
¿Grieta gastronómica? El paladar, fuente de conflicto
Cuando las diferencias de gustos por la comida o los restaurantes provocan tensiones insólitas en la pareja
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La primera salida de Diego Macadar y su mujer, Laura, fue un rotundo fracaso. "A mí me encanta comer, soy de probar de todo y en la primera cita la llevé a un restó libanés. Cuando nos sentamos, ella estudió la carta de arriba a abajo y me dijo «cená vos, yo no voy a comer, no me gusta nada». Me quería morir. Yo no tenía idea de que a ella no le gustaba comer casi nada. Y cuando digo nada, es nada. Laura es mañosa y ultraconservadora con lo que come, en cambio a mí me encanta probar de todo", cuenta este especialista en tecnología de 35 años. La comida suele ser uno de los placeres que se comparten en pareja. Pero en algunos casos es también un punto de tensión y conflicto cuando no hay coincidencia en gustos o estilos. Esa noche, Diego y Laura sortearon la situación con humor. Se enamoraron, se casaron y son padres de Luca, de 9 años. Pero lejos de acercar posiciones en cuanto a la comida, la "grieta gastronómica" entre ambos se ensanchó a lo largo de estos años. Tan grande se hizo que él se volvió paleo y ella no puede vivir sin las harinas. "Para nosotros es un tema delicado", reconoce Diego.
Ese conflicto al que menciona Diego no sólo surge por los gustos, en los que claramente no hay coincidencias, sino por una cuestión de salud. "Ella no come ni frutas ni verduras, salvo espinaca en una tarta. El pescado y la carne no le gustan, salvo que sea en milanesa, o sea, todo con harina -describe-. Al dejar las harinas, bajé 75 kilos el último año y 100 en total desde que empecé la dieta. Y la verdad que me cuesta ver a Laura o a mi hijo comiendo harinas o tomando leche. Ya no es una cuestión de gustos, sino de salud", dice Diego.
Algo tan simple y aprioriplacentero como ir a comer a un restaurante se vuelve una complicación. "No es un plan para nosotros. Yo soy supersibarita, a mí me encanta el sushi y con ella no puedo ir a comer porque le da impresión. En algún caso fui solo a un restaurante de comida étnica porque sé que ella no lo va a disfrutar, lo va a pasar mal. Por eso, a la hora de elegir un lugar, tratamos de encontrar algo que tenga opciones para todos. Obviamente no voy a uno donde se sirvan sólo pastas, pero soy el que me adapto mejor", confiesa.
Paige Nichols es una norteamericana que vive en la Argentina desde hace ocho años. Se enamoró de Buenos Aires por la comida y se instaló en la ciudad con el firme propósito de explorar por lo menos un lugar nuevo cada semana. Su fanatismo por la gastronomía local la inspiró para escribir un blog, LaPanza porteña, en el que vuelca con detalle cada una de sus experiencias gourmet en la ciudad. Su paladar "superamplio y muy diversificado", contrasta con el de su marido, José, mucho más conservador y limitado a la hora de probar nuevos sabores y salir del circuito gastronómico "seguro".
"Cuando lo conocí, hace seis años, le costaba probar cosas nuevas. A mí, en cambio, me gusta todo. Él es más reservado, llamaba a los mariscos «bichos siniestros» hasta que se animó a probarlos con unos amigos en España y ahora le encantan. Yo trato de abrirle el paladar, ofrecerle opciones, cosas nuevas. Lo bueno es que si hay pocas cosas en el menú que le gustan no hace berrinches -reconoce-. Lo que no tolera es el ajo y la cebolla. El ajo le cae mal, tiene una especie de alergia. Y la cebolla no le gusta nada y a mí me encanta, le pongo cebolla a todo y él se lo pasa separando los pedacitos. Es muy divertido", relata Paige.
