
Historias mínimas
Pequeñas aventuras con un toque íntimo, relatos personales llenos de humor. La periodista Juana Libedinsky invita a reflexionar y sonreír con Mientras tanto, su nuevo libro, del que brindamos algunos extractos
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Los titulares de los diarios informan sobre los grandes sucesos de todo el mundo. Pero estas pequeñas historias que se cuentan en el libro de Juana Libedinsky les ocurren a los encargados de dar esa información. A lo largo de los últimos años en pequeñas columnas en distintas secciones de La Nacion y, en la actualidad, los domingos en el cuerpo principal del diario, bajo el título “Mientras tanto”, los lectores que la descubren se han deleitado con pequeñas aventuras más personales, repletas de humor, respecto del trabajo, los viajes y el ocio de una cronista cultural. Esas historias con un toque íntimo conforman este libro, por el cual transitan desde tortugas gigantes que llevan a redescubrir a Mark Twain en Hawaii hasta sueños melancólicos al andar en las nuevas bicicletas públicas por París, o los debates intelectuales que puede despertar un McDonald’s con buen diseño en Londres. Escrito con una pluma siempre elegante, pero a la vez amena, hará reflexionar y a la vez sonreír.
Y así la describe el director de ADN Cultura de La Nacion, desde el prólogo de esta edición. “En nuestro diario firma Juana Libedinsky. Pero en la Redacción le decimos Juanita. Anda por el mundo encontrándose con escritores célebres y haciendo preguntas profundas e indiscretas. Entrevistó a estrellas de la literatura universal, a leyendas vivas y a premios Nobel (...). Si Juanita fuera una cocinera, estas columnas serían pequeñas y deliciosas piezas de un sushi irresistible, que uno come y come sin indigestarse en una noche de luna perfecta, brisa cálida y champagne helado.
“Pasen y prueben, no se lo pierdan.”
Loros y cascada, una dupla anti-Borges
MONTREAL.– Una de las peores cosas de presentar un libro es que uno hace un enorme esfuerzo por recordar anécdotas que cautiven al auditorio y al final, cuando se acercan los lectores a saludar, ellos suelen tener historias tanto mejores. Y si uno es argentino, las historias muy frecuentemente tendrán que ver con Borges, esté donde uno esté en el mundo.
Por ejemplo, tras presentar un libro sobre intelectuales en el festival literario Blue Metropolis de Montreal, se me acercó John Curtin, cineasta y ex periodista de la radio nacional de Canadá, con una anécdota encantadora que involucra al autor de El Aleph junto con un loro, copos de maíz y una pequeña cascada plástica.
Resulta que en 1982 Curtin y una colega americana entrevistaron a Borges mientras el escritor desayunaba en un coqueto hotel parisino. El primer problema se presentó al encontrar a Borges sentado frente a la ruidosa cascada artificial que hacía obviamente difícil una grabación clara para poner al aire.
Para no tener que moverlo, Curtin decidió simplemente ponerle el micrófono bien cerca de la boca. Pero Borges estaba comiendo copos de maíz sin leche, que hacían un ruido espantoso ante el micrófono. Curtin le sugirió esperar a que terminara sus copos para hablar, pero Borges se negó, e incluso empezó a inventar poemas sobre “cornflakes, snowflakes” (copos de maíz, copos de nieve). Peor aún, Curtin descubrió entonces que en la decoración del bar había un loro electrónico que parecía pegar fuertes gritos.
Al pedir a la recepcionista que lo apagase, Curtin se dio cuenta de que, además, había un loro de verdad que evidentemente no podía ser apagado.
“La entrevista fue larga y conmovedora, en la cual Borges habló mucho de sus tempranos días de escritor y de su ceguera, pero al llevarla a la radio, dijeron que entre la cascada, los copos sin leche y los loros iba a ser imposible ponerla en la radio”, lamentó Curtin.
Desde entonces tiene a la grabación, su pequeño tesoro, juntando polvo en su estudio, pero cualquiera que pase por el gran festival literario canadiense puede pedir escucharla, sobre todo si es con acento argentino...
El pescado que hablaba en hebreo
NUEVA YORK.– El 28 de enero de 2002 Zalmen Rosen, un judío jasídico de 57 años dueño de una pescadería, y su empleado, el inmigrante ecuatoriano Luis Nivelo, estaban a punto de cortarle la cabeza a una carpa. Rosen se alejó para atender una llamada de teléfono y cuando Nivelo le estaba por dar el golpe mortal, el pescado empezó a hablar en hebreo.
Nivelo no entiende hebreo, pero cuando fui a entrevistarlo a la comunidad jasídica al norte del Estado de Nueva York (que, a una hora de Manhattan, era transportarse a la Polonia del siglo XVIII) me aseguró que el impacto de un pescado hablando en cualquier idioma fue suficiente para que diera un salto y se golpeara contra la pared. Llamó a los gritos a Rosen, quien escuchó al animal con atención.
“Dijo Tzaruch shemirah y Hasof bah, que básicamente quiere decir que todo el mundo debe hacerse responsable de sus actos porque el final está cerca”, aseguró Rosen a The New York Times.
