
Graciela Borges: belleza ilustre
Espléndida, en su madurez, se la ve en este momento como la imagen de la sensualidad en la campaña de una marca de ropa, a la vez que el gobierno de Buenos Aires la reconoció hace poco como Ciudadana Ilustre y los directores jóvenes, como Lucrecia Martel y Daniel Ortega, se enorgullecen por filmar con ella. Glamorosa y desenfadada, reflexiona sobre su presente
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Tenías, Gra, 14 años. Tan pocos, y ya la fama. Una cita con la vida, todo el mundo enamorado de los ojos, de los rasgos terminados a mano, perfectos, la carita, la boca.
-Hugo del Carril, el director, qué hombre, cuánta inteligencia, cuánta belleza, el pelo, la sonrisa. No parecía de este mundo. Sí, allí empezó todo, quién no lo sabe, ¿no? La protagonista era Gilda Lousek, su novia, además. Empezó pronto, es verdad.
Te parecías, Gra, a la que sos ahora. Cambiaste paso a paso, poco. Sos mucho más, cómo decirlo, sexy, más intensa y, seguramente, más enterada de las cosas del vivir y de las del querer. Claro, que al ser tan chica tuviste que dejar de ser frágil antes de tiempo, con los festivales, el reconocimiento de otros países, con la carrera de los días y de las noches, el amor, las fotos. Tenías, ya, Graciela, la voz grave y los tonos de ahora, es curioso. Fuiste avanzando, a menudo a toda marcha, Gra, actriz, rostro de la cultura, del deseo, indeclinable obsesión de este pueblo extraño. Gra.
-Tengo hambre. ¿Pedimos algo? Casi no como durante el día, pero a la noche, no sé, puedo comerme al mozo que se va con la bandeja, cómo explicártelo. Devoro. Me encanta comer. Y tomar un vaso de vino con alguien. Hago mil quinientas cosas, además de las de mi trabajo, desde luego. Gimnasia, un montón. Pila- € tes, con las camas. Fue inventada para presos, para que pudieran ejercitarse en espacios mínimos. Es extraordinaria. Estudio, leo. Y como. Tomarse ese vaso de vino con un amigo es como la lluvia, como el atardecer, como el cine.
El cine, Gra. La cámara siente por vos un amor impresionante, te sigue y te reclama. Te han hecho Ciudadana Ilustre de Buenos Aires, Gra, con su ceremonia y su aplauso.
-Voy al cine sola ciertas tardes, en Pilar, sobre todo. Me acostumbré en los festivales, en los que fui jurado, como en San Sebastián. Antes no me bancaba ir sola a ninguna parte, podría decirte. Pero en los festivales tenés que ver y ver y ver películas, desde las 9 o 10 de la mañana. Me fastidia levantarme temprano, pero en los festivales no hay otra forma. Sola, fui a ver Lejos del Paraíso, muy interesante, muy cincuenta. Pero hay algo que no me cierra en el cine americano, con historias tan bien contadas, sin embargo, con actores tan eficaces. Es como si les faltara sabiduría, algo más de sabiduría.
El hijo
Vivís sola, Gra. Está Celsa, sí, Celsa Velásquez, la guapa paraguaya que te ayuda en la casa. Pero ya no Juan Cruz, que ha resuelto tener la propia.
-No sola del todo, porque la casa está llena de gente casi siempre. Juan va y viene. Es un ser tan encantador, tan lindo y tan bueno, dejame decirlo. Es de una gran bondad, salvo conmigo. Es una broma. O no. Es que en algún momento tenemos a nuestros padres para odiarlos, es sabido. Pero no sólo no me odia, sino que nos queremos muy profundamente. Pelea conmigo. Y yo con él, sí, con este tipo alto, medio new romantic. Es tan especial, mi hijo. Es bárbaro. Entiendo que viva solo, por supuesto. Aguantar a la madre, ya me dirás. Tiene un corazón enorme. Me gusta ese chico.
