Historias de bikinis y bañadores
Del vestido acuático a las dos piezas
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Todo lo que se necesita es un retazo de tela, tijeras e imaginación", esgrimió la fotógrafa de Playboy y modelo Bunny Yeager acerca de los minúsculos modelos con animal print o bouquets de flores pintadas a mano que en 1950 diseñó para retratar a Bettie Page en sus editoriales de estilo pin-up. Las estampas que recrean pieles de felinos, los clásicos polka dots y los simulacros de paraísos tropicales ilustran las superficies de los triángulos y los corpiños drapeados de los bikinis 2014. Aunque los mosaicos de la Piazza Armerina fechados en el siglo III documentan bañistas romanas con trajes de dos piezas, el modelo más emblemático y rentable de la historia de la moda para playa surgió en el verano europeo de 1946 y, como a la minifalda, dos autores se disputan su invención. El 6 de julio de 1946, el ingeniero mecánico Louis Réard acomodó sus gruesas gafas de carey para apreciar su último invento: un minúsculo bikini en color rosado que, luego de provocar rechazo entre las mannequins, debió ser modelado por la stripper Micheline Bernardini en las piletas art déco del club parisiense Molitor. Unos días más tarde, el diseñador de alta costura Jacques Heim presentó su versión del traje dos piezas con el nombre Átomo (en alusión a las islas del Pacífico). Otro caso de bañador risqué surgió del imaginario del diseñador vienés Rudi Gernreich: en los sixties se hizo eco del goce por tomar sol desnudas que manifestaban sus amigas. Con la modelo Peggie Moffitt como musa lanzó una colección de tres mil modelos de trajes topless cotizados en 25 dólares. La prehistoria de los atavíos acuáticos remite a un vestido verde con flotadores añadidos a sus sisas y un conjunto de túnica y pantalón tejidos en punto color chocolate rematado por una camisa bordada: al primero lo ideó en 1780 una aristócrata que frecuentaba las playas de Margate y el segundo lo usó la reina Hortensia de Beauharnais, en 1812, para zambullirse en aguas terapéuticas. Del lado de la industria, en 1861 la firma de tejidos Caen fue artífice de un traje a rayas de una sola pieza, lo más parecido a una fusión de calzoncillo y camiseta con el bonus track de un corset de caucho resistente al agua. Lejos de los trajes cuyas texturas tecnológicas provocan nadar con mayor velocidad o secarse en instantes, su arcaica hechura apenas permitió dar cortas brazadas. Las morfologías contemporáneas fueron vaticinadas por el modelo patentado en 1900 por monsieur Maillot (el diseñador de trajes para los bailarines de la Ópera de París) y luego predicadas desde el manual de estilo de la nadadora australiana Annette Kellerman. En 1907, Kellerman provocó al establishment de la natación con un traje de una pieza que, al carecer de enaguas y de frufrús que camuflasen su anatomía, le valió un arresto en las playas de Boston. Cuando en 1920 la firma norteamericana Jantzen creó los primeros trajes de baño en tejido elástico los destinó a las deportistas. Del lado de las diseñadoras de alta costura que celebraron atavíos de playa, mientras que en 1930 Jean Patou abrió una boutique en Deauville y otra en Biarritz consagradas a bañadores y con acentuadas diferencias conceptuales entre las líneas para el agua de mar y para zambullirse en una pileta, Elsa Schiaparelli creó modelos de estilo deportivo compuestos por un kit de musculosa a rayas, shorts y botitas al tono ideadas para caminar junto al mar. Las clásicas fotografías de Louise Dahl Wolfe con bañistas caracterizadas cual efigies emblemáticas de 1940 parecen transpolarse a los vaticinios para el verano 2015 y a los bañadores de la firma local e indie Anastasia Mónaco. "Parto de tipologías clásicas, como los trajes deportivos, para generar modelos complejos y sofisticados", esgrime su diseñadora. De ahí que en su celebrado look book virtual, la enteriza Venus y los bikinis Neptuno y Júpiter exalten intrincados escotes en la espalda.




