparecieron nuevos colonizadores. Seducidos por los mismos paisajes que habían revelado los catalejos a los portugueses siglos antes –playas sin turistas, jungla verde, portentosos acantilados–, los ex hijos del flower power viajaron desde Europa y crearon en el norte de Goa un nuevo mundo, barato y de espíritu libre, entre los goanos nativos. La aldea de Anjuna se convirtió en el centro activo, con las comunidades más apacibles y tranquilas de Arambol y Vagator funcionando como satélites.
Desde entonces, cada generación de nómadas globales ha registrado su paso por allí: devotos del new age de la década de 1980, ravers globales y pioneros de la electromúsica de la década de 1990 (que iniciaron una tradición de fiestas de toda la noche en la playa y convirtieron la música trance de Goa en un fenómeno mundial), y los adeptos del yoga de hoy. El resultado es un refugio tropical más duradero y adaptable de la vida alternativa. Cuando pasan los monzones de verano, todos los alternativos del mundo convergen en Goa.
"Es un paraíso accesible a todos, con verdadero estilo indio: gente de toda forma, color, edad, tamaño, planeta", dice Deepti Datt, una realizadora cinematográfica que divide su tiempo entre Goa, Bombay y el sur de California. Su bar y restaurante, Axirvaad ("bendición", en sánscrito), fue durante mucho tiempo una leyenda rotulada "templo del groove". Goa, agrega, "es un feliz parque de diversiones para adultos".
Los miércoles, una caravana de taxis y camionetas lleva grandes grupos hasta el más celebrado parque de diversiones del lugar, el mercado de pulgas semanal de Anjuna. Establecido hace décadas por la comunidad hippie de Anjuna, el humilde emprendimiento local se convirtió en un acontecimiento de nivel internacional. Muchos de los cientos de pequeños puestos están a cargo ahora de vociferantes mujeres indias, ataviadas con saris y adornadas con tintineantes joyas, que pregonan su mercadería.
Los puestos rebosan de tallas de deidades hindúes y latas de azafrán y coriandro. Mujeres indias provistas de jeringas hacen tatuajes con henna. Hombres indios provistos de varas delgadas limpian la cera de las orejas. Un australiano de barba blanca reparte volantes que publicitan la curación por el reiki. "Es su camino hacia Dios", dice. La última oleada de recién llegados contraculturales incluye desde músicos de rock finlandeses hasta mujeres iraníes, pero con ellos se mezcla otra especie curiosa: maduros turistas europeos que contrataron paquetes de vacaciones (las ciudades de Baga y Clangute, al sur de Anjuna, se han transformado recientemente en el "Cancún de la India", molestando a sus vecinos del Norte).
A medida que se aproxima la medianoche, las posadas a 5 dólares la noche se vacían y los serpenteantes caminos que conducen al nightclub Paradiso se llenan de motocicletas y scooters alquilados. En el cielo, una señal luminosa explica el denso tránsito: la luna llena. Décadas atrás, los residentes hippies solían hacer fiestas en la playa en noches como éstas. Cuando apareció, la generación de las raves amplió ese ritual, organizando sus fiestas con disc-jockeys en lugares al aire libre, como la famosa disco Valley. La tradición ha perdido fuerza, aunque todavía se puede ver alguna, generalmente en los meses de diciembre y enero. Mientras tanto, los clubes como Paradiso y Nine Bar concentran a la gente.
Construido con barro y encaramado en un acantilado sobre el mar, el enorme espacio de Paradiso da cierta impresión de gruta prehistórica. En un rincón centellea una estatua de Shiva, iluminada de azul y que con sus numerosos brazos extendidos baila su danza cósmica. A la luz de la luna y bajo el resplandor que emana de esta diosa, una multitud se mueve al ensordecedor ritmo de la música trance. Para los adeptos del trance de Goa, un viaje a Anjuna es como la peregrinación de un cristiano a Belén.
"He soñado con venir aquí desde que tenía 14 años –dice Omri Lauter, un barbudo nativo de Jerusalén que aparenta unos 25–. Es el paraíso, verdaderamente."
