
Harlem, barrio de color
En uno de los emplazamientos más altos y bellos de Manhattan, el barrio tuvo suerte diversa desde que los holandeses le dieron su nombre. La famosa capital de la América negra ahora comenzó a ser objetivo de un boom inmobiliario
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Si Nueva York es el paradigma de la vitalidad y el cambio permanente en una ciudad, la gran urbe compuesta por un mosaico de pequeños mundos peculiarmente completos, complejos y diferentes en un muestrario de razas y comunidades tan aisladas como interrelacionadas entre sí, Harlem es una de las piezas fundamentales que marcan esta idiosincrasia: un barrio mundialmente famoso tanto por la expresividad de sus artistas como por la violencia de sus calles, por el orgullo de pertenencia de sus vecinos y por la energía que emana de la reivindicación de lo afroamericano.
Con una historia que comienza en las alturas, tanto geográficas -por estar en la zona más elevada de la isla de Manhattan- como por la prosapia de sus primeros habitantes, Harlem vivió todos los rangos de valoración inmobiliaria posibles hasta llegar al abandono y la mala fama letales con que marcó al barrio la irrupción de la droga en sus calles y la consiguiente violencia de los últimos veinte años. Pero como ya se dijo, en Nueva York nunca está todo dicho, y hoy no sólo los blancos están tomando tanta confianza como para traspasar la barrera imaginaria de la calle 116 hacia el norte, sino que el carismático ex presidente Bill Clinton ya puso su lustroso zapato en Harlem, que para estos tiempos es más redituable que una pica en Flandes.
El negocio inmobiliario en explosiva expansión ha logrado que el valor de la vivienda creciera, desde 1990, un 77%. Quien quisiera acceder a la compra de alguno de los típicos edificios de brown stone que pueblan el lugar no podría desembolsar hoy menos de 700.000 dólares, y el alquiler mensual promedio de un departamento básico es de unos 350 dólares. Este ascenso en las cifras resulta inversamente proporcional al descenso en el porcentaje de criminalidad, que desde 1993 cayó en un 60 por ciento.
La historia de la llamada capital de la América negra comenzó, en realidad, en marrón, como lugar de caza y pesca de los nativos americanos, relativamente pacífica hasta que llegaron los colonizadores europeos, que en este caso llegaron de Holanda. El período blanco, de campesinos holandeses, evolucionó hasta ser el lugar donde los más ricos instalaban sus casas de campo. La región fue bautizada en 1658 con el nombre de Nieuw Haarlem, como recuerdo de la ciudad holandesa de Haarlem. Cuando los ingleses ganaron el control del lugar en 1664 intentaron renombrar al recién logrado territorio como Lancaster. Pero los lugareños resistieron la innovación y sólo resignaron, más por la comodidad de grafía que por los británicos, una a del viejo nombre.
Así se llamó entonces desde el período colonial, cuando las familias patricias instalaron allí sus mansiones con envidiable vista al río desde las alturas. De esas casas algunas todavía resisten al tiempo, como la Mansión Morris-jumel, en la calle 160 y la avenida Edgecombe, la vivienda particular más antigua de Manhattan, o la casa de verano de Alexander Hamilton, en la calle 141c y la avenida Convent.
En 1873 Harlem ya era el primer suburbio de la ciudad de Nueva York, y en 1904 llegó hasta allí el moderno subte de la avenida Lenox. En la última década del siglo XIX comenzaron a levantarse los elegantes edificios de piedra marrón, como un emprendimiento inmobiliario ambicioso que planeaba atraer a los jóvenes de las clases altas que buscaban instalarse en ambientes tan lujosos como modernos y progresistas. Pero el mal cálculo y el entusiasmo llevaron a la sobreoferta, que dejó una gran cantidad de viviendas deshabitadas y al valor inmobiliario en picada. En 1910, un emprendedor agente de bienes raíces de raza negra, Philip A. Payton, ofreció alquilar a familias afroamericanas todo lo que estuviera vacío, y lo cumplió. Desde entonces, cuantos más vecinos negros llegaban, más vecinos blancos, con incomodidad racista, se iban. Y en Harlem reinó la intensidad de la comunidad negra, con puntos clave como el Cotton Club de los años 20, el Savoy Ballroom, precursor del baile moderno, donde se podía escuchar a un Louis Armstrong o a un Fletcher Henderson.
Pero el siglo XXI parece haber traído un nuevo estilo a esta pulseada por la ocupación de las alturas de Harlem: la casi inapelable persuasión del mercado.