La madre
Tus ojos, Gra, se ponen húmedos ahora. Tus ojos que saben reír, y ríen mucho -porque estás casi siempre de parte de la alegría, Gra, y te gusta bromear, celebrar los momentos, rematar algunas frases con la verónica de una palabra que las buenas maneras probablemente no recomienden-, se han vuelto tristes, hondos.
-Desde que murió la Vieja, hace dos años, me quedé en una rarísima quietud, con poco movimiento, rasgada. La quería, sabés. Tanto. Fue el tiempo en que me operé de la columna, con Schejter, un médico notable. Yo siempre digo que con un médico judío me parece que me voy a morir menos. Yo amo a los judíos por muchas razones. Diversas, históricas, personales. Dije lo de los médicos alguna vez, por radio, y tuve llamadas coléricas. Desde luego hay médicos formidables de todo origen, para qué aclararlo. Pero yo le debo la vida a un médico judío, y lo digo. Le debo el nacimiento de Juan Cruz a José Grimberg, maravilloso, capaz de hacer fértil a toda mujer. Juan Manuel y yo lo tuvimos gracias a Grimberg. Cuando pasan cosas buenas, como lo de Ciudadana Ilustre, no puedo dejar de pensar qué lastima que no esté la Vieja acá. Como cuando gané, ¿cuándo fue?, a principios de este año, el premio a la mejor actriz. La Vieja lo hubiera gozado más que yo. Era una referencia permanente y una diosa. Mirala, qué foto tan increíble, elegantísima, pollera larga -era alta, la Vieja- y con patines, ¿ves? ¿No es curiosísima? Mirá la belleza de la Vieja, por favor. Tenía un estilazo. ¿Tenés anteojos? ¿Ves igual? Se rompió primero una cadera, luego, la otra. Tenía los ojos verdes más brillantes que he visto en mi vida. No se parecía nada a mí. Yo me parezco a mi viejo, que era muy buen mozo, igualito a Gary Cooper. Vi un día que sus ojos, los de mamá, se habían destruido, y supe que no quería ver su deterioro. Pasaron cosas tremendas. La operaron, en el San Camilo, y decidió quedarse, imaginate. Quedarse ahí, para siempre. No era un geriátrico, desde luego. Es una foto tonta. Una mujer que patina, con ese estilo. Divina. Me apoyó siempre mucho. Leonor, Leonor Lacombe, mamá. Tanto, que le perdoné los olvidos, que no eran olvidos, sino lo que yo llamaba falta de colaboración en mi vida actual. Ella adoraba a Juan Manuel, a Bordeu. Sí, mi marido, el único que tuve, mi querido. Novios, no cuentan. Salían a caballo juntos. Cuando nos separamos, seguimos llevándonos muy bien. Soy amiga de Patricia, su última mujer, y adoro a sus chicas. Son mías, casi. Una se me parece tanto, no podés creerlo. Ansiosa, movediza, no para. Cuando me separé, la Vieja jamás me volvió a preguntar por un candidato. Se acabó. Vino el olvido. Dejó de colaborar, ya te digo, pero lo mismo seguí amándola. Y el año pasado me puse a extrañarla. La recuerdo leyendo. Leía mucho.
Aunque sentís dolor, Gra, te negás a quedarte allí. Ningún empantanamiento en el dolor, Gra. Lo veo en los argentinos, pero, particularmente, en la gente de la cultura. Regodearse en el dolor. Algo muy setentista. Solés decirlo, Gra, y es cierto. Sos fiel a quienes te quieren. No hay años ni historias que puedan abollar tu lealtad. Ayer llamaste a Favio, a Leonardo, como de costumbre. Te dirigió con genio. Quedó en tu corazón. Amigos para siempre. Es probable que tu afecto, que es dominante en vos, tenga vocación por esa manera de amar, la amistad. Asunto de cultivo, sí, pero sin necesidad de pruebas constantes.