"El único lugar con el que puedo compararlo es Ibiza", dice el dueño del club, Nandan Kudchadkar. Explica que muchos de los deejays que invita, que vienen de Londres, Escandinavia, Rusia, Japón e Israel, prueban aquí sus nuevas mezclas trance antes de grabarlas o llevarlas a otros lugares del mundo. Los parroquianos de Anjuna necesitan constante novedad.
Al romper el día florecen las artes curativas, el yang para contrarrestar el yin nocturno. En el centro de yoga Purple Valley, el rejuvenecimiento adquiere muchas formas. El centro más famoso del circuito de yoga, Purple Valley, ha contratado luminarias de todo el mundo, incluido el maestro de Madonna y de Sting, el famoso Danny Paradise.
Pero las experiencias espirituales más auténticas de Goa requieren tomar un taxi rumbo al pasado. Recorriendo los serpenteantes caminos hacia el Sur, hacia la campiña, al salir de Anjuna se ven escenas de la vida cotidiana de la India que parecen estar a un mundo de distancia de lo que se ha dejado atrás: fuegos ardiendo entre las chozas que bordean los caminos, chicos que juegan al cricket en un campo lleno de malezas, ancianas hindúes que, descalzas, llevan cestos sobre la cabeza.
Todas las cabezas se inclinan al entrar a la basílica del Bom Jesús, en Goa la Vieja, una ciudad fantasma de edificios barrocos que fue alguna vez la espléndida sede del comercio colonial portugués en la India. El motivo de tanta reverencia está en un profundo nicho, donde una urna de plata fabulosamente ornamentada alberga los restos del más famoso peregrino espiritual de Occidente que llegó a las costas de Goa: san Francisco Javier.
Enviado como misionero a Oriente en 1540, Francisco Javier, un jesuita español, llegó a Goa el año siguiente para encontrarse en una próspera metrópoli internacional más grande que Londres. Como observó un viajero francés, los bulevares de Goa estaban bordeados por "orfebres y banqueros, así como por los más ricos comerciantes y los mejores artesanos".
San Francisco viajó por todo Oriente, volviendo frecuentemente a Goa hasta su muerte, acaecida en China en 1552. Su cadáver fue trasladado a Goa dos años más tarde. Hoy, las iglesias barrocas, conventos y catedrales dan testimonio del antiguo esplendor. Blanqueadas a la cal, esas reliquias espectrales se yerguen contra el fondo de verdes planicies y de la aún más verde jungla circundante, como una versión católica de los templos de Angkor.
Unos kilómetros más al Sur, cerca de la diminuta aldea de Priol, le religión pasa del cristianismo al hinduismo. Vistiendo coloridos saris, los viajeros se dirigen al templo Shri Manguesh, del siglo XVII, a dejar sus ofrendas. El aire está colmado de incienso y de un suave murmullo.
Según la leyenda, Shiva –el supremo creador y destructor del hinduismo– jugó una vez una partida de dados con su esposa Parvati y perdió todo. Abatido y despojado de sus pertenencias mundanas, hizo lo que muchos han hecho desde entonces: se refugió en Goa, donde ahora se alza este templo. Parvati lo siguió y finalmente logró convencerlo de que regresara. El accedió, y ambos volvieron a vivir juntos.
Para saber más: goagovt.nic.in
Datos útiles
Dónde alojarse
- Palacete Rodrigues, Mazzal Vado, Anjuna, una mansión portuguesa de siglos de antigüedad. Habitación doble, 850 rupias (1 dólar: 50 rupias).
- Guru Guesthouse, Anjuna Beach. Mochileros y bohemios disfrutarán de este hotel barato, que tiene un área de meditación y un bar adyacente con vista al mar. Habitaciones desde 250 rupias.
Dónde comer
- Martha’s Breakfast, Monteiro Vaddo, Anjuna, es un sombreado patio donde se sirven abundantes comidas baratas.
- Hanuman Bar y Restaurante, North Anjuna Beach. El ecléctico menú incluye platos indios, chinos y hasta israelíes. Una comida para dos difícilmente cueste más de 400 rupias.
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