¿Más discrepancias gourmet? La palta, el sushi (salvo un roll de El Gran Danzón, que él aprueba) el ceviche (depende del lugar) y la carne: José la prefiere bien cocida y ella la pide casi cruda. "Eso sí que no lo perdono, para mí, es un sacrilegio. A él le gusta tipo suela. No puedo creer que un manjar como la carne de acá la coma así, seca tipo piedra. Pero lo solucionamos yendo a una buena parrilla y cada uno la pide como le gusta", añade.
A la hora de explorar nuevos lugares gastronómicos, Paige tiene una lista "apta para ir con su marido" y otra "apta para visitar con sus amigos". "A José le gusta comer bien, ir a buenos restó. Y a mí me encantan también los bodegones de barrio o ir al coreano de Flores a los que sé que no lo puedo llevar. Entonces a esos lugares voy con amigos. Si hay algo que quiero que pruebe lo llevo a Osaka, voy a lo más confiable y si ni aún ahí le gusta, es porque no hay chances", cuenta Paige, que asegura que en el tema vino hay ciento por ciento de coincidencia. "El es el sommelier de la pareja. Se encarga de investigar y de hacer los pedidos. Al final somos un buen equipo", reconoce.
En el caso de Adolfo Escobar y su mujer Catalina Collardín, dueños de L'artisan taller de pastas, la comida ocupa el top tres de prioridades diarias. De profesión cocinero, Adolfo trabajó en varios restaurantes y hoteles 5 estrellas de América latina y Centroamérica. En la Argentina, estuvo en la cocina de Sagardi, hasta que abrió su propia fábrica de pastas gourmet, emprendimiento que comparte con su mujer. Pero sus coincidencias alimenticias terminan en las harinas. Fuera de ahí, la grieta gastronómica, dice Adolfo, es grande.
"Coincidimos en pocas cosas, a mí me gusta mucho la carne y Cata ama el pescado, sobre todo el sushi, así que siempre estamos discutiendo en buenos términos por qué debería yo comer un poco más de pescado o por qué ella debería incorporar un poco más de carne. Por suerte, en el tema pasta coincidimos bastante, aunque siempre intentamos que nuestras comidas del día incluyan un poco de cada cosa. Y si ese día no coincidimos, cada uno come lo que prefiere y punto", dice.
Pero hay veces en que estas diferencias no son fáciles de superar. Y afectan la cotidianeidad de la pareja, como le pasó a Julián S., que no bien se separó, empezó a comer lo que no comía mientras convivía con su pareja. Es decir, prácticamente de todo. "A ella no le interesaba para nada la comida y lo más elaborado que preparaba eran fideos. A mí, en cambio, me encanta comer, disfrutar de un buen vino, picar unos buenos quesos. Pero como ella no me acompañaba, yo había dejado de hacerlo. No es que me separé por la comida, pero creo que al final influyó bastante porque a lo último empezó a afectar nuestra vida social, era un tema ir a cenar con amigos, era un foco de conflicto", reconoce.
Para Marcela Minutta, psicóloga del centro terapéutico de Máximo Ravenna, este tipo de discrepancias no deberían ser insalvables. "El cambiar de alimentación o tener gustos distintos no es algo imposible de conciliar -sostiene la especialista-. El punto pasa por integrar al otro. El problema surge cuando una de las dos personas tiene un vínculo complicado con la comida, es decir, cuando su placer y la libido están puestos sólo ahí y el otro se siente dejado de lado o no incluido en ese disfrute."
Lo cierto es que la comida puede ser una de las fuentes de placer en la pareja, pero no la única. "Habrá que buscar otras cosas que unan, otros lugares de encuentro con lo placentero. El tema es abrir el juego a otros placeres, saber que se puede compartir ese momento de sentarse con una copa de vino y unos quesos, aunque el otro no me acompañe. El encuentro siempre tiene que trascender el objeto, en este caso, la comida. Nunca el objeto o su exceso une. Si es así, algo no funciona", concluye Minutta.