El padre
-Mis padres se separaron cuando yo tenía un año. A partir de ese día, de ese tiempo, mi padre fue mi padre, pero no como quien ejerce, ¿entendés? Sin embargo, pienso en él con cariño. Lo que pasó ya está, lejos. Prescribió. Es terrible vivir con la memoria anclada en cosas duras del pasado. Tienen que prescribir. Es muy fácil, por otro lado, echarles las culpas a los otros. Soy así, por mi padre. Le debo la angustia a mi madre. Tengo dos hermanos. De padre. Marcelo y Gerardo. Durante mucho tiempo no los tuve. Ahora sí. Marcelo es mi ladero, mi amigo. Son muy jóvenes, más o menos de la edad de Juan Cruz. Dejame atender el teléfono. Corto rápido. ¿Marcelo? Justo estaba hablando de vos, fijate, contando todo lo que te quiero, pero a punto de putearte, perdón, porque tardabas en llamar. Te llamo yo. A las 8, sí, chau. Marcelo, mi hermano. ¿Te dije que papá era igualito a Gary Cooper? Sí, te lo dije.
También recordaste de pronto a Monzón. Te surgió el recuerdo del día en que Hugo del Carril te llevó al Luna Park, y de los hombres que se golpeaban sin respiro. Hugo te preguntó si estabas llorando. Le dijiste que no, pero que tenías mucho miedo. Y Monzón después, en la charla que se arma con imágenes y conexiones. Te pregunté si habías tenido una historia con el campeón, y te quedaste sorprendida:
-¿Con Carlos? No, en absoluto. Fuimos amiguísimos con el Negro. Una vez me peleé con un novio y me pidió permiso para romperle la cara. Le dije que no, que por favor no se tomara esa molestia. Yo había pescado a ese novio en una infidelidad, te cuento. Filmábamos con Monzón e íbamos en auto con él y Mercedes, la hermana de Marta González, que era vestuarista, por la calle Peña, donde vivía el novio en cuestión. Lo veo al pasar mientras deja a una chica en la puerta de la casa y se va a guardar el auto a la otra cuadra. Me bajo, toco timbre, me abre la chica, entro y destruyo toda la casa. Y ahí Carlos se ofrece a darle una piña, de puro gentil. Mercedes se quedó conmigo en casa. Yo temblaba, tenía un miedo y una sensación de fragilidad tremenda mezclada con culpa, y celos. Como a las 5 de la mañana me despierto, bajo una escalera y veo a Carlos durmiendo en un sillón. "Me quedé -dijo- por si acaso, Borges." Qué sol. Nunca voy a olvidarlo. Por eso fui a verlo a la cárcel. Un amigo, muy grande.
Me llevo bien con todos mis hombres. Juan Manuel fue durante catorce años el padre de mi hijo, después de haber sido mi marido, y siempre nos quisimos. Pasamos con él años dorados, junto al Chueco Fangio, en Europa, en tantos lugares. Mónaco, Grace Kelly, comidas con Salvador Dalí, la vida mundana y el miedo de las carreras. Con Raúl (De la Torre). Era lindo viajar con él, que veía todo con los ojos del arte.
Secretos
Has callado, Gra, pensativa. Nada digo. Espero.
-Tengo algún secreto, aunque no vergonzoso ni mucho menos. ¿Quién no? No te diría, por ejemplo, el nombre de alguien con el que tuve una relación muy difícil, muy oscura, porque él era un hombre oscuro. Por alguna razón, entonces, también de mí salía, con él, algo oscuro. Fue la única persona que me hizo sentir cierto resentimiento Era infeliz, pero no conseguía alejarme, ¿lo ves? Por suerte, todo prescribe. Un día, estábamos con Corita Reutemann, entrañable amiga, y Juan Cruz, en un restaurante. Me dice Juan: "Mirá quién está allá, mamá".
Qué horror. Era este personaje. Juan dice entonces: "¿Por qué no te levantás y lo saludás, mamá?" Lo hago. Me acerco y le digo qué tal, cómo le va, porque nos tratábamos de usted. No sentí nada, no recordé ninguna sensación, ni cómo era hacer el amor con él ni otra cualquiera.
A los dos meses, se murió. Cuando me avisaron que había muerto, sentí un gran alivio: la despedida sin resentimiento. Por eso, por cosas así, noto lo bueno que es conmigo el Tata Dios.






