
Hombre de una sola naranja
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"Soy un tano bajado del barco hace diez días. Soy reimpulsivo, revisceral. Si mi mujer tuviera un amante, no podría aguantarlo. No sería de los que dicen: Bueno, tomemos un café, porque si te quiero te tengo que entender."
Guillermo Francella echa mano de la metáfora del inmigrante italiano y la robustece con una catarata de neologismos superlativos para definirse a sí mismo y dibujar el abismo que lo separa de Juan Guerrero, el personaje con vocación de bígamo que interpreta en Naranja y media .
Ese hombre pura víscera e impulso que Francella ve en sí mismo cuando se trata del amor vivido en el propio pellejo se vuelve un ser harto civilizado, dispuesto al diálogo y respetuoso de las opiniones ajenas en los otros órdenes de la vida. Para muestra, un botón: poco tiempo antes de concretarse esta entrevista, en la sección Espectáculos de La Nación, esta cronista había publicado una columna en la que se cuestionaba abiertamente un aspecto del guión de Naranja y media . El eje de aquella nota era una duda: ¿por qué el guionista y director del ciclo, Rodolfo Ledo, hacía de las mujeres a las que Juan tiene en vilo dos seres inteligentes y capaces de transitar la existencia sin más torpeza que el común de los mortales, pero condenadas a sufrir un descenso vertiginoso en su nivel intelectual a la hora de creer en las mil y una excusas de Juan?
Francella llega al reportaje con la mejor disposición. Saluda con el mismo respeto con que cualquier actor trataría a un periodista cuyos artículos hicieran sospechar que se trata de un admirador incondicional del ciclo que él protagoniza. Sin embargo, sabe que tiene enfrente a una espectadora que en un punto determinado ha puesto reparos. Eso no le impide entregarse al ida y vuelta de preguntas y respuestas con buen ánimo.
A poco andar, saca el tema: "Leí tu nota -advierte-. La leí varias veces y no comparto el punto de vista, pero lo respeto. Justamente por eso me interesó muchísimo hacer esta entrevista, para explicarte por qué no está en nuestro ánimo dar de las mujeres la imagen que vos decís que te sugiere la pantalla". Nada en su tono, en su gesto ni en su mirada dejan translucir la actitud que a más de un actor con su nivel de éxito y popularidad le resultaría inevitable, es decir, la de pensar aun sin ponerlo en palabras: "Vos escribí lo que quieras, total hay más de dos millones de personas que ven Naranja y media ".
Francella no es de la estirpe de aquellos a los que las mieles del rating vuelve intolerantes. Es más, confiesa que no puede identificarse con el sector de los trabajadores del espectáculo que jura no leer las notas que se publican sobre su trabajo. "Te mentiría si te dijera que no me importa nada lo que se escribe; que me limito a hacer mi trabajo y punto. A mí, las opiniones de los demás sobre el programa me interesan. Y no sólo las que lo halagan. Por eso me preocupó tu nota, porque si ésa es la imagen de las mujeres que refleja la pantalla -aunque yo creo que no es así-, no estamos mostrando lo que queríamos mostrar."
-¿Tuvieron como objetivo algún sector determinado del público al producir Naranja y media ?
-El programa no estaba dirigido a nadie en particular. A los chicos chiquitos les encanta, y creo que eso sucede porque anteriormente se habían enganchado conmigo en ciclos como Brigada cola . Supongo que, además, les gusta la corrida de casa en casa, el cambio de ropa vertiginoso, las caras que Juan hace a cámara cuando estoy inventando excusas y se pone nervioso...
-¿Y cómo explica el gran entusiasmo que el programa provoca en los adolescentes?
-En otros ciclos, lo hubiera explicado por la complicidad que mi personaje tenía con el varón, el atorrante, el porteño, el vago, el versero. Pero en este caso esa explicación no es válida, porque Juan Guerrero no tiene nada de atorrante ni de bandido. Todo lo que le ocurre es a pesar de él. Me da la impresión de que lo que les entusiasma son las excusas, el verso, el hecho de que siempre zafa.
