
Hermano mono
Darwin se quedó corto: una nueva teoría afirma que las cualidades que hacen la vida humana tan preciosa son compartidas por los grandes simios; por lo tanto, habría que reconocerles idénticos derechos que a nuestra especie
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En un film reciente, El planeta de los simios, se muestra una manera de considerar el conflicto hombre v. mono: es una guerra civil.
Aunque aún hay gente que se siente perturbada por la teoría de Darwin -que postula que los monos son nuestros abuelos-, existe una posibilidad todavía más inquietante: que seamos tan sólo otro linaje de monos. Según esta teoría, en la gran pirámide de la naturaleza, un pequeño grupo de hermanos se encuentra aislado en la cima, separado por un enorme abismo biológico de los seres que se encuentran más abajo. Estos emperadores de la evolución son los chimpancés, los gorilas, los orangutanes, los bonobos y los humanos.
"Si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios -dijo en una oportunidad Allan Wilson, profesor de la Universidad de California-, entonces Dios debe ser un chimpancé."
En la última década, uno de los grandes avances conceptuales de la ciencia ha sido reunir los cinco grandes simios -incluyendo al hombre- en un grupo biológicamente similar. Los defensores de los otros cuatro alegan que todo el grupo se diferencia de lo que peyorativamente se clasifica con la denominación de animales.
No dejan de señalar que los humanos y los chimpancés son genéticamente idénticos en un 99%, tienen grupos sanguíneos semejantes y una conducta casi idéntica durante los primeros tres años de vida. Los cinco homínidos son los únicos que comparten características humanas, que los científicos agrupan con los rótulos de autoconciencia, teoría de la mente y conciencia moral incipiente.
"En otras palabras, las cualidades humanas especiales que hacen la vida humana tan preciosa dentro de nuestro sistema legal y moral son compartidas por nuestros primos cercanos", dijo Roman Taylor, vocero del Great Ape Project, un grupo de defensa de los simios.
"Es verdaderamente una injusticia llamar animales a los chimpancés y a los orangutanes -afirmó-; eso los pone junto a los conejos y otros organismos a los que no se parecen en nada. Y los separa de nosotros, que fuera del pelo y de unos pocos rasgos anatómicos, no podríamos diferenciarnos con facilidad de ellos."
O, tal como lo expresó en una oportunidad Richard Wrangham, un experto en conducta de los chimpancés de la Universidad de Harvard, "igual que los humanos, ellos también ríen, se reconcilian después de una pelea, se apoyan entre sí en los momentos malos, impiden que un semejante ingiera alimentos venenosos, cazan en colaboración, se ayudan mutuamente para superar obstáculos físicos, se enfurecen, luchan contra grupos vecinos, se excitan por los cambios climáticos, tienen tradiciones familiares y grupales, hacen herramientas, idean planes, se lamentan, son crueles y también amables".
A medida que las investigaciones se profundizan, las distinciones establecidas durante tanto tiempo empiezan a diluirse. El resultado lógico, afirman los defensores de los simios, es la ampliación de los derechos humanos a los monos. Citan al científico Carl Sagan, que en su libro Los dragones del Paraíso escribió: "Si los chimpancés tienen conciencia, si son capaces de concebir ideas abstractas, ¿acaso no son dignos de los que ahora se denomina derechos humanos? ¿Cuánto más inteligente debe ser un chimpancé para que matarlo sea considerado un crimen?"
Los derechos de los simios, dicen sus defensores, constituyen sólo el próximo paso del desarrollo de una sociedad moral en la que a ningún grupo se le niegue el lugar que le corresponde, ya sea discapacitado o esté cubierto de pelo. Los primeros derechos de los monos serían el de no ser privados de la vida, ni sometidos a torturas o a trato degradante, y tampoco a experimentaciones médicas o científicas. Además, ya existe un movimiento que propugna el reconocimiento de los cuatro grandes simios como personas ante la ley, y no como pertenencias. Igual que los niños o los adultos mentalmente disminuidos, los monos deberían tener tutores encargados de salvaguardar sus derechos y defenderlos ante la ley. Y como los grandes líderes de los derechos civiles de la década del 60, los defensores de los monos sueñan con persuadir a las Naciones Unidas de aprobar una Declaración sobre los Grandes Simios, una suerte de versión actualizada de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Y por imposible que parezca el propósito, los defensores de los simios ya han conseguido una victoria. Dos años atrás, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país que aprobó una ley que garantiza los derechos de los grandes simios. Ahora están protegidos de toda experimentación científica que no se realice para beneficio de ellos mismos: es un comienzo, innegablemente.
De hecho, si el mundo se ve a la luz de la existencia de cinco grupos homínidos esencialmente iguales, todo tendrá una apariencia diferente. Las películas, por ejemplo. Cuando se estaba por estrenar en Estados Unidos el film El planeta de los simios, los miembros del Great Ape Project publicaron un comunicado de prensa que condenaba el film por presentar un falsa imagen de nuestros congéneres homínidos. El documento relataba que una niña, al ver la película, preguntó a su padre si lo que veía en la pantalla era un mono. Y el padre respondió: "Sí, un mono. Y algún día acabarán por vencernos. Así que sé buena". El comentario, según el comunicado, "revela un prejuicio contra los grandes simios, que recuerda las bromas racistas que hasta ahora han perpetuado el miedo y la intolerancia".
Pero la realidad lo desmiente. No todo el mundo considera las cosas así. Para la mayoría, el paralelo con el racismo no funciona. "No creo que la argumentación analógica sea una base legítima para justificar lo que proponen", dijo Ronald Nadler, un experto en conducta animal del Centro de Primates Yerkes, de Atlanta. Aunque en esa institución apoyan la idea de dar un trato humano a los simios, Nadler agregó: "No tiene sentido decir que porque son similares al hombre en un 99% en términos de mediciones biológicas, eso los hace suficientemente similares como para cambiar la visión que tenemos de ellos".
En cuanto a los defensores de los simios, son víctimas de una lógica delirante. Sí, los simios son como nosotros, pero eso no los hace humanos. Para emplear a fondo la lógica, vale la pena citar a Frans de Waal, un primatólogo de Yerkes dedicado a investigar las semejanzas entre simios y humanos: "Si ser similar a los humanos es el criterio que aplican los defensores, de hecho los humanos ocupamos indudablemente el primer lugar".