El pescado también le ordenó que rezara y estudiara la Torah y se identificó como el alma de un vecino de la comunidad jasídica que había muerto el año último y que solía frecuentar la pescadería para comprar alimentos para los más pobres.
Rosen entonces se asustó y trató de matar al pescado con un machete. Pero el animal logró esquivarlo y Rosen, en cambio, se cortó un dedo y debió ser trasladado al hospital en ambulancia. Nivelo, quien me aclaró no creer “en ninguna de estas cosas judías, pero que el pescado habló, habló”, finalmente lo logró rematar, lo cortó y lo vendió para el almuerzo de algún vecino.
Desde entonces, la historia fue contada y vuelta a contar mil veces. Se discutió en las universidades y en las sinagogas; en los delicatessen de cada barrio no se hablaba de otra cosa. Fue tapa de The New York Times y, en una arriesgada jugada del columnista de temas religiosos de La Nacion, Jorge Rouillon, el diario argentino también lo publicó grande (y, para sorpresa de todos, fue la nota más leída del día, ¡superando incluso a “Saddam rechazó el ultimátum de Bush”!)
“Pocas veces una historia pegó tanto. Lo que pasa es que estamos viviendo tiempos especialmente duros, y la gente está desesperada por alguna historia con algo de magia”, me explicó, al menos respecto de la repercusión que tuvo en EE.UU., Zev Brenner, el director del conglomerado de medios dedicados a temas judíos más importante de Estados Unidos y considerado la mayor autoridad en el tema del pescado parlanchín.
Brenner fue de los pocos que lograron dialogar con Rosen (a mí me cortó el teléfono en cada intento) y aseguró que el pobre hombre está volviéndose loco por el asunto del pescado.
“No atiende a nadie; lo llamaron de todas partes, y él es un padre de 11 chicos que sinceramente cree en lo que vio y ahora no sabe qué hacer”, explicó.
Brenner recordó que para una escuela de pensamiento que se desprende de la Kabbala, la gente muy buena y justa puede reencarnar en un pez, lo cual explica por qué tantos están convencidos de la veracidad de la historia.
Dado que se acercaba la fiesta de Purim, una fiesta judía estilo Día de los Inocentes, le pregunté si –como unos cuantos sostenían entonces– no sería todo una broma.
“Por la fecha –contestó–, diría que puede ser algo de Purim. Sin embargo, el hombre está convencido de que oyó hablar al pescado. Si es que está actuando, es para un premio de Hollywood. Pero nunca podremos saber qué pasó en realidad. Lamentablemente, se comieron la evidencia.”
En bici como Jeanne Moreau
PARIS.– Después de festejar en Pizza Pino con “el muñeco” Gallardo a pocos metros –lo cual aumentó aún más la excitación de los muchachos de mi mesa en la tradicional pizzería de Champs Elysées donde se congregan los argentinos después de triunfos deportivos como el de los Pumas–, necesitaba urgente un momento de heroína de Truffaut.
Por suerte, ahora cualquiera –bueno, con un poco de imaginación– puede sentirse Jeanne Moreau andando en bicicleta por las calles de París como en las escenas más clásicas de Jules et Jim. El vélib, las bicicletas públicas de la ciudad, cuyo nombre es una mezcla de vélo (bicicleta) y liberté (libertad) ha devuelto a París la edad de oro del ciclismo urbano que Truffaut retrató en su film de 1962.
Y, siendo Francia, naturalmente la bicimanía se convirtió en un fenómeno cultural. Ya hubo un festival de cine (el “Paris Bike Film Festival”) con películas en las que las dos ruedas fueron protagonistas. Siguieron exposiciones de arte como “Joy Ride”, donde una veintena de artistas de vanguardia mostraron instalaciones, cuadros, fotos y esculturas alegóricas. El diseño industrial (de lujo, evidentemente) se hizo eco con una bicicleta con cristales Swarovski presentada en la tienda cool/centro cultural Colette; en cuanto a la moda, bastaba entrar al Gucci de Avenue Montaigne para ver la bici que dominaba la sala y de la cual colgaban los accesorios para el deporte más espectaculares (e igualmente caros) del universo.
Tan profundo caló el vélib que en los pocos meses desde su irrupción hasta afectó lo que los franceses más defienden de su cultura: el lenguaje. Por ejemplo, todos ya saben qué es una vélibataire: una chica soltera (célibataire) muy sexy que usa su vélib para encontrar romance (la táctica más habitual es esperar al buen mozo de la fila y pedirle ayuda con el cajero automático que da tickets para sacar las bicis).
Lamentablemente, en mi único paseo no logré parecerme ni a Jeanne Moreau ni a una vélibataire, sino más bien a alguno de los transpirados muchachos del Stade de France. No pierdo las esperanzas: mi vélib tenía una rueda pinchada. Quizás este domingo –con bicicleta sana y así menos esfuerzo–, si me gritan “Catherine”, como la protagonista de Truffaut, hasta me dé vuelta.
revista@lanacion.com.ar
En agenda
Día: 19 de diciembre
Horario: 19
Lugar: Galería Maman
Dirección: Av. del libertador 2475.
Para hojear el libro como si estuviera entre las manos:
http://editorialteseo.com/wordpress/2007/11/09/mientras-tanto/