-¿Con todos sus años de experiencia en televisión, ¿considera que existen fórmulas para conquistar al público?
-No existe una química que sea sinónimo de éxito. Pero sé que lo fundamental es buscar un buen autor. Para mí, lo fundamental es el guión. Ahí disiento con lo que vos has escrito respecto de la falta de verosimilitud de Naranja y media . Creo que si no hay una credibilidad en el cuento, el cuento no se puede contar.
Estoy convencido de que si el ciclo tratara a las mujeres poco menos que como oligofrénicas, no hubiera tenido el éxito que tiene. Lo que menos hacemos nosotros es tratar a las mujeres como taradas. No hay que olvidarse de que ellas son inteligentes -una, Nati, es una periodista comprometida con la realidad-, pero que terminaron creyéndole porque son mujeres enamoradas. Si el personaje fuera un tipo que tiene una mujer y a la vez una amante a la que de pronto le dijera: "Negrita, me voy porque si llego mucho más tarde después se arma lío con la bruja", hubiera tenido dos puntos de rating, porque esa actitud es la que la sociedad rechaza. Pero Juan es un tipo que se enamoró profundamente de dos mujeres. No es un bandido que hoy sale con una y mañana con otra.
Nosotros nos arriesgamos a tocar este tema en el horario de las 21, pero llevado del modo en que lo hacemos, lo que menos se hace es una apología de la bigamia. Por el contrario, se señala lo que no hay que hacer, porque es evidente que un tipo como Juan Guerrero no puede vivir. Ni siquiera hace el amor ni disfruta lo que tiene. Frente a la actitud abandónica de su mujer cuando no podía tener familia, aparece una mujer que es la antítesis: una maestra jardinera, ecologista, que nunca tiene problemas, y él termina enganchándose a pesar de sí mismo. Se enamora profundamente. Llegado ese punto, ¿qué dicen la moral y las buenas costumbres? ¿Que debe dejar a la segunda porque la primera es la primera? Nosotros no sentimos que sea así.
-¿Es posible, en la vida real, estar enamorado de dos personas?
-Enamorarse sí es posible. No lo es, en cambio, la corrida de casa en casa, la situación de tener dos guardias y vivir sin dormir, porque con esa vida cualquiera se cae a pedazos a los quince días. Una situación así no se puede disfrutar. Pero enamorarse de dos mujeres sí es posible.
-¿Cómo tomó la propuesta de interpretar a Juan Guerrero?
-Me encantó la idea de meterme en esto de la doble vida. Me entusiasmaba esta cuotita de transgresión. Pero lo primero que le planteé a Ledo fue que el personaje no fuera un hijo de p..., sino un tipo querible. Con esto ganamos la adhesión no sólo de los televidentes varones, sino también de las mujeres. Ellas más de una vez sienten que quisieran matarlo, pero después se quedan enganchadas con el ciclo para ver cuál es la próxima excusa que él inventa.
-¿Cree que una esposa enamorada que de pronto descubre la doble vida del marido es capaz de perdonar?
-No lo sé. Depende de cada persona. Yo creo que en esa situación no perdonaría. Me han contado casos de mujeres que conocen la doble vida de sus maridos y aguantan eternamente y hasta han llegado a decir: "Bueno, vaya a verla que esa señora está esperándolo". A mí, esto me causaría rechazo. La sensación de tener al lado a un queso que se banca todo, me provocaría rechazo.
-¿Piensa que el marido, la mujer y la amante pueden transitar el camino de la doble vida del hombre con cierto grado de felicidad?
-En mi opinión personal, si los tres saben todo no pueden ser felices. Pero existe el caso de mujeres que callan aun sabiendo, porque no quieren perder la estructura que tienen o porque no quieren estar solas o porque no se animan a hacer una vida independiente. Hay mujeres a las que el exceso de amor del marido termina anulándolas. Te doy el ejemplo de mi papá. Nunca olvidaré que cuando él murió todos nos quedamos como estúpidos. Mi mamá no sabía lo que era ir a pagar un impuesto. Por suerte, tenía dos hijos grandes que nos hicimos cargo de todo. Pero mi papá absorbió toda la responsabilidad de la casa.
