
Héctor Zappala, el señor de los tacos
Con cañas que selecciona de Asia y trabajo artesanal, crea los tacos de polo que usan los mejores jugadores del mundo
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Ahora Héctor Zappala llega a una planta y se para frente a un montón de cañas. Las mira en plano general, siente su olor, su humedad. A su lado, su hijo Jonatan lo copia. Se acercan a una especie de cinta de montaje y empiezan a agarrarlas una por una, las doblan, las tensan, las miden. Están en algún lugar de Indonesia negociando con chinos, los dueños de la producción, del acopio. Van a pasar cuatro días haciendo eso: del hotel a la planta, de la planta al hotel, y al final tendrán que haber elegido, entre 50.000 cañas, las cuatro o cinco mil que se traerán para la Argentina y que serán, mucho tiempo después, los tacos de polo que usarán los mejores jugadores del mundo alrededor del planeta.
Pero ahora, Héctor Zappala está en su planta en General Rodríguez, Buenos Aires, y aunque también lo acompaña Jonatan, ya no tiene que elegir el material, sino darle forma. En vísperas de cada temporada de polo en el país, Casa Zappala tiene que apurar los cientos de pedidos que recibe antes de cada torneo. Pero en la planta no hay apuro alguno. Hay mate, hay bizcochitos, habrá empanadas más tarde, hay cinco chicas haciendo los trabajos de precisión, hay dos hombres cortando madera. Y hay un patio donde se secan al sol los futuros tacos del sultán de Brunei, uno de los clientes más estrambóticos y fieles de la casa.
¿Cómo llega un hombre a convertirse en fabricante de tacos de polo?
Los demás no sé. Yo podría decir que por casualidad.
¿Proviene de una familia de campo?
Para nada. Vengo de familia italiana: padre y madre inmigrantes. Vinieron de chicos con sus familias, escapando de la guerra. Se conocieron acá, se instalaron en San Martín, en una casa larga, típica italiana, y tuvieron seis hijos. Yo soy el cuarto.
Ocho personas viviendo en esa casa.
Nueve, porque también había una abuela.
¿Y entonces? ¿Cómo llegó al mundo del polo?
Estudié hasta tercer año de la secundaria y, cuando dejé, mi viejo me agarró y me consiguió un trabajo en una cartonería. A los 15 empecé a trabajar y no paré. Pero recién a los 25 entré en esto: trabajaba en una talabartería en avenida Callao y un día el proveedor de tacos que teníamos me ofreció ir a trabajar con él. Acepté y ese hombre me enseñó el oficio. Luego falleció y quedé yo nomás, y empecé a darle curso a lo que sabía y salió bien por suerte. Ya llevo más de 30 años en esto.

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De los seis productores de tacos de polo que hay en el mundo, cuatro producen desde la Argentina. Los otros dos, argentinos también, están radicados afuera. De entre todos, Zappala –Casa Zappala, habría que decir– es el único que viaja hasta Asia a elegir su materia prima. El dato bien podría sonar publicitario, pero su empresa no parece necesitarlo: sus tacos son los que usan jugadores como Cambiaso, los Pieres, "Pelón" Stirling, y tantas otras estrellas del polo. Además, figuras como Tommy Lee Jones, Federer, o el mismo papa Francisco tienen un taco de Casa Zappala, que por una u otra razón alguien les regaló. "Ir a Indonesia a elegir el material es un trabajo que supone gastos, tiempo, mucho esfuerzo y muchas ganas; pero es la única manera de asegurarse de que las cañas que vas a usar sean las ideales. Yo podría hacer el pedido por Internet, pero me mandarían según parámetros establecidos o medidas, y lo fundamental para mí es estar en contacto con la caña, medir con mi propia mano su peso, su movimiento, y saber si es de primera o no", explica Héctor desde de su fábrica. "La otra planta está en Hurlingham, al lado de mi casa. Es una extensión, porque al principio, cuando empecé, hacía todo desde un taller al fondo, pero fuimos creciendo e hicimos primero esa fábrica y después ésta, que la maneja mi hijo", agrega.
Además de las figuras, patrones de todo el mundo llegan a la Argentina a buscar su producto. Un ejemplo es el del príncipe de Malasia, que puede no jugar nada bien –secreto a voces que nadie le dirá mirándolo a los ojos–, pero se rodea siempre de materiales –y jugadores– de lujo. "Vino acá a la fábrica: cayó en medio de General Rodríguez en una trafic con varios custodios y sus asistentes. Fue muy loco: nadie lo puede mirar a los ojos, por reglas suyas, y yo lo miraba todo el tiempo. Es que así me relaciono con la gente: mirándola a los ojos. El tipo eligió primero sus tacos, y recién después podían elegir sus compañeros. Por ley hace todo primero él. Pero la verdad es que por mucho taco que le den…".
¿Un taco, por bueno que sea, no ayuda a mejorar al jugador?
El taco puede sacar ventaja si el jugador es bueno. Si chocan un taco malo y uno bueno, ventaja para el que tiene el mejor. Es un elemento muy importante, pero un taco solo no hace a un jugador.
Pero algunos patrones, como el príncipe de Malasia, piensan que sí, ¿no?
