Hasta los Premios Nobel procrastinan

Hernán Iglesias Illa
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16 de agosto de 2014  

Esta columna empieza dentro de un rato. Me ducho y empiezo.

Me retrasé porque llamó mi vieja para preguntarme si íbamos a la casa el domingo. Le dije que sí. Ahora justo llegan unas notificaciones de Twitter que tengo muchas ganas de mirar. Estuve toda la mañana agrediéndome juguetonamente con un par de desconocidos y quiero ver sus respuestas. Pero no respondieron. Me ignoran.

Qué interesante esta nota sobre focas ciegas en The New York Times. O ese texto enjundioso que linkean todos en un blog desconocido. Dejo las pestañas abiertas para leerlos después. Primero me pongo a trabajar. ¿Dónde dejé la lista con mis ideas para la columna? Acá está. Esta idea ya está muy vista, aquella necesitaría demasiado trabajo, con esta otra ya no estoy de acuerdo. En algún lado me había anotado otra. Por fin un lindo día. ¿Hacía cuánto que no salía el sol? Desde el lunes, por lo menos. Tengo hambre. Me hago otro café y arranco.

Encuentro, finalmente, una cita que me gusta. Cicerón, en el año 44 antes de Cristo: "La lentitud y la procrastinación son odiosas". Opino igual. Las detesto, especialmente a la procrastinación. Me consuela un poco, pero sólo un poco, saber que el oficinista promedio pasa una hora y media cada día demorando su trabajo, inventándose actividades o excusas para esquivar el trabajo real. Un tercio de los estudiantes, según los últimos estudios, tiene severos problemas de procrastinación.

Qué golazo el segundo de Cristiano el otro día. No llegué a ver quién era el defensor que cerraba. Me fijo. Ah, es Nico Pareja, no lo había reconocido. ¿Treinta años tiene ya? Qué viejos estamos. Uh, un mail del banco. Es una promoción inútil, pero me recuerda que tengo que arreglar el débito automático. Podría hacerlo ahora mismo, que no estoy trabajando ni haciendo nada útil. Pero no lo hago. Se produce un juramento, pronunciado y olvidado instantáneamente: "Esta tarde sin falta".

Una vez leí que Joseph Stiglitz se olvidó hace años una valija en la casa de un amigo suyo, en India. El amigo, George Akerlof, también economista, tardó ocho meses en mandarle la ropa por correo. Todas las semanas Akerlof le prometía el envío a su amigo, y todas las semanas fallaba. "El consuelo de esta historia es que hasta los Premios Nobel procrastinan", decía el autor del texto, reflejando una ansiedad compartida por casi todos. ¿Por qué tardo tanto en hacer lo que debería llevarme tan poco? Ahora los psicólogos y los economistas, como con casi todos los otros problemas de la vida, se han puesto a tratar de responder esta pregunta. Akerlof entre ellos. Una correlación que encontraron es que las personas más impulsivas son las más procrastinadoras. Fallan en ambas situaciones: cuando tienen que esperar, actúan; cuando tienen que actuar, esperan.

Ponete metas fáciles, me aconsejan. Dividí el trabajo en pedacitos que puedas manejar, insisten. Yo pienso en que estoy cansado y que necesito una siesta corta, para formatear el cerebro y encarar con energía el resto de la tarde. Acostado sobre el sofá, me acuerdo de un ensayo hermoso de Natalia Ginzburg sobre sus diferencias con su marido. Él era muy activo y organizado. Ella todo lo hacía laboriosamente, con dificultad e incertidumbre. "Soy muy vaga", admitía. "Si quiero terminar algo es esencial que pase largas horas tirada sobre el sofá". Acá estoy, vuelvo a mentirme, despatarrado en el sillón: trabajando.

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