-¿De qué trabajaba su padre?
-Era bancario y profesor de gimnasia. Con su muerte, todos quedamos como autistas. A mi mamá se le vino el mundo abajo.
-Da la sensación de que usted es un hombre muy comprensivo para con las miserias ajenas. ¿Es realmente así?
-No, yo soy una persona completamente distinta. Yo me dejo llevar por las emociones. No tengo nada de superado en ese sentido. Como te dije, soy celoso y no sabría perdonar así como así una infidelidad. Te repito, soy un tano bajado del barco. Pero entiendo que hay hombres que saben y perdonan. Y comprendo que hay mujeres que piensan: "Si lo quiero tanto y a él lo hace feliz esta otra relación, por qué no lo voy a escuchar para ver qué pasa".
-¿Le cambia la vida el hecho de saber que lo ven más de dos millones de personas, o el rating pasa a ser una abstracción en su cotidianidad?
-Pasa a ser una abstracción. Creo que el primer éxito que hice como protagonista, De carne somos , en 1988, sí me cambió sustancialmente la vida. En aquel momento no era un desconocido total, porque desde 1980 venía trabajando en programas exitosos, haciendo personajes secundarios. Cuando sucedió la eclosión con De carne somos , fue una experiencia rara: me gustaba y me asustaba al mismo tiempo. Después vinieron Un hermano es un hermano y Brigada cola , y me fui familiarizando con la situación.
-Debe ser raro salir a la calle y que todo el mundo sepa quién es usted...
-Es raro. Es muy raro. En mi caso personal, yo fui un tipo muy extravertido, muy vago, que vivía con frescura cada acto de su vida, y al volverme tan popular eso mermó. Ahora, cuando estoy en público soy mucho menos verborrágico que antes, estoy más metido para adentro, me quedo callado y escucho... No digo que haya perdido el humor, pero me volví un ser más primitivo. Ya no me gusta salir mucho, me quedo bastante tiempo en casa. Es muy lindo que el público te exteriorice por la calle el afecto que siente por vos. No puedo decir que me moleste la gente, porque yo lo busqué. Pero, por otro lado, ahora tengo 42 años y los primeros 26 de mi vida transcurrieron en el absoluto anonimato, y por momentos extraño a aquel anónimo que podía parar a comer pizza en cualquier lugar.
-¿Cómo maneja con sus hijos -un niño de seis años y una niña de tres- el tema de su popularidad?
-Cuando hago teatro los llevo y se quedan entre bambalinas. Mi mujer es supercompañera conmigo y cuando tengo poco tiempo para verlos, me los lleva al canal o al teatro para que estén un rato conmigo. La anécdota más graciosa que tuve con mi hijo respecto del mundo del espectáculo sucedió mientras hacíamos Brigada cola. En aquel momento había un gran merchandising relacionado con el programa. Entre los múltiples productos que se vendían, había unos muñecos que representaban a mi personaje. Un día, llego a casa y lo veo a mi hijo jugando con un muñeco que era yo. "Papá, papá, mirá, es Francacella y le estamos ganando a los Ninjas", me dijo. Ay, Dios, el problema que va a tener este nene en la cabeza, pensé. Lo que hago es hablar mucho con ellos. Con Naranja y media, por ejemplo, empezaron a hacerme todo tipo de preguntas. Me tomé el trabajo de explicarles que lo que hace Juan Guerrero no se debe hacer; les explico que eso es ficción. Con la nena, que tiene tres años, me resulta más difícil hacerme entender, porque ella ve que en el programa me gritan o que yo lloro, y ella se larga a llorar. Trato de explicarle que ése es Juan y que éste es papá.
-¿Siente que llegó a un punto de su carrera en el que todo lo que haga estará bendecido por el éxito?
-Esta profesión es tan cruel que podés pasar de un éxito bárbaro a quince puntos menos de rating. A veces tenés la adhesión del público y otras no.