Pasa que está rodeado de gente que lo adula todo el día, tanto que hasta lo convencieron de que juega bien al polo…
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Cada caña que trae de Indonesia cuesta 25 dólares, un taco terminado se vende en 120. Produce cerca de 10.000 tacos por año, todos hechos artesanalmente. El 80% de su producción es por encargo, el 20% restante son stock y hechos con medidas estándar para vender al comprador eventual. Adolfito Cambiaso, por nombrar uno, compra 250 tacos por año; la familia Pieres otras tantas centenas. En un torneo, promedio, cada jugador top puede llevar entre 40 y 45 tacos, 12 por partido aproximadamente, de los cuales usan 3 o 4 si es que no se rompen.
"Yo no te puedo decir una sola diferencia principal entre mis tacos y los otros –dice Héctor–, pero no creo que se trate sólo del objeto. Es un conjunto de cosas. Por un lado, yo acepto las críticas constructivas: Loco, esto no me está gustando, no está bien, este agarre no me sirve… Y lo voy perfeccionando. Es al día de hoy que cuando alguien me pide un taco le digo que se haga un minutito y se acerque a la fábrica. A mí me da lo mismo hacer la empuñadura cuadrada, redonda o en punta, pero lo mejor es que cada uno pruebe qué le gusta más. Creo que tiene que ver un poco con eso, con el trato humano que tenemos con cada cliente."
Llegó a este mundo por casualidad hace más de 30 años y nunca se fue. ¿Cuándo fue la primera vez que jugó al polo?
No jugué nunca al polo. Me han querido hacer jugar muy buenos profesionales y muy buenas personas, pero no. El polo es algo muy difícil. Me gusta salir a pasear en un caballo criollo cada tanto, pero eso nomás.
¿Cuándo empezó a prosperar el negocio?
Calculo que habrá sido hace 15 años recién. Lo que pasa es que era algo muy difícil. Viajar para buscar mercadería, saber idiomas, cruzar a la otra punta del mundo… fue toda una odisea hasta que me pude establecer. Encima no soy partidario de la publicidad, para mí la publicidad es el boca en boca. Y así se fue dando.
¿Su primer auto se lo compró fabricando tacos?
Sí, una F-100.
¿La usaba para trabajar?
Tal cual. La estaba necesitando. En ese momento tenía que ir a vender a los torneos. Cargaba mercadería en la camioneta e iba un domingo a un torneo y colgaba los tacos y armaba lo que hoy sería un stand. Pero era el único en ese entonces, y no era un stand fashion… Era mi camioneta y mis tacos.
¿Hoy ya no hace esas cosas?
Hoy las innovaciones las hacen mis hijos, que tengo la suerte de que estén trabajando conmigo. Mis hijas (Julieta, de 22, y Daiana, de 29) manejan lo que es Internet, y Jony (33) está en la fabricación. Los pibes jóvenes que vienen a buscar tacos hablan con él. Polito Pieres, por ejemplo, siempre busca alguna distinción en el diseño y yo ya no estoy para eso. Mi hijo ya es mejor que yo en esto.
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Los pasos para hacer un taco parecen sencillos. Primero se elige la caña. Después, ya en la fábrica, se corta a la altura que convenga según se busque el peso, la tensión, la flexibilidad. Luego se endereza la caña pasándola por una llama y manipulándola manualmente. Se pone al horno para fijar su forma. Se le pone la cuña, en la parte del mango, y se le da la forma al grip midiendo que los dedos no se toquen. Finalmente se lo encabeza: se perfora el cigarro (la parte que golpea la bocha, hecho de madera Typa, del norte de Buenos Aires), y se pone en el taco. Después empieza el proceso de pintura de cada pieza. El arte es lo que media en cada paso del proceso, la conexión del hombre con la madera, la destreza que solo crece en el oficio.
¿Es gente afable la del polo?
Sí, los que tengo de conocidos, sí. Y son muchos.
Uno de sus clientes es Cambiaso. Para cualquier amante del polo sería un privilegio enorme hacer sus tacos. ¿Es cholulo con esas cosas?
No, me molesta mucho todo lo que es cholulismo. Lo tengo más como un par. Mis clientes en general vienen acá a tomar mate o a comer algo. Yo no alquilo un catering cuando viene Cambiaso o un Pieres, preparo algo yo o mi hijo y comemos. Hacemos un asado acá mismo, ponele.
¿Sólo se hacen tacos de caña o hay algo surgiendo en lo que estés investigando?
Uno siempre está buscando para mejorar, pero yo creo que algún día va a surgir una marca líder con la que no se va a poder competir. Va a surgir una marca a nivel industrial que haga tacos de grafito para reemplazar a la caña. Yo hoy hago 10 tacos, 100 tacos, 1000 tacos; y no son iguales, son parecidos. Porque es artesanal, es manual. El día que lo hagan industrializado con fibra de vidrio, con grafito, con carbono, o con teflón van a hacer 1000 tacos todos iguales.
¿Eso los haría mejores?
No sé. Se ha intentado hacer de grafito hace mucho tiempo, no anduvo. No lo digo yo que soy fabricante, te lo dicen los profesionales, que no lo usan. Esa es la mejor muestra.
¿Qué es un taco para usted?
No sé cómo describírtelo, pero venís vos me decís: Me hacés un taco porque voy a jugar un torneo el domingo, sea profesional o amateur; yo te hago siete tacos y vos venís el lunes y me decís: El taco me anduvo de diez . ¡Eso me llena de placer! Porque es un producto que vos lo fuiste a buscar al otro lado del mundo. No es que le puse un polvo blanco y verde y lo vendí. ¡No! Es algo que está hecho uno por uno y que, después de todo, es una parte de vos. Sí, eso es un taco: una parte más de mí.