-¿Le asombra que Naranja y media haya encendido una polémica que excede la ficción y hace que la gente hable de lo que le pasa en la vida con temas como la infidelidad, la pareja y la mentira?
-Sí, sin duda se ha instalado una polémica que yo no esperaba que se instalara. Eso es bueno. Hay veces en que me cruzo con gente que dice que odia al personaje y al programa. Y, bueno, no lo vea..., les digo. "Ah, no. Es un programa que odio, pero igual lo veo", me ha respondido más de uno.
-¿Conoce usted cuál va a ser el final de la historia?
-No, cómo va a terminar el ciclo no sólo es un misterio para mí sino también para el autor, Rodolfo Ledo. Es un tema que vamos a charlar. Hay que ver si ahora, cuando ya se sabe casi toda la verdad, Juan se queda con las dos o si las dos lo dejan y termina quedándose solo. No sé si vamos a elegir un final aleccionador, pero sí que vamos a tratar de encontrarle el mejor final para la novela.
Un hombre de dos mujeres
Aunque después fue preso por eso, el jueves 15 de mayo Juan Guerrero, el personaje que hace Guillermo Francella, cumplió el ideal de irregularidad de muchos argentinos y, milagros de la televisión, se casó con dos mujeres jóvenes, bonitas y embarazadas. En el capítulo del martes 20, la periodista Nati y la maestra jardinera Lali se encontraron frente a frente en un bosque de Cariló, con fondo de coro, y tras saludarse, se presentaron al mismo marido. Cuando el personaje afirma que está enamorado de las dos dice una especie de verdad, y lo hace sin el dilema moral que lleva a Telefé a colocar un sorprendente cartelón antes del programa. Esto tiene una explicación: a pesar de su inequívoco tono de comedia de enredos, el programa ya fue severamente observado desde los ojos de la hipocresía nacional. Esto explica abundantemente el aviso...
Reforzada por la voz de un locutor, la leyenda conmina a que lo que allí se exhibe en ningún caso debe ser tomado como ejemplo por los más chicos y que incluso sería conveniente que el programa fuera presenciado en compañía de un adulto para que éste pueda dar las explicaciones pertinentes. ¿Quién se lo podría tomar en serio? Uno de los puntales de audiencia de este éxito del primer semestre televisivo son, al parecer, los chicos que lo ven sin requerir explicación alguna, mucho menos de sus mayores. Lo que parece cautivarlos es observar el cotidiano y casi insostenible periplo de este muchacho enamoradizo que representa la costumbre de caminar con los ojos vendados por una cornisa enjabonada y sin red abajo. Los pibes deben estar esperando de igual modo el porrazo como que el héroe permanezca invicto al borde del precipicio.
El programa tiene algo del encanto del cine mudo: el movimiento continuo y la más que frecuente posibilidad de resbalones. Mientras tanto, aunque no haya sido pensado para niños, lo ven como hace algunos años percibían como una payasa divertida y erótica a una pintarrajeada y excesiva Moria Casán: por eso, buena parte de los productos de las tandas son de consumo infantil y adolescente.
Aunque en ocasiones Naranja y media tiene un bloque (que no le agrega gran cosa) con la actualidad del día, el programa debe explicarse como enteramente de ficción. Como si estuviera en un típico vodevil, Juan entra y sale de situaciones invariablemente duplicadas (paseos, cenas y siestas en los mismos lugares con las dos: el mismo día descubrieron su embarazo, el mismo día concretaron el matrimonio y hasta coincidieron en su luna de miel), no siempre impecables o imaginativas. Es probable que uno de los atractivos del programa sea la posibilidad de descubrir en el subibaja emocional de Juan las peripecias de los que siempre se salvan raspando y pueden seguir adelante, a base de imaginación y suerte.
Lo mejor, lo más creíble de este ciclo bastante increíble a veces, es la convincente actuación de algunos integrantes del elenco: Norman Briski en un momento, Pepe Novoa, Claudia Lapacó, Claribel Medina y dos excelentes actores noveles que vienen de la publicidad. Uno de ellos, el que hace de Coco, un excelente antigalán, funciona como asesor de las travesuras de Juan y también tiene dos mujeres, una que espera un hijo suyo y otra que está muerta por él y que ya tiene hijos. Pero lo más interesante es que el autor, Rodolfo Ledo, haya solicitado ideas a los televidentes que conduzcan a una resolución razonable y no directamente al disparate. Es como un reconocimiento tácito de que esta ficción no tiene salida. Y que de una noche para la otra los personajes de Naranja y media no se conviertan en sorpresivos invitados de Gente que busca gente .
Los chicos y un debate sobre el amor
Encender el televisor les resulta tan natural como soltar un objeto y que la ley de gravedad se verifique. Transitan la adolescencia en pleno fin de siglo, y si alguien les recordara que la tele no nació al mismo tiempo que el mundo, lo escucharían con un dejo de escepticismo. Tienen entre 10 y 16 años.
Comprender la vida cotidiana sin control remoto supone para ellos un esfuerzo equivalente al que tendría que hacer un adulto contemporáneo para imaginar la existencia en los tiempos en que el hombre obtenía fuego raspando dos piedras.
A fuerza de verlos tirados en la cama con la mirada fija en la pantalla, sus mayores han terminado por creer que un invisible cordón umbilical los ata al aparato y los condena a alimentar sus neuronas con el menú de la programación. El juicio, cuando se escucha a los televidentes en cuestión, cobra la forma de una etiqueta fabricada con la materia prima de las apariencias.
Pero en cuestiones de TV, los gustos de los adolescentes son, para sobresalto de los especialistas en marketing, tan impredecibles como una lluvia de verano. Y -para tranquilidad de padres, docentes, tíos y padrinos-, lejos de deglutir las imágenes como si se tratara de hamburguesas, son capaces de rumiarlas pacientemente, hasta sacar sus propias conclusiones.
Naranja y media , el ciclo que se emite por Telefé, es un ejemplo válido. Con un rating que supera los dos millones de personas, la comedia protagonizada por Guillermo Francella consiguió más de lo que esperaba: el sí entusiasmado de los televidentes que aún cursan la escuela secundaria.
Dueños y señores del zapping, ellos detienen la danza de los dedos a su antojo, ajenos a los cálculos del marketing. ¿Quién se hubiera atrevido a predecir que la historia de Juan (Francella) iba a hacer furor en el segmento de los teenagers? Probablemente, nadie que tomara como única brújula las rígidas reglas del mercado. El programa no parece concebido especialmente para ellos. De hecho, Francella no es Ricky Martin ni Gastón Pauls. Las mujeres que se reparten su cariño, Lali (Verónica Vieyra) y Nati (Millie Stegmann) no son un par de chiquilinas que reparten sus días entre el colegio y los boliches de moda. Lali es maestra jardinera. Nati, una periodista que se gana la vida como movilera en un noticiero de TV. Ambas esperan un hijo de Juan.
Lo cierto es que la teleaudiencia adolescente hace malabares entre las obligaciones escolares y las salidas para estar frente al televisor de martes a viernes, a las 21, de modo de no perderle pisada a ese corazón bipartito. Lo real es que no devoran Naranja y media a la velocidad propia de quien consume un divertimento, sino que antes de digerir la historia, la pasan por el tamiz de sus propias ideas sobre la pareja, el amor, los hijos y la infidelidad. Si alguien creyó que los adolescentes del ocaso de siglo son un conjunto de neuronas aletargadas por la TV, es porque seguramente estaba viendo otro canal.
Con sus compañeros de curso como universo, los adolescentes coinciden en el resultado de su encuesta casera: Naranja y media tiene mayor cantidad de seguidores en la franja masculina que en la femenina. Si se somete la afirmación a un juicio apresurado, podría conjeturarse que los varones encuentran en el personaje de Francella -un hombre capaz de tener en vilo a dos mujeres-, el espejo en el que les gustaría verse reflejados. Ellos, sin embargo, lo niegan con argumentos de peso.
"Juan no es un ídolo, porque estuvo metido en una cantidad de mentiras de las que no supo cómo salir. No puede disfrutar de nada porque tuvo que estar pendiente de quedar bien con una y con la otra. Si fuera un ídolo, hubiera podido tomar una decisión", opina Gabriel Caligaris, de 14 años.
"Más que un ídolo es un tipo que te da lástima -agrega Sebastián Ubalde, de la misma edad-. Vivió escapándose de la casa de una a la casa de otra, y de tanto mentir terminó creyéndose sus propias mentiras. Lo divertido es verlo, no estar en su posición." Para Francisco Santolo, también de 14, la gracia tiene un límite en el tiempo: "Al principio te divertía ver cómo iba zafando, pero llegado un punto, te dabas cuenta de que el tipo no daba más. Finalmente, no podía disfrutar de ninguna de las dos porque cuando estaba con una tenía la preocupación de cuándo iba a ver a la otra y de qué historia iba a inventarle para que no le armara lío".
Juan está destruido porque sabe que les hizo daño a las dos mujeres mintiéndoles. El no puede ser muy feliz, porque tiene que pasarse el día tratando de solucionar sus problemas, pero cuando soluciona uno, le aparece otro. A mí, tener dos mujeres para vivir como vive Juan no me gustaría. Distinto sería si cada una de ellas aceptara que está con las dos y que las ama al mismo tiempo. Si no lo aceptan, pueden dejarlo. Si están de acuerdo, todos pueden ser felices", coincide Hernán Reyes, de 14 años.
"Es complicado aceptar eso -interviene Gabriel-. Puede ser que pase que alguien esté con dos personas al mismo tiempo, pero eso no es amor. En ese caso hay algo de esas personas que te interesa: el poder, la plata o lo que fuera, pero eso no es amar. Es imposible amar a dos personas con amor verdadero. Hay hombres que tienen una amante, pero pienso que cuando la buscan es porque están un poco cansados de su esposa. Si la siguieran amando, no tendrían por qué buscar a otra mujer ", razona.
Desde sus 15 años, Juan Pablo Collado compara la historia con la vida: "No sé si Juan es revivo por el hecho de tener dos mujeres. Yo con una novia ya estaría bien -supone-. Más que vivo, Juan me parece arriesgado, sobre todo porque las dos mujeres están embarazadas y él se quiso casar con las dos. Es medio complicado. En la vida real, nadie podría zafar como él. Sobre todo porque ellas viven una a la vuelta de la otra. Si vos me decís que sos de Santa Fe y estás estudiando en Buenos Aires, es posible tener una novia en cada ciudad. Hay gente que lo hace... pero así, en el mismo lugar, no es posible".
En la trama de Naranja y media, Lali llegó a la vida de Juan cuando él ya convivía con Nati. Hasta ahí, nada de lo que no dé cuenta la crónica de la vida cotidiana. Lo extraño del caso es que lejos de convertir al personaje en una amante hecha y derecha, la historia la lleva a creer que Juan vive con una tía inexistente y que ella es dueña de su amor en exclusiva.
Seguidores empedernidos de un ciclo que tiene a la bigamia como eje, cabe preguntarse si para estos adolescentes es posible que fuera de la ficción un hombre quiera a dos mujeres simultáneamente. "Sí, a menos que esté enamorado -diferencia Collado-. Si me están gustando dos chicas y estoy tratando de meterme con alguna, puede ser que las quiera a las dos. Pero si estoy enamorado, es distinto. En ese caso, pienso que no me voy a enamorar de nadie hasta que deje de estar con ella." Para seguir su razonamiento, es indispensable aclarar los términos de la cuestión. ¿Qué diferencia hay entre salir con una chica y enamorarse de ella? "Enamorarte es estar pensando todo el tiempo en ella. Querés estudiar y no podés. Sentís que la única solución es llamarla y estudiar, por teléfono, con ella", define al cabo de 15 años de transitar la vida.
En la tira, Juan sostiene una vez y otra que ama tanto a la rubia como a la morocha. Si el amor funcionara con la lógica de la matemática, podría concluirse que el personaje de Francella es feliz por duplicado. Sin embargo, la sola mención de esa hipótesis despierta el rechazo de los entrevistados. "No, él era menos feliz en esa situación, porque sabía que se tenía que separar de una de ellas, pero no podía, porque las amaba a las dos. Y, mientras tanto, estuvo siempre preocupándose por algo, dando excusas, mintiendo, y para mí no sería divertido vivir mintiendo", opina Juan Pablo, convencido de que en el amor el intento de suma suele terminar convertido en resta.
Puestos a imaginar el final de la historia, un hecho los complica a la hora de ponerse en los zapatos del guionista, Rodolfo Ledo: tanto Nati como Lali están esperando un hijo y eso, dicen, no es fácil de resolver. Echando mano de su trayectoria de televidentes expertos, los tres adolescentes coinciden en una expresión de deseos: "Ojalá que no se les ocurra inventar un accidente y que alguna de las mujeres pierda el bebé, porque en la tele, cuando no saben cómo terminar una historia, ponen un accidente y matan al personaje".
Gabriel intenta resolver el conflicto con una sentencia salomónica fundamentada en el orden de aparición. "Me hubiera gustado más que Juan le contara la verdad a Lali y que le dijera que tenía que entender que la otra era su mujer desde el principio, y que eso que les estaba pasando eran cosas del destino. Lo más complicado es que las dos están embarazadas. En esa situación, aceptarlo es más difícil".
¿Cabe la posibilidad de que dicha la verdad, Juan consiga hacerse perdonar? En ese aspecto, Collado confiesa su desconcierto ante la inasible condición femenina: "No sé... eso depende de la mujer que esté en esa situación... porque las mujeres son como raras... No sabés cómo pueden llegar a reaccionar", advierte.
Lejos de todo prejuicio machista, intenta ponerse en el lugar de las mujeres y sostiene: "Si yo fuera una chica, estuviera enamorada de un hombre, y me enterara de que él va a tener un hijo con otra además del que va a tener conmigo, me quedo con mi hijo y me voy a otro lado para criarlo yo sola".
Son críticos respecto de la infidelidad. Reivindican la verdad como valor supremo. Conservan la capacidad de divertirse con una ficción que transformada en realidad, condenarían de plano.
Tienen la edad en que el descubrimiento del amor despierta el más genuino de los asombros. La pregunta del millón es cuánto saben por experiencia propia de los amores simultáneos.
"A mí me pasó un día de salir con dos chicas a la vez, con Gladys y con Analía -se sincera Collado-. Pero fue un solo día. Después, a una le dije la verdad y seguí saliendo con la otra."
¿Por qué le dijo la verdad? Por pura coherencia consigo mismo: "Porque me sentía mal mintiendo", responde.
¿Y ahora?
La telenovela
Naranja y media
puso una marca inédita en la TV argentina: por primera vez un bígamo es el bueno de la película en una serie de este tipo.
Pero desde el doble casamiento de Juan con sus dos mujeres embarazadas -el punto argumental más audaz en un programa para toda la familia desde que existe la caja boba-, los responsables del programa, víctimas del vértigo causado por su propia osadía, han decidido poner un pie en el freno.
Primero, terminaron con la principal cadena de mentiras, la de la ignorancia de las chicas sobre la verdadera situación de Juan. Después, alojaron al protagonista tras las rejas. Más tarde, le hicieron pagar su falsedad con lágrimas. Ledo parecía terminar así con el gran secreto de su éxito: los remates en los que Francella lograba zafar justo en el límite. ¿Y ahora cómo seguirá hasta fin de año la intriga? ¿Se consolidará la variante de la tercera en discordia, insinuada en los últimos capítulos? En la producción, todo se maneja en secreto, debido a un detalle: ni ellos mismos saben cómo salir del lío.
Adriana Schettini
Fotos: Rubén Digilio